OPINIÓN

Tres pasos para el desarrollo

Terminando el año, pasadas las elecciones y con nuevo gobierno en puerta, en esta columna escribo sobre la necesidad de tener una estrategia país de largo plazo. 

Foto: Pixabay
Foto: Pixabay

Este contenido es exclusivo para suscriptores

Lo que describí antes es una receta simple pero difícil de cumplir para diseñar políticas públicas exitosas; y recuerdo que no todos los cambios tienen trayectorias lineales.

Vivir fuera de Uruguay nos obliga a quienes comentamos sobre los sucesos en nuestro país a ser triplemente cuidadosos. Es difícil a veces entender la realidad estando dentro del país, más difícil puede serlo entonces estando afuera. Pero también nos permite tomar distancia, ver el todo con mayor objetividad y al país desde una perspectiva global.

Vivimos tiempos tumultuosos donde Uruguay en muchos aspectos se destaca positivamente: la estabilidad política, la fortaleza de sus instituciones, respeto a derechos individuales, libertad de prensa, etc. Pero por otro lado todavía estamos a medio camino en una cantidad de aspectos: educación, desarrollo productivo, seguridad, etc. Somos tendencia por muchas cosas buenas, pero no nos despegamos. Nos sigue faltando perspectiva de largo plazo porque, por definición, el desarrollo es una cuestión de largo plazo; algo que no construye un sólo partido político, sino todo el sistema económico. Esta visión de largo plazo es clave en algunos temas en particular, donde los cambios requieren tiempo, como educación, cambio climático, o el futuro del trabajo.

¿Qué país queremos en 20 años? ¿Qué país queremos entregarle a la presidenta, o presidente, que asuma el 1 de marzo de 2040?

Definirlo no será fácil. Consensuar tampoco. No puede hacerse solo con algunas voces (no caminará). Tampoco sin minorías representadas. Pero hay que tener un acuerdo macro —a nivel país— marcando hacia dónde queremos ir. La nueva administración puede ser un punto de partida para dicho acuerdo. La visión país marca el rumbo de largo plazo, las políticas públicas la forma de implementar dicha visión.

¿Y cómo diseñar políticas?

Equilibrio político, técnico y administrativo. La mejor lección que aprendí de Lant Pritchett —profesor de Desarrollo Internacional de la Escuela de Gobierno de Harvard— fue que las políticas públicas deben cumplir con la siguiente trinidad: ser técnicamente correctas (lo que se propone tiene que tener sentido, basado en evidencia); políticamente posibles (tiene que tener apoyo político); y administrativamente viables (el Estado tiene que tener los recursos humanos y la capacidad financiera para hacerlo).

Este equilibrio no es estático, sino dinámico, más cuando es evaluado en el largo plazo, en especial en cuanto a lo que es políticamente posible. Se puede en un futuro acordar en temas en los que hoy puede no haber consenso (basta comparar el Uruguay de 1980 vs. el de 2000; u otros miles de ejemplos). Para esto, el liderazgo político es en general una parte clave para obtener y mantener dichos equilibrios.

Es una receta simple, y aun así muchas de las políticas públicas fallan en al menos una de dichas aristas. En el caso de la regulación de tarifas públicas (tema que he discutido en estas columnas), el problema no parece ser lo técnico ni administrativo, sino la falta de apoyo político. En seguridad no hay consenso sobre cuál es la solución técnicamente correcta para solucionar el problema (más penas, más policía, más políticas sociales, más presencia militar, etc.). Mirando al futuro por ejemplo, cuando se plantean las 136 liceos públicos modelos, ¿será posible tener profesores para todas las materias (actualmente en Uruguay faltan profesores en algunas materias como matemáticas o ciencias)? Esta es la arista de lo administrativamente viable que hay que considerar. Otro caso: en agosto de este año la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) publicó una “Estrategia de Desarrollo 2050” pero que parece haber tenido muy poca tracción, ya que el timing político fue lejos del indicado.

Incluso cuando se cumple la trinidad, predecir y comunicar correctamente la trayectoria de los cambios también es clave. Entender la trayectoria de una política pública —la forma en que evoluciona a través del tiempo— es muy importante para saber contra qué medir resultados durante el proceso. En general tendemos a asumir que los cambios se dan de manera lineal: se pasa del punto A al B a través de una línea recta. Sin embargo, no todos los cambios tienen procesos lineales. Por eso, estimar la trayectoria de los procesos y comunicar en consecuencia es muy importante para no tener sorpresas a la hora de medir impactos, para ser transparentes con la población y para mantener el apoyo a las políticas.

¿Y cómo acordar en una estrategia país?
Hace algunos años trabajé en una investigación sobre claves para lograr acuerdos sociales en Uruguay. Un tema recurrente fue el sentido de urgencia como mecanismo de unión. Algunos de los actores entrevistados dijeron que la crisis generaba una oportunidad para el acuerdo. Sin embargo, estos acuerdos podían también ser menos ambiciosos. Otros dijeron que, por el contrario, acordar en momentos de estabilidad podía resultar en acuerdos hechos con mayor precisión, posiblemente más duraderos y menos conflictivos.

Nuestras fuertes instituciones nos han permitido casi siempre separarnos de una región turbulenta. La transición política actual es prueba de ello. Deberíamos aprovechar ese activo enorme que tenemos en Uruguay (que actualmente escasea en el mundo), tomar ventaja, y planificar más allá de los próximos dos, tres, cinco años. Esta puede ser una gran oportunidad para la administración entrante. Repito entonces: ¿Qué país queremos entregarle a la presidenta, o presidente, que asuma el 1 de marzo de 2040?

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados