OPINIÓN

¿Es que sólo fue "viento de cola"?

Tras el dato de crecimiento del PIB de 2,7% en 2017, se completó una serie de 15 años consecutivos con crecimiento económico en nuestro país, que me animo a extender a 17 si incluimos el actual y el próximo, donde todo apunta a que nuestra economía crecerá en el eje del 3% anual. 

El CEF se relaciona con el Poder Ejecutivo a través de él. Foto: Fernando Ponzetto
Fernando Ponzetto

Después, dado el contexto, es "largo plazo" y todo puede suceder.

Se trata del período más extenso de crecimiento económico en Uruguay desde que se llevan estadísticas oficiales. Otros períodos parecidos se dieron entre 1943 y 1957, también de 15 años, pero con una leve caída en 1952; en los nueve años desde 1973 y en los diez desde el retorno de la Democracia (1985 a 1994) que con una caída en 1995 (por el llamado "efecto tequila") se extiende hasta 1998.

A partir de aquel dato, como suele suceder en este país agrietado, unos se atribuyeron casi todo el mérito del récord y otros lo asignaron prácticamente al "viento de cola". Como suele suceder en estos casos, ambos tienen parte de la razón. Es indudable que el contexto externo fue fundamental, pero también es evidente que las políticas públicas llevadas adelante por los gobiernos del FA coadyuvaron al desempeño registrado.

Sitúo antes de 2005 el origen de semejante performance, por tres razones: uno, el muy buen diseño de la salida de la gran crisis de 2002 realizado por el gobierno de Batlle; dos, la prolija transición entre los gobiernos de Batlle y Vázquez, con el anuncio tempranero de que Astori sería el titular del MEF y las señales de que habría continuidad de políticas macro económicas que generaban buena reputación al país (cuando había —y hay— alternativas, por ejemplo, afines a las políticas "K"); tres, sí, el inicio del "viento de cola" a partir de 2002 con el debilitamiento global del dólar, y desde 2003 con el aumento en los precios de las materias primas.

Efectivamente, el "viento de cola" fue decisivo desde la crisis de 2002, con el dólar barato, las materias primas apreciadas, las tasas de interés bajas y la ayuda que nos dio Argentina al gravar las exportaciones de productos del agro. Este contexto externo favorable nos dio financiamiento (más barato, a mayor plazo y desdolarizado) que permitió tanto al sector público como al privado mantener niveles de gasto muy elevados. En el sector público, con un déficit fiscal mayor al razonable en muchos de esos 15 años, y en el sector privado, con niveles de consumo e inversión poco habituales. La misma situación de dólar débil y tasas bajas que dio financiamiento al sector público, propició una extraordinaria inversión extranjera directa.

Pero también hay razones internas para entender la performance extraordinaria de los últimos 15 años. Además de nombrar un equipo económico que mantuviera políticas económicas sensatas (esto es parte de la buena institucionalidad del país a la que se refieren elogiosamente las calificadoras de riesgo y los organismos internacionales) hubo políticas impulsadas por los gobiernos del FA que coadyuvaron al éxito, en términos de crecimiento y, especialmente, de equidad. Una, la reforma tributaria que generó nuevos recursos y dio mayor equidad al sistema tributario; dos, la reforma de la salud, que insumió parte de esos mayores recursos para extender la cobertura de salud; y tres, la política salarial que puso el énfasis en subir los salarios reales de las categorías de menores salarios.

Además del crecimiento, hubo en estos 15 años una mejoría notoria de la equidad, con la reducción de la pobreza (desde más del 30% a un dígito) y la indigencia (que casi ha desaparecido) y con una distribución del ingreso más equitativa (hasta 2012, ya que después el Índice de Gini entra en una meseta).

Pero más allá de contar la historia, se debe poner el foco en el futuro, y ahí queda en evidencia todo lo que resta por hacer y lo poco que se ha avanzado a pesar de los muy buenos indicadores de crecimiento y equidad referidos.

En lo macro, cuando la economía ya no crece tanto, la mochila del sector público se vuelve más pesada y la política salarial, que no se ha adaptado del todo a la nueva realidad, genera desempleo. Con precios internacionales no tan favorables, el dólar barato sólo le sirve a los que consumen importados o fuera del país… y al BCU, que ha encontrado en él, el único instrumento útil para que la inflación no se le escape.

Más allá de lo macro, son evidentes las carencias en varias áreas de la infraestructura (donde la inversión se quedó muy corta), lo mismo que los malos resultados en la enseñanza pública (a pesar del aumento extraordinario de su presupuesto). Tampoco ha habido avances en la inserción internacional, mientras otros han avanzado en la integración al mundo.

Y en materia de equidad, el claro avance referido no ha impedido que la mayor pobreza se siga concentrando en los más pequeños, mientras que a los mayores se les ha seguido transfiriendo recursos (con la ley de 2008 y ahora con la de los cincuentones) con un costo fiscal insoportable. Además, quedó claro que menos pobreza no implica necesariamente más inclusión.

Habiendo terminado el tiempo útil del actual gobierno (al menos para hacer cosas buenas) la agenda del próximo luce frondosa, y, además, será complicada, si el mundo nos deja de ayudar.

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