ENTREVISTA

Uruguay no puede demorar acuerdos internos que le permitan una mejor inserción global

Para Nicolás Albertoni, especialista en política internacional, investigador en la Universidad del Sur de California, "plantear los debates sobre inserción en una lógica de ganadores y perdedores, lo convierte en un juego de cinchar la cuerda”.

Nicolás Albertoni. Foto: Marcelo Bonjour
Nicolás Albertoni. Foto: Marcelo Bonjour

“La búsqueda de consensos para el desarrollo del país ya no pasa por quien lo haría mejor, sino quien se anima hacerlo”, sostiene. Albertoni acaba de editar el libro “Uruguay como solución. Su inserción internacional: cuando lo importante se transforma en urgente”, que será presentado mañana martes 16 en la Universidad Católica. En su obra, toma como punto de partida la inserción internacional para hablar de algo más profundo: la formación de consensos. A continuación, un resumen de la entrevista.

—Usted se plantea qué pasaría si moviéramos el eje de la discusión abocándola a buscar soluciones en vez de simplemente opinar sobre nuestros problemas. ¿Cuáles son las “cuestiones urgentes” que Uruguay tiene por delante?

—Mencionaría dos aspectos, uno pasa por un factor primero cualitativo y otro por un aspecto institucional. El cualitativo, pasa por desterrar la palabra "competir" como sinónimo de "perder". Con un acuerdo comercial habrá ganadores (por ejemplo, en el caso del acuerdo con la UE es de esperar que el agro sudamericano sea un claro ganador de este acuerdo), sectores que quedarán más expuestos a la competencia (como podría ser la industria) y sectores más vulnerables con los que el gobierno deberá trabajar de cerca para pensar con mecanismos de compensaciones para no verte afectados por los acuerdos comerciales. Pero en ninguno de los casos hay que dividir estos acuerdos en una lógica binaria de perdedores y ganadores. Esta lógica no hace más que transformar un debate sobre inserción en un juego de "cinchar la cuerda".

Otro aspecto central es el institucional, Uruguay es de los pocos países que con una dependencia al comercio tan grande no tiene un ministerio abocado completamente a eso. Ya se ven cada vez menos en el mundo Cancillerías que el lunes están hablando de derechos humanos, y el viernes de la letra chica de un acuerdo comercial. Pero dado que hablar de nuevos ministerios hoy en Uruguay sería mala palabra, creo que sería posible caminar hacia una lógica chilena que, de hecho, hace pocas semanas la acaba de consolidar aún más como parte de la modernización de la cancillería, creando el Viceministerio de Relaciones Económicas Internacionales. Se mantiene el rol de Canciller y Vicecanciller (políticos) y se incluye la figura de este nuevo Viceministerio de Relaciones Económicas para dinamizar más aún la apertura comercial. Esto podría generar capital humano que siga un track más comercial y económico de las relaciones internacionales, que no implique necesariamente la carrera diplomática tradicional. Son cambios que se podrían generar sin la necesidad de más gasto para el Estado. Simplemente pasa por una reestructura de la matriz organizacional existente.

—¿Entiende que hay factores culturales que inciden en esa forma de enfocar los desafíos?

—Al analizar en profundidad el caso de otros países, como Nueva Zelanda, Finlandia o Corea del Sur encontré que lejos de reconocerse perfectos, los actores sociales de esos países tienden a focalizar sus críticas en soluciones y no en buscar culpables. Cuando hablaban de los problemas del país, lo hacían en primera persona del plural. En Uruguay me encontraba en otra lógica, me respondían sobre “nosotros” pero inmediatamente me hablaban de “ellos” cuando referían a otros actores. Esa lógica de “nosotros vs. ellos” no es buena. En lugar de sentarse a esperar, mientras debatimos, quien tiene razón, deberíamos ir juntos a buscar las oportunidades.

—¿Qué enseñanza nos deja el avance en las negociaciones con la Unión Europea?

—La primera pasa por no dejar de lado que este acuerdo llevó un cuarto de siglo concretarse. Más allá de la alegría que se vive por estos días de que se haya concluido, es claro que estos tiempos de duración ya no van de la mano con los tiempos del mundo actual. Esto dejó entrever que, los equilibrios entre países tan diferentes como son los del Mercosur se logran, pero este equilibrio demoró un cuarto de siglo encontrarlo. Generar mecanismos transparentes e institucionalizados para generar una mayor flexibilidad negociadora dentro del Mercosur, debería ser un debate ineludible para los próximos años.

