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Ojos que no ven, billetera que no siente

Los ingresos en términos relativos generan más malestar que en valor absoluto, según estudio.

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Efecto adverso. Saber que otra persona gana más dinero que uno es una fuente muy potente de felicidad. (Foto: Google Images)

Conocer los ingresos de las personas que nos rodean en forma online genera tal nivel de curiosidad que no hay contenido (para adultos o no) que le llegue a los talones en materia de atractivo.

Lo descubrió Ricardo Pérez Truglia, doctor en Economía de Harvard, quién se topó con el dato al analizar un «experimento natural» para demostrar a nivel masivo y estadísticamente significativo una de las conclusiones clásicas de la economía de la felicidad: provoca más bienestar (o malestar) emocional el ingreso en términos relativos (cuánto ganamos de más o de menos que gente conocida) que en valores absolutos.

En Noruega, desde el siglo XVIII, la información sobre ingresos, riqueza e impuestos de los ciudadanos es pública. Antes de 2001, un noruego debía ir a la municipalidad a buscar la información. Trece años atrás, un diario de Oslo publicó esa información online. El sitio fue furor. «Este buscador fue y es una sensación en ese país: hay más noruegos buscando estos sitios que porno o videos de YouTube», contó el economista. Por la mañana, los internautas entraban a ver cuánto ganaban amigos, colegas o vecinos antes de ver los datos del tiempo. Pronto otros diarios copiaron la exitosa estrategia y la costumbre se viralizó. En los medios, el fenómeno fue bautizado como tax porn (porno de impuestos).

Como el país nórdico tiene además buenas estadísticas sobre felicidad, Pérez Truglia cruzó ambas series para determinar cuánta alegría (o tristeza) provocó conocer el ingreso relativo. El resultado corroboró lo que la economía del comportamiento y la neuroeconomía intuían: saber que otra persona gana más que nosotros es una fuente de infelicidad muy potente.

«Y también sirve como confirmación de que la aprobación social es una de las fuentes más importantes de felicidad», agregó.

El investigador estudió cómo la gente utiliza el consumo de determinados bienes muy «observables» para el resto (ropa, zapatos, autos) para enviar mensajes a otras personas. «Si a una Ferrari le hacemos un hechizo tal que el resto de las personas la vean como un Peugeot 504. Para el dueño, sigue siendo linda y cómoda, pero no podrá presumir que tiene un auto carísimo. Lo más probable es que su valor percibido caiga, porque desaparece el beneficio de señalizar que uno es rico y se la pudo comprar». Según el investigador, puede contribuir a atraer amigos, parejas o empleadores. Un grupo de psicólogos mostró que si un auto obstruye el tráfico en un semáforo verde, los bocinazos serán menores si el auto es más caro (Doob and Gross, 1968).

El «efecto estigma» también es abordado por economistas que aplican conclusiones del conductismo a la política tributaria.

En Argentina, Lucio Castro de Cippec y Carlos Scartascini realizaron un experimento en Junín sobre comunicación tributaria. Encontraron que introducir mensajes e imágenes en la boleta de tasas municipales vinculados a las consecuencias de incumplimiento, el uso de los ingresos públicos y los niveles de evasión influye sobre el nivel de cobrabilidad. El mensaje sobre las consecuencias de incumplir elevó el cumplimiento casi 10% en un bimestre.

Internet permite que el «efecto estigma» sea más fácil y barato de implementar.

Pérez Truglia trabajó este año en un estudio junto con Ugo Troiano, de la Universidad de Michigan, con 34.000 estadounidenses que aparecían como deudores de US$ 500 millones en impuestos. Enviaron una carta con información de cómo acceder al website con la lista de deudores. Definieron al azar quién la recibiría: en un grupo, el deudor era el único en su barrio, y en otro grupo otros hogares del mismo barrio recibían la misiva. Para deudas por debajo de US$ 2.500, la tasa de pago creció 20% en solo 10 semanas. Por encima de ese monto, la presión no pareció ser efectiva.

«Intuitivamente, si debes US$ 1.000, la opinión de tus vecinos es incentivo para que pagues. Pero si debes un millón de dólares, esa opinión no te mueve un pelo», dijo. (La Nación / GDA)

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