OPINIÓN

Versiones parciales de la historia

La prestigiosa revista The Economist publicó recientemente un articulo laudatorio sobre el desempeño económico de Uruguay durante los últimos quince años, calificándolo como el lapso más prolongado de crecimiento de su historia.

El CEF se relaciona con el Poder Ejecutivo a través de él. Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto

Ese comentario, disparado por la publicación del crecimiento correspondiente al 2017 (2,7%), resalta a nuestro país respecto al desempeño anémico de sus vecinos.

Según el cronista, eso pone en valor la apertura, la fortaleza institucional y la inversión en conocimiento (know how) que nos caracteriza.

De ahí en más se explaya sobre los beneficios de la estrategia de diversificación comercial instrumentada por el Frente Amplio desde que es gobierno, permitiéndole desacoplarse de Argentina y Brasil y de esa manera lograr los resultados anotados.

En realidad, el halago que implica ser mencionados positivamente queda opacado por la liviandad y parcialidad de la nota. Máxime cuando proviene de una publicación que se jacta por su rigurosidad, pero que al quedarse en la superficie, aun sin quererlo, induce a conclusiones falsas y, en el mejor de los casos, parciales.

Esto nos invita a contrastar alguno de sus pasajes con la prueba ácida de la historia.

De arranque señala que Uruguay evitó el default en el 2002-3, gracias a la ayuda (bail-out) del Fondo Monetario. Sabemos que fue todo lo contrario, gracias a la decisión de la administración Batlle, quien enfrentó férreamente la oposición de esa institución como también a la del Frente Amplio. Negar el default confirmó la voluntad de respetar los contratos, pilar básico del estado de derecho. Y con ello la preservación de un activo intangible como la credibilidad, que adquiere el valor de una forma de institucionalidad básica para atraer inversiones y contratar financiamiento externo.

Pero lo más importante del articulo es lo que no dice, algo esencial para entender los excelentes resultados en materia de crecimiento, pero también los desafíos importantes que hoy acechan.

El comienzo de los quince años de crecimiento ininterrumpido (2003) encuentra a nuestro país con las cuentas fiscales ordenadas, expresadas en un superávit primario (antes de pagar intereses) del 4%, la culminación de un TLC con México, reformas estructurales en los puertos y el despertar de China como potencia mundial demandante de materias primas.

Le siguieron la expansión vertiginosa de la agricultura de la mano de la soja y la irrupción de la celulosa como otro puntal exportador relevante. En un caso resultado de hechos exógenos como la llegada de agricultores argentinos que visualizaron el potencial del mercado chino. En el otro, la continuación de una estrategia que tenía más de una década y media de iniciada (forestación) que dio lugar a su industrialización en celulosa, resistida inicialmente por quienes luego fueron sus máximos propulsores.

El desacople con Argentina y Brasil mencionado como política de estado, muestra nuevamente desconocimiento. Brasil es hoy nuestro segundo destino exportador detrás de China, y primero en productos sensibles como los lácteos e insumos industriales. Y Argentina nuestro principal demandante de turismo, el que a su vez trepó a la cima de nuestras exportaciones, y cuyo caudal viene determinado por su ciclo cambiario. Además, ambos nos obligan al encierro mercosuriano, impidiéndonos negociar por fuera del tratado y vendiéndonos caro productos de industria manufacturera ineficiente. En realidad eso no es desacople, sino determinismo geográfico profundizado por políticas erradas como la versión actual del Mercosur.

Es cierto, como dice el artículo, que hay una clase media naciente, fruto de un lapso de crecimiento extenso ayudado por políticas explícitas de redistribución, pero que en buena parte fueron a fuerza del engrosamiento del Estado, aumento de la carga impositiva y el incremento sin pausa del endeudamiento externo.

A esta realidad, que para mantenerse necesita de niveles de crecimiento altos, hay que agregarle algunos hechos notorios para comprender mejor dónde estamos y cuáles son las perspectivas.

El crecimiento está comprometido porque la inversión ha caído sin dar señales de recuperación. La de índole pública, ya en mínimos históricos, tiene acotada su expansión porque no hay espacio fiscal disponible. La privada, encuentra en la baja rentabilidad neta de impuestos su mayor freno. Esto último coadyuvado por un déficit fiscal financiado mayoritariamente con endeudamiento externo, que profundiza el abaratamiento del dólar y por ende el aumento de los costos medidos en dólares. Hecho letal en el mediano plazo para los sectores que compiten con los mercados externos.

Esto ha llevado al resurgir del desempleo a niveles inesperados (8,5%), a pesar del aumento significativo del empleo público y la caída del número de personas que buscan trabajo. Según el Ec. De Haedo en una columna pasada, ese guarismo seria del 10% de la población económicamente activa.

Todo esto implica la erosión paulatina de esa clase media naciente al aumentar el ejercito de los desocupados o porque ven peligrar su estatus actual. Esto se traduce en descontento, hecho que las encuestas estarían recogiendo como un hecho político de trascendencia dado el número creciente de indecisos.

Con este panorama, cabe preguntarse cómo serán los próximos años. Predecir es difícil y menos el futuro. Pero lo que es cierto que la senda actual no tiene futuro sin crecimiento. Para hacerlo sostenidamente y generar empleo, es necesario invertir. Ese será uno de los desafíos mayores de la política. Eso sí, no esperemos que desde afuera vengan a ilustrarnos cómo hacerlo.

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