OPINIÓN

¿Volverá a crearse empleo?

Varias pueden ser las razones para explicar la pérdida de empleos, algunas coyunturales y otras estructurales.

DESEMPLEO. En enero podría haber sido mayor pero muchas personas desistieron de buscar trabajo ante el complicado panorama. Foto: Francisco Flores.
Foto: Francisco Flores

En los últimos tres años, se perdieron 42 mil puestos de trabajo (33 mil en 2015, 3 mil en 2016 y 6 mil en 2017) y si el desempleo sólo subió desde el 6,7% al 8,5% de la PEA entre los últimos trimestres de 2014 y 2017, fue porque en el trienio hubo 28 mil personas que dejaron el mercado de trabajo, o sea que pasaron de ser activos a inactivos.

Si estas personas hubieran seguido buscando trabajo la tasa de desempleo estaría en el entorno del 10% de la PEA.

Varias pueden ser las razones para semejante pérdida de empleos, algunas coyunturales y otras estructurales. Es indudable que el encarecimiento del factor trabajo es uno de ellos y esto no sólo debe analizarse desde el punto de vista del salario real, sino también desde el lado de los salarios en términos de dólares, relevante para exportadores y para quienes compiten con importaciones.

Un ejemplo sobre esto último: en diciembre pasado, los salarios medios del sector privado estaban un 52% por encima del promedio de 2000 a 2017 si se los considera en dólares y relativos al índice de precios de exportación que elabora la CIU. El resultado no puede sorprender, ya que el indicador es muy parecido al inverso del tipo de cambio real, que, con relación al mismo período de referencia, muestra un rezago considerable.

Mientras tanto, en el trienio referido, los salarios reales en el sector privado crecieron más que el PIB. Escribo esto antes de conocerse los datos del PIB de 2017 y los ajustes habituales a los de años anteriores.

Pero con los datos conocidos en este momento, el panorama es bien claro: en 2015 el PIB subió 0,4%, los salarios reales privados 1,9% y el empleo cayó 1,7%; al año siguiente el PIB subió 1,5%, los salarios 1,4% y el empleo cayó 0,3%; y el año pasado el PIB habría crecido en torno a 3%, con los salarios subiendo 3,5% (más 1% por el efecto del mayor IRPF) y el empleo cayó 0,4%. Es decir que en 2015-2017 el salario real se llevó más que el total del aumento del PIB y no dejó espacio para el aumento de los puestos de trabajo, sino que coadyuvó a su reducción.

En ese sentido, es notorio el caso de las industrias manufactureras, que en los últimos años registraron un proceso de sustitución de mano de obra por máquinas y equipos de modo de aumentar su productividad ante los crecientes costos de la mano de obra. Desde 2008, el stock de capital fijo en maquinaria y equipos de ese sector subió casi 80%, mientras que el índice de horas trabajadas (sin refinería) cayó más de 20%.

Lo que está detrás de los números de los últimos años es una "cuenta" muy sencilla: el crecimiento del PIB acompaña al de la masa salarial y ésta evoluciona con el salario y el empleo, o sea precio y cantidad. Si el salario se lleva todo el aumento del producto, nada queda para el empleo. Eso es lo que ha venido pasando. Y esto no es ideológico, es aritmético. Mal que les pese al ministro de Trabajo y a los principales del PitCnt y su centro de estudios.

Tan así es, que el MEF, cada año, cuando nos informa de sus proyecciones para los años restantes del período, proyecta esas variables de modo que las variaciones de salario y empleo sumen igual que la variación del PIB. Esto, que puede no darse alguna vez por cuestiones propias de la coyuntura, se da inequívocamente en el largo plazo. Si consideramos el caso uruguayo desde 1985 (donde hubo gobiernos de tres partidos, crisis, booms y diversos arreglos institucionales en relación a los salarios) PIB y masa salarial crecieron parejos en torno a 3,3% anual, mientras que los salarios subieron algo más de 2% anual y el empleo más de 1% anual.

Estos antecedentes son importantes cuando se ha planteado por parte del Poder Ejecutivo, nuevas pautas para las negociaciones salariales que cubrirán el período 2018-2020. Pautas que en una primera leída parecen más razonables de lo que lo son si se las analiza en profundidad.

Se establecen aumentos nominales en torno a la inflación esperada, pero con adicionales para los salarios más bajos y se establecen gatillos para compensar los desvíos en la inflación. Esto tiene al menos dos connotaciones relevantes. Una, que el salario promedio va a subir más que lo que dicen las pautas iniciales, por el efecto de los aumentos mayores en los mínimos. Y en momentos de problemas para crear empleos, encarecer más los mínimos no parece lo más lógico.

Dos, se pretende fijar el salario real, volviéndolo rígido a la baja incluso ante la eventualidad de un shock externo que afecte al ingreso del país. O sea que ante una eventual situación adversa de la economía, se priorizará el salario real antes que el empleo y se mantendrá la indexación plena dificultándose el retorno a una inflación más baja tras el impacto del shock.

Pero aún sin esa eventualidad, y en condiciones de normalidad (con la inflación dentro del rango meta y el PIB creciendo al 3% anual), el salario real se llevaría por lo menos la mitad del crecimiento proyectado en el PIB. Si todo sale bien, estas pautas no serán un obstáculo para volver a crear empleos desde este año, y el desempleo podrá dejar de subir, mientras no vuelvan al mercado de trabajo los que lo dejaron desde 2015.

De todos modos, esas pautas son la primera movida del Ejecutivo ante la negociación. O sea, un piso.

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