Otro elemento central del aprendizaje se dará cuando empiece el debate político real sobre el acuerdo. Se verá claramente cómo este tipo de aperturas increpa a los gobiernos: genera que el empresario tenga un elemento objetivo con el que medir su competitividad y ayuda a los gobiernos a focalizar la política pública. Por eso, insisto en que la inserción internacional debe verse como algo que va mucho más allá de cómo estamos acostumbrados a verlo: un país que no está en contacto económico, comercial y político permanente con el mundo no se interpela a sí mismo, y tiende a comparaciones facilistas que muchas veces no lo alientan a crecer. Por el contrario, lo terminan conformando con logros válidos, pero insuficientes.

—En su libro, refiere a una necesaria flexibilización del Mercosur. ¿En qué pilares debe basarse ese proceso?

—En una flexibilidad que sea transparente e institucionalizada. Visto que hoy el Mercosur está más cerca de ser una zona de libre comercio que una Unión Aduanera (dadas las altas perforaciones que existen en el arancel externo común), es lógico pensar que deberían estar más aceitados los casos en que un país pueda avanzar en acuerdos con un tercer país si el resto de los miembros aún no está dispuesto a hacerlo. Esta flexibilidad debería basarse en analizar los mecanismos arancelarios a considerar para que no se generen triangulaciones en caso de que un país cierre un acuerdo y los otros no.

—Menciona como un gran error que Uruguay se bajara del TISA en 2015. ¿Hay oportunidades aún de sumarse a iniciativas como esa?

—No solo fue una muy mala decisión política sino también una mala señal. No animarse siquiera a ser parte de una negociación es simplemente incomprensible. Estamos hablando de que el 70% del comercio de servicios está negociando las nuevas normas de este tipo de comercio, y nosotros le dimos la espalda.

Si ellos lo firman algún día, dado el volumen que involucren, es de pensar que esas reglas pasen a ser la nueva norma del comercio de servicios. Será en ese momento donde nos toque acatar. Dar la espalda a los ámbitos de negociación a los que somos invitados (e incluso a los que nos deberíamos invitar yendo a tocar la puerta) que hoy se abren en el mundo, es hipotecar nuestro futuro a tomadores de reglas y no hacedores de ellas.

Es interesante ver que después muchos hablan de que "los imperios imponen sus reglas", pero será en ese momento cuando debamos recordar a los críticos que cuando tuvimos la oportunidad de ser parte de la mesa, le dimos la espalda. Además, fue una señal indirectamente "proteccionista" el hecho de no estar abiertos a negociar la apertura del comercio de servicios. Y un país que solo da señales de protección a su sector productivo no hace más que reducir los incentivos de innovar para crecer. En el mediano plazo, esto puede costarnos caro. ¿Acaso dudaríamos de las fortalezas del sector software uruguayo para competir con el resto del mundo? No permitirnos negociar un acuerdo que presentaría grandes oportunidades a ese sector, fue una forma de contestar "no" a esta pregunta.

—Los tradicionales acuerdos comerciales pasan a ser una “asociación estratégica” o “acuerdos de desarrollo”. ¿Qué implica esta nueva concepción?

—Simplemente que la agenda que hoy incluyen los acuerdos van bastante más allá del comercio. Por tanto, no ser parte de ellos es quedar atrás de una agenda que nos podría afectar al quedarnos rezagados que es mucho más amplio. De aquí que el retroceso relativo del que hablo bastante en el libro busca mostrar que quedarnos fuera de estos debates hará que "cuando nos despertemos" el mundo estará hablando un idioma que no vamos a reconocer.

—¿Entiende que desde la institucionalidad política hoy en Uruguay hay condiciones para avanzar en pensar el Uruguay como solución?

—Aún falta. Una nueva mirada institucional dinámica y estratégica de la inserción debería ser el pilar central a poner sobre la mesa en un debate que busque lograr consensos en esta materia. Los grises son muy bajos en estos temas. Es casi un debate binario entre abrirnos o no abrirnos al mundo. En definitiva, la búsqueda de consensos para el desarrollo del país ya no pasa por quién lo haría mejor, sino quién se anima a hacerlo. Necesitamos un debate más proactivo, que nos lleve a una mayor eficiencia en la política pública. Un país poco dinámico en su apertura al mundo, no se interpela a sí mismo. Siendo un convencido de la importancia de este tema, siempre me encontrarán trabajando incansablemente para buscar consensos por una mayor apertura al mundo.

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