Opinión

Se trata de más de lo mismo

El proyecto de Rendición de Cuentas resulta de una claridad meridiana en cuanto a sus objetivos.

Alcancía con monedas. Foto: archivo El País.
Foto: archivo El País.

Reitera políticas que no solo no dan resultado, sino que al menos podrían recoger algunas señales tormentosas del entorno internacional. Pero al no ser así, la perspectiva se vuelve muy preocupante, y esto se nota no solo a nivel macroeconómico sino sectorial.

La ética de no gastar.

Lo que me llama la atención no es solo que el déficit crezca a niveles del 4 %, sino especialmente que se sigan aumentando gastos como si nada pasara aquí, en la región y en el mundo. Pero lo que de verdad molesta en el discurso oficial es que las demandas de justicia, de lo que creen reclamos justos, no implique la menor sujeción a la disponibilidad de recursos. Así, la vice presidenta destaca que esta Rendición no es de gasto cero como las del pasado, como si gastar más o menos fuera solo una cuestión de tener mayor o menor sensibilidad por la justicia. Y sabemos bien que no es así, y preocupa lo de la vice presidenta, lo del Partido Comunista o los dichos del ministro de trabajo, todos afirmando que no hay que darle demasiada importancia al déficit.

De esta forma, convierten la discusión presupuestal en un tema ético entre los que quieren ayudar a los necesitados, y los que se resisten a incrementar el gasto. Es una oposición solo fruto de una enorme ignorancia: no ayuda más el que gasta más. Los recursos son finitos, la presión fiscal no admite más impuestos, y somos muchos los que asociamos la justicia no solo a no gastar más, sino a gastar mucho menos, abriendo un espacio mayor para la libertad, la excelencia y hasta la solidaridad privada de la gente. Y no pensamos que sea función del gobierno igualar ingresos, ni sacar a unos para repartir a otros, sino que está para generar bienes públicos, que es algo diferente: educación, seguridad, infraestructura, respeto por el sistema de derecho, etc.

La política social.

Además, todos sabemos que la gran política social ha sido nombrar 70 mil empleados públicos más, lo que de política social no solo no tiene nada, sino que agravia muchos temas de justicia por ejemplo para con el que trabaja, paga sus impuestos o usa combustible. Pero dejando de lado lo ideológico, cómo es posible que no se vea que crece el déficit, que la inflación supera ya los 8 puntos, que se caen la inversión y el empleo, que se reducen las exportaciones, que crece el costo del financiamiento externo, que la recaudación es muy difícil que crezca, que los precios de los commodities es difícil que aumenten, que el consumo privado va caer.

Cómo es posible que, dado este contexto, se apele a más de lo mismo: gastar más, endeudarse más, tolerar más inflación, seguir metiendo gente en el Estado. Cómo no mirar una explosiva situación argentina, una eventual guerra comercial entre EE.UU. y China, cómo no ver los problemas de Brasil, cómo no ser prudentes y congelar gastos, y aun reducirlos. Quién puede hacernos creer después del descalabro de Ancap, de Alur, de los biocombustibles; cómo no imaginar que debe haber cómo gastar mucho menos rascando la lata pero no de la gente o de las empresas, sino del propio Estado. En lugar de un rendición de cuentas austera más allá de la ideología y por prudencia respecto de lo que se ve, se ha preferido seguir aumentando el gasto sin financiamiento, aunque todo puede esperarse: hace muy poco se aumentó aranceles, impuesto a la renta y no lo llamaron ajuste fiscal.

Y una cosa más: no es lo mismo un déficit de 4 puntos del producto con una presión fiscal del 35 % que con una del 21 o 22 como es por ejemplo en Chile. Es obvio que es muchísimo más grave.

Mas controles.

En lo sectorial, en lugar de aprovechar la rendición de cuentas para dar algún golpe de timón, aunque sea transitorio y hasta que se vea cómo será el panorama, se deja pasar esta oportunidad de eliminar la obligatoriedad de la trazabilidad, la obligatoriedad de los planes de suelos y los múltiples registros y autorizaciones previas que solo suponen costos; se perdió la ocasión de reducir a su mínima expresión los presupuestos de una cantidad de personas de derecho público o estatal que si no se pueden cerrar, al menos se podrían moderar.

Pero no; nadie vio que Japón autorizó el ingreso de carne argentina desde el sur, sin trazabilidad obligatoria, mientras Uruguay espera. Y peor aún, porque parece un lujo impropio de este momento, se propone la certificación obligatoria de toda la cadena avícola, un viejo reclamo proteccionista de los empresarios instalados, para mejorar su argumentación para detener importaciones, y agregar costos por un servicio que debería no ser obligatorio sino solo como exigencia de la demanda.

En definitiva más de lo mismo. O sea, aumentar el gasto, no mirar las restricciones de actividad, empleo, recaudación y financiamiento, dejar un problema cada vez mayor para el que siga, y en lo sectorial continuar con registros, controles previos, obligaciones innecesarias, como si no se supiera que el lobo está muy cerca. La única novedad política que no me canso de destacar, por sus formas y por su fondo, es la presencia pública de los autoconvocados, ahora llamados Un Solo Uruguay, a quienes hay que agradecer que el gobierno no haya subido el gas oil, cuando justamente fue esta administración que desde un comienzo estableció como objetivo la igualdad de precio del combustible productivo con las naftas.

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