EJECUTIVOS

El magnate versus el Estado

Tras imponer por más de 25 años los términos de las telecomunicaciones en México, Carlos Slim enfrenta una ley diseñada en su contra por los líderes de los partidos políticos más importantes

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Slim. Se volvió rico en la década de los 80 comprando empresas en quiebra. Foto: EFE.

No todo marcha bien en el reino de Carlos Slim. Durante más de 25 años, ha dictado los términos de la industria de las telecomunicaciones en México y ha construido un imperio, lo que lo llevó a ser uno de los hombres más ricos del mundo.

Su fortuna se calcula en US$ 50.000 millones, una cifra que lo ha puesto en la cima de la lista de multimillonarios de Forbes en más de una ocasión. Sus años de riqueza en México le permitieron expandir sus negocios en el continente, con compañías que tocan casi todas las facetas de la vida: telecomunicaciones, bancos, construcción y comercio minorista, entre otros.

Pero en su tierra, México, el juego está cambiando. Y los analistas dicen que no hay mucho que Slim pueda hacer.

Decididos a acabar con su dominio, los líderes de los tres partidos políticos más importantes de México hicieron a un lado sus enemistades y sostuvieron reuniones secretas para socavar el dominio de Slim. Ahora, el plan que tramaron para aumentar la competencia en la industria de las telecomunicaciones, convertido en ley hace dos años, comienza a tener efectos.

Las ganancias de la principal compañía de Slim, América Móvil, están en un declive pronunciado. Cayeron 24% en 2015 y casi 44% en el primer semestre de este año, y las acciones de la empresa han disminuido en 39% desde julio del año pasado.

En su informe trimestral de finales de julio, la compañía reconoció que el aumento de la competencia fue limitando sus ganancias en México. De acuerdo con la nueva ley, la empresa de Slim debe someterse a reglas especiales por ser la empresa de telefonía dominante en el país. Se supone que la compañía debe compartir su infraestructura con los competidores, incluidas las torres para telefonía móvil, por lo que Slim dice que lo obligan a subsidiar a gigantes como AT&T.

«Ve todas las regulaciones que nos han puesto. Velas», dijo el empresario en una entrevista. «Cada vez que se quejan de algo, hacen gestiones para que pongan una regulación».

Bajo perfil

Incluso antes de que se convirtiera en un nombre conocido, Carlos Slim ya era un hombre rico. Durante la inestabilidad de los ochenta —una época que suele denominarse la «década perdida» en México—, se había hecho rico comprando empresas en quiebra.

Mientras el país se hundía aún más en la depresión económica, el entonces Presidente Carlos Salinas de Gortari, bajo presión en 1990 por vender empresas estatales, envió a un alto funcionario para medir el interés de Slim en la compañía telefónica nacional, Teléfonos de México.

Las reglas del juego eran sencillas: quien estuviera dispuesto a comprar la compañía recibiría un monopolio temporal. A cambio, el ganador tendría que invertir miles de millones en una empresa tan ruinosa que los mexicanos no sabían si sus líneas telefónicas iban a tener tono para llamar.

Slim se mostró escéptico. Pero vislumbró una oportunidad.

«Si entro y gano, esto va a cambiar mi vida», escuchó decir a Slim Jacques Rogozinski, el funcionario mexicano a cargo de la venta.

Y así fue.

Hay varias historias sobre el ascenso de Carlos Slim: un hijo de inmigrantes libaneses que heredó un negocio familiar minorista y construyó un imperio a lo largo de América Latina.

Slim suele ser comparado con Warren Buffett, por su relativamente bajo perfil y su estilo paternalista. Todavía vive en la modesta casa donde crecieron sus hijos y conduce su auto por la ciudad, a diferencia de muchos de la clase acomodada de México.

Un desenlace previsto

Pero el empresario no siempre ha prevalecido. En 2011, hizo una visita a los reguladores que acababan de obtener un fallo a su favor del Tribunal Superior de Justicia de México que iba a costarle una fortuna. El fallo recorta una importante fuente de ingresos de Slim al forzarlo a aceptar tarifas considerablemente reducidas por llamadas de otros proveedores de telefonía celular en sus redes. Slim había luchado contra esos recortes durante años, y les dijo a los reguladores que cometían un error.

