Opinión

Terminemos con las etiquetas; hay que juzgar políticas por resultados

La izquierda parece haber ganado la batalla de las ideas en nuestro país y quizá lo podamos comprobar definitivamente el año próximo, si la oposición gana las elecciones y pone en ejecución un programa “light” de ajustes y reformas a la situación que habrá de heredar. 

Foto: Pixabay
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Si eso ocurriera, el Frente Amplio no necesitaría ganar las elecciones para seguir manteniendo su impronta en las políticas públicas, como sucedió en el siglo pasado con el Batllismo.

Por eso no sería conveniente que el próximo gobierno, si es de la oposición, sea pusilánime. Para ello deberá “denunciar” la herencia y anunciar una clara corrección de rumbos en numerosas políticas públicas. No deberá temer ser políticamente incorrecto. Y no se deberá dejar amedrentar por el ala sindical del Frente Amplio.

Me resisto a creer que esto no tenga cambio. Que debamos conformarnos con seguir navegando en la mediocridad por falta de líderes (en izquierda y derecha) que no se animan a ponerle el cascabel al gato. No los hubo en la parte moderada del Frente en estos años, que no lideraron y se dejaron llevar por delante por la parte retrógrada, partidaria de no adecuar nuestras políticas a los tiempos de hoy. Con ese antecedente, no da para ser optimistas si gana el Frente. Y ello está por verse, en caso que gane la oposición.

Las etiquetas
Uno de los problemas que se deben manejar es el tema de las etiquetas. Desde la izquierda son especialistas en hacerlo, las tienen para todo y, al menos en economía, no son muy originales: casi todo lo que no les gusta es “neoliberal”. Es la forma que encontraron para menoscabar al valor de la libertad, que tanto les disgusta. Pero lo peor del caso está en la vereda de enfrente, donde se van al mazo avergonzados y reculan cuando se les endilga ese calificativo. O no saben o no se animan a defenderse. Como para romper con la hegemonía en materia de ideas…

En realidad, deberían primar las etiquetas de “buena política” o “mala política”, o las de “bien hecho” o “mal hecho”. Vayan algunos ejemplos que vienen al caso aquí y ahora y que definirán si podemos tener alguna esperanza de reencauzar el rumbo y la velocidad de nuestro país o si seguiremos condenados a la mediocridad que nos ha visto caer en el ranking de países en las últimas décadas, desde que hace un siglo estábamos en los primeros lugares del mundo en ingreso per cápita.

Porque en definitiva, lo que hemos tenido y tenemos es una tasa de crecimiento a largo plazo impropia de un país de ingresos medios. Necesitamos duplicar la tasa histórica de crecimiento, en el eje del 2,5%, que es también por donde anda hoy la tasa de crecimiento a largo plazo. Y para hacerlo de manera permanente y autónoma de impulsos externos transitorios, se requieren políticas que lo hagan posible.

Agenda
Primero, cambiar la gestión de la enseñanza en la dirección que plantea Eduy21; no es liberal ni de derecha y lo que hay hoy no es estatal ni de izquierda, o al menos eso no es lo más relevante. La enseñanza pública es hoy un desastre que coadyuva a la desigualdad de oportunidades de las generaciones que emergen, y lo que plantea Eduy21 es una luz de esperanza hacia una gestión moderna.
Segundo, cambiar la regulación vigente en materia laboral para adecuarla a la forma de trabajar que cada vez avanza más en el mundo no es de derecha o liberal, es pragmatismo. Tampoco lo es adecuar los consejos de salarios a la casuística de las empresas. Prohibir las ocupaciones de los lugares de trabajo no es atacar el derecho de huelga, que nada tiene que ver con ello, sino defender el derecho de propiedad y el derecho al trabajo de quienes quieren hacerlo.

Tercero, el gasto público está en magnitudes muy altas en términos del PIB para el estadio de desarrollo de nuestro país y para la “devolución” que nos hace el Estado en servicios públicos: 37%, si sumamos el gasto de los gobiernos departamentales al del gobierno nacional. Ha subido mucho y debe bajar. No es cierto que un gasto más alto sea mejor que uno más bajo y tampoco es cierto lo contrario. Y aquel número está subestimado porque no incluye numerosos impuestos y subsidios implícitos como los que hay en Ancap según mostró recientemente Guillermo Tolosa en Ceres. De hecho, según estimaciones del BID en Uruguay existe un “malgasto” público de 3,7% del PIB que, de no existir, otro gallo cantaría.

Cuarto, algo similar pasa con los impuestos. La izquierda ha roto con la regla de vincular cada instrumento con un objetivo, aquel que mejor se puede alcanzar con él. Los impuestos están para recaudar lo más y mejor posible, léase, con las menores distorsiones en la asignación de recursos. Para redistribuir, el mejor instrumento es el gasto, el presupuesto público. Pues bien, aquí y ahora se pretende redistribuir con cuanto instrumento haya. Como si ese propósito benemérito lo pudiera justificar todo y bendecir todo.

En ese sentido, basta que uno declare que el mejor impuesto es el IVA, para que le caigan con todo porque, dicen, “es regresivo”. Que, si lo fuera, se puede compensar con la simultánea existencia de un IRPF muy progresivo como el que tenemos y, obviamente, con un presupuesto focalizado preferentemente en quienes más lo necesitan, que si no lo está no es porque no se pueda sino porque no se sabe o no se quiere. Pero sobre impuestos hablaremos en dos lunes.

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