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Las empresas luciérnaga: proyectos que
nacen y mueren rápidamente

El promedio de vida de los negocios cayó drásticamente, lo que tiene efectos en la morfología de la economía

"Bichos de luz". Este tipo de empresas durarán encendidas muy poco tiempo, para proyectos concretos.
"Bichos de luz". Este tipo de empresas durarán encendidas muy poco tiempo, para proyectos concretos.

Paradojas de la nueva época: mientras los avances en la medicina llevan a especular con una vida humana de cientos de años, el promedio de duración de las empresas como tales se acorta de manera dramática. Según un relevamiento difundido este año por la consultora Innosight, la duración media de una compañía dentro del índice Standard & Poor’s 500 —firmas con una valuación de mercado por encima de los US$ 6.000 millones— pasó de 33 años en la década del 60 a 24 años en la actualidad. Y la consultora prevé que este promedio de vida corporativo se reducirá a la mitad (12 años) de aquí a una década, en 2028.

¿Proyección alocada? No tanto, si se toma en cuenta una categoría de empresas propuesta por el profesor de Derecho de la Universidad de Temple, Tom Lin, quien habla de «compañías luciérnaga», que como los bichos de luz durarán encendidas muy poco tiempo, para proyectos concretos. Este fenómeno, explica, será automatizado y apalancado en nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial (IA) y el blockchain, la arquitectura de software detrás de la mayor parte de las criptomonedas que sirve para «producir confianza» de manera descentralizada.

Lin compara algunos procesos que hoy experimentamos en la vida cotidiana y que están a años luz —adelantados— del de creación de firmas, que se viene haciendo de la misma manera desde hace varias décadas, y ya resulta anticuado para la velocidad de la nueva economía. Por ejemplo, cuando uno escucha una canción que disfruta, los algoritmos de Spotify o de otra plataforma pueden sugerir, basados en los gustos y en el historial personal, un nuevo tema musical con altísimas chances de que nos parezca bueno. Esta secuencia que tenemos incorporada como algo simple y que nos cuesta unos instantes de tiempo y dar «OK» en la pantalla del celular, conlleva «detrás de escena centenares de operaciones virtuales entre distintas empresas, pagos de derechos, contratos, etcétera.

Según la consultora Innosight, la duración media de una compañía dentro del índice Standard & Poor’s 500 —firmas valorados en más de US$ 6.000 millones— pasó de 33 años en la década del 60 a 24 años en la actualidad. 

En cambio, el proceso de creación de empresas sigue siendo una instancia ajena al avance de nuevas tecnologías: una persona (o un grupo de individuos) decide abrir una firma, llena decenas de formularios (de forma manual o virtual), espera que alguna autoridad lo apruebe, etcétera. Lo mismo para desarmar una sociedad. En el medio hay costos altos en tiempo, abogados, escribanos, permisos, etcétera.

Un reciente paper publicado por el NBER cuenta cómo Amazon —una de las empresas más intensivas en el uso de inteligencia artificial del mundo—, a pesar de ser un ícono de la nueva economía, en términos administrativos es un conglomerado como cualquier otra megacorporación, con un entramado de sociedades en distintos paraísos fiscales, directorios, etcétera.

«Al igual que un archivo de un tema musical, las empresas hoy son entidades virtuales. Por lo tanto, es curioso cómo hasta ahora vienen siendo poco afectadas por la revolución de los datos en lo que hace a su formación y disolución», remarca el profesor de Temple. Pero esto no ocurrirá por mucho tiempo. Hay fuerzas poderosas —en particular, IA y blockchain— que harán que el actual statu quo se vuelva antieconómico y que muchas empresas empiecen a surgir a partir de decisiones de algoritmos, casi sin costos de transacción ni fricciones, a medida de determinados proyectos que se demanden.

Blockchain e inteligencia artificial tendrán roles protagónicos en la esperanza de vida de las empresas y los negocios

¿El Sol ya se apagó?

La masificación de empresas luciérnaga tendrá profundas implicancias para la línea de tiempo y la morfología del proceso de disrupción.

A pesar de que la economía de la innovación ya lleva un recorrido de más de 80 años desde los trabajos pioneros sobre ciclo y destrucción creativa del economista austro-estadounidense Joseph Schumpeter, las tecnologías exponenciales —y su particular combinación— están modificando algunas de sus conclusiones teóricas.

Uno de los tecnólogos que mejor estudia el «cronograma» de la disrupción en ciernes es Rodney Brooks, quien propone un mapa de «próximos adyacentes» para definir qué cambios ocurrirán antes en el tiempo y cuáles (aunque tengan mayor espectacularidad mediática, como el Hyperloop de Elon Musk o los vehículos autoconducidos) tardarán más. La adaptación y validación social de determinados tipos de tecnología también poseen su propio ritmo, que tiende a ser subestimado.

Cinco años atrás, en una entrevista con La Nación, el publicista Carlos Pérez formuló por primera vez una metáfora para explicar el fenómeno disruptivo: la de los 8 minutos y 19 segundos que tardan los rayos del Sol en llegar a la Tierra. En teoría, si la estrella dejara de golpe de emitir energía podríamos seguir viviendo como si nada por este período de tiempo. Pérez acudió a esta comparación para describir el momento por el que pasaba la publicidad, que seguía básicamente produciendo comerciales para la TV, cuando no sabemos si la tanda como tal seguirá existiendo mucho tiempo más. La metáfora puede aplicarse a casi cualquier sector de la economía.

Hay quienes creen, como el creativo Nicolás Pimentel, que en varios rubros del negocio de la comunicación «el sol ya se apagó». Y la cuenta regresiva de los 8 minutos 19 segundos hace rato que terminó.

En su blog/libro What if? (¿Qué pasa si?), el físico Randall Munroe recopila respuestas largas, científicas y serias a preguntas hipotéticas y absurdas. Si el Sol deja de emitir rayos, la vida en la Tierra tenderá a desaparecer en un proceso lento, que llevaría meses. En el medio ocurrirán cataclismos naturales y guerras por la supervivencia, como en un film de futuro apocalíptico. Cualquier similitud con la realidad de algún sector de la economía es mera coincidencia.

No es solo una "ola gigante"

Discográficas. Al analizar esa industria, economistas de Goldman Sachs descubrieron que la disrupción no es obra de una única ola sino que hay varios avances y retrocesos en la fase inicial.

En términos gráficos, economistas de Goldman Sachs descubrieron algunas regularidades en recorridos disruptivos, como el que atravesó la industria discográfica. Las primeras olas del tsunami no son las que provocan el punto de inflexión para el reemplazo por nuevos formatos, sino que hay varios avances y retrocesos en la fase inicial. El publicista Carlos Pérez mostró, en una reciente presentación, un video de pocos minutos en los que se ve el accionar lento, por erosión, de varias olas en el tsunami de Japón de 2011. Aunque uno tiende a imaginarse una única «ola gigante» que barre con todo, la morfología de estos procesos de cambio dramático es distinta.

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