OPINIÓN

Venezuela no es la excepción

En Venezuela estamos viendo un nuevo fracaso de ideas que ya hicieron mucho daño durante todo el siglo XX. 

Crisis en Venezuela Foto: Reuters
Crisis en Venezuela Foto: Reuters

Es difícil exagerar lo que pasa en Venezuela. Además del atropello a las libertades políticas e individuales más elementales, es evidente el daño económico y social que afecta a todo su pueblo. La situación actual de Venezuela es un corolario de un modelo económico que, con variantes, se ha ensayado numerosas veces a lo largo del siglo XX, siempre con consecuencias nefastas.


Venezuela fue un país de renta media desde la década de 1930, cuando la explotación petrolera pasó a ser la actividad económica primordial. Una economía más rica que sus vecinos, pero con brechas sociales muy importantes y grandes sectores sociales postergados. El precio del petróleo jugó siempre un rol muy determinante en los vaivenes económicos y, a su vez, se fue volviendo cada vez decisivo para la suerte del país. En los noventa vivió una de las crisis económicas y sociales más profundas de su historia lo que, entre otras cosas, abrió el camino a la llegada de un líder populista como Hugo Chávez.

El Chavismo tomó el país cuando el barril de petróleo estaba a menos de 20 dólares, durante su mandato subió en forma constante colocándose en torno a 100 dólares entre 2011 y 2014. Este es el gran secreto del éxito del chavismo durante muchos años. Mientras esta coyuntura excepcional ocultaba todos los problemas se avanzaba en contra de la economía de mercado, se despreciaba la inversión, se controlaban los precios y se desestimulaba la iniciativa y la propiedad privada. La economía se concentraba cada más en la exportación petrolera, que ni siquiera siguió creciendo en volumen durante la bonanza; fueron simplemente los precios los que permitieron gozar de ingresos y bienestar al país. Parte de estos recursos se repartieron en forma de planes sociales generando un bienestar efímero en las clases más populares.

Ya desde 2013, el agotamiento del modelo era evidente. La inflación de ese año cerró en 56%. Es la caída del precio del petróleo a partir de 2014 lo que termina de hundir este frágil modelo, a pesar que el precio siempre se mantuvo por encima del que el chavismo había recibido. La tragedia de los centenares de muertos por la represión es solo una fracción de las muertes por falta de medicinas, alimentos y la criminalidad. Según Encovi, una encuesta realizada por las principales universidades del país, el venezolano promedio perdió casi 20 kilos entre 2017 y 2015. En 2016 la mortalidad infantil fue 40% más alta que en 2008, lo que representa decenas de miles de niños menores de 1 año que murieron fruto de la debacle económica y social de Maduro.

Estos muertos mucho más silenciosos son por lejos las víctimas más numerosas. La estimación de pobreza para 2017 de Encovi fue de 87% y 61% la pobreza extrema. Esto es bastante más de lo que había cuando Chávez asumió. La emigración masiva de venezolanos es otro síntoma muy claro de la debacle. Ricardo Hausmann estima que 5,5 millones de personas abandonaron el país, lo que representa un 15% de la población.


Los experimentos de ingeniería social totalitaria que pretendieron crear el paraíso en la Tierra fracasaron todos estrepitosamente, trayendo muerte y miseria. Son varias decenas de millones los que murieron de hambre o represión en la URSS, la China de Mao, Camboya y Venezuela entre otros.

Todos, o casi todos, queremos un mundo más justo, sin embargo, es evidente que hay ideologías que a lo largo del siglo XX han fracasado sistemáticamente logrando el resultado contrario al que postulaban. Que personas formadas y con acceso a la evidencia sigan defendiendo sistemas que una y otra vez traen miseria, violencia y emigración masiva, solo puede ser por lo difícil que nos resulta a las personas revisar ideas y principios que hemos defendido durante mucho tiempo. Los países con menos pobreza, más oportunidades y mejores servicios públicos no desprecian la iniciativa privada ni pretenden controlar todo desde el Estado. Contrariamente a lo que muchas veces se sostiene, el mercado y el Estado son complementarios, se necesitan mutuamente y los países exitosos son aquellos en que cada uno cumple bien su papel.

El socialismo del siglo XXI está en descomposición, aunque no está claro cuánto durará su agonía. Por el bien de ellos y de la región toda, ojalá se dé una salida rápida y pacífica que devuelva a los venezolanos la conducción de su propio destino. Sin embargo, más allá de las evidentes particularidades del caso, debemos aprender de errores repetidos. El siglo XX fue un laboratorio social importante, negarse a la evidencia por un voluntarismo romántico es una irresponsabilidad mayúscula que ya ha costado demasiadas vidas.

(*) Centro de Estudios para el Desarrollo- Hernán Bonilla y Agustín Iturralde.

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