Pero la opinión pública ya estaba en su contra. Aunque Slim había invertido fuertemente en el servicio de telefonía de México durante los primeros años, el ritmo se debilitó de manera significativa para la década del 2000. El servicio sufrió las consecuencias, pero no las ganancias. En 2008, el reporte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) encontró que el margen de ganancias de América Móvil era casi 70% más alto que el promedio de los demás países miembro.

México se rezagó también frente a sus pares de América Latina en la expansión del acceso a la banda ancha móvil y quedó detrás de Brasil, Argentina, Colombia e incluso Venezuela, de acuerdo con las cifras de 2014 de la Comisión de la Banda Ancha para el Desarrollo Sostenible, una iniciativa de las Naciones Unidas.

Slim es uno de los copresidentes de la comisión. Al preguntarle por qué hay franjas rurales de su país que no tienen recepción de telefonía celular, mencionó a los reguladores. «Empezaron a insistir en que teníamos mucha participación de mercado y que era motivo para regulación», dijo. «Suspendimos la inversión en lugares donde íbamos a tener el 100% del mercado».

Muchos mexicanos sentían que pagaban más por menos, y eso abrió una oportunidad para el nuevo gobierno. Cuando Enrique Peña Nieto asumió la presidencia en 2012, se fraguó un plan.

El gobierno y los tres principales partidos del país se reunieron en secreto, a menudo entrada la noche, en diferentes lugares de Ciudad de México para evitar filtraciones hasta que la legislación estuviera casi lista. Una vez que se llegó a un acuerdo, los legisladores consagraron la ley en la Constitución para desviar las impugnaciones legales características de Slim y establecieron tribunales especiales para que las resolvieran.

Aquellos que conocen a Slim dicen que había anticipado desde hacía mucho tiempo que algún día disminuiría su control de las telecomunicaciones en México. «Él sabía que pasaría esto», dijo James R. Jones, exembajador estadounidense en México en los noventa. «Y yo sospecho que él ya planeaba sus próximos movimientos».

Con sello propio

Aunque el dominio de Slim y sus ganancias pueden estar en riesgo en México, su riqueza ya no depende de ello. En EE.UU., los resultados han sido mixtos. Una inversión en el minorista CompUSA fue un fracaso, mientras que el préstamo de US$ 250 millones a The New York Times fue una excelente inversión.

Sus compañías construyen y alquilan plataformas petroleras y pozos de extracción, operan represas en Panamá y construyen gasoductos en México y en EE.UU. Incluso está haciendo negocios con el alumno más famoso de Halliburton, Dick Cheney, al invertir junto al exvicepresidente en WellAware, una empresa emergente de servicios de software relacionados con la extracción de petróleo de Texas.

El proyecto de US$ 13.000 millones del Aeropuerto de Ciudad de México tiene sus huellas también, incluyendo la participación de un yerno arquitecto y de otro pariente político que estuvo en el comité de diseño. Aunque el miembro del comité se recusó a sí mismo, la prensa local vio lo que ve a menudo: «El nuevo aeropuerto de la Ciudad de México tendrá el sello de Carlos Slim», como lo describió un titular. 

Cinco datos curiosos sobre Carlos Slim

El periodista mexicano Diego Enrique Osorno publicó en 2015 su libro Slim. Biografía política del mexicano más rico del mundo, que reveló algunos aspectos no conocidos del magnate mexicano.

* Nació el 28 de enero de 1940 y aprendió a administrar desde que era un niño. Su papá le daba una libreta de ahorros, donde debía anotar ingresos y egresos, y cada semana la revisaban juntos. A los 12 años, abrió su primera cuenta de cheques.

* Es admirador de Gengis Khan, el emperador mongol que comandó uno de los imperios más grandes del planeta. Leyó mucho sobre él, en especial sobre su capacidad como estratega.

* La palabra más repetida en su biblioteca es «dinero», que incluye biografías, libros de negocios, de historia y de arte, además de novelas y libros de poesía.

* Políticamente, no se considera de izquierda ni de derecha.

* A las acusaciones de tacañería responde que no es «Santa Claus» y está en contra de regalar dinero. Sostiene que es mejor ponerlo a trabajar para que produzca empleos y más dinero.

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