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Santo Antonio de Lisboa o la otra Florianópolis

Ubicado a 16 kilómetros del centro de la capital de Santa Catarina, la zona muestra la influencia portuguesa y es una excelente opción para disfrutar de la isla más allá de sus famosas playas

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Destacado. El Café da Praça sirve el fruto del cafeto en una taza bañada en chocolate derretido y espolvoreada con canela.

Florianópolis seduce con un abanico de variadas propuestas turísticas. Con 42 balnearios, las opciones para disfrutar el verano en la isla brasileña incluyen la posibilidad de entrar al mar en aguas calmas o con grandes olas, de esas ideales para practicar deportes. Desde playas con toda la infraestructura para el visitante a establecimientos casi vírgenes a los cuales solo se llega caminata mediante.

Sin embargo no todo es arena y mar, porque la capital de Santa Catarina tiene rincones que permiten conocer más sobre su historia y su gente y, además, deleitan a los paladares más exigentes. Santo Antonio de Lisboa —que comprende los barrios de Sambaquí, Barra de Sambaquí y Cacupé— es uno de estos llamativos circuitos.

Ubicado al nordeste de la isla, este sitio tiene marcada influencia portuguesa y la impronta azoriana se revela en las construcciones, en el arte y en la gastronomía.

Calles empedradas angostas, casas coloniales y muchos talleres y tiendas de arte, conviven con restaurantes ubicados junto al mar. El atardecer es un verdadero espectáculo porque Santo Antonio mira al continente y además de una puesta de sol extraordinaria, apenas cae la nochecita desde sus márgenes se vislumbra la silueta iluminada del continente y el puente iluminado Hercílio Luz.

El principal atractivo del barrio es la Iglesia de Nossa Senhora das Necesidades, que data de 1756 (y puede visitarse a diario de 8 a 12 horas y desde las 13.30 a las 17).

Para finalizar el recorrido por la zona vale la pena hacer una pausa en el Café da Praça. El local combina la posibilidad de comprar recuerdos, probar dulces portugueses y viajar sutilmente en el tiempo, gracias a dos máquinas de escribir que invitan a los visitantes a dejar sus mensajes. La iniciativa se volvió un clásico de la zona. A la hora del café hay una abrumadora variedad, pero nada mejor que su presentación: la taza se baña con chocolate derretido y al fruto del cafeto se le espolvorea canela. Imperdible.

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