Opinión

La tarea ineludible del próximo gobierno

Lo que muchos anunciamos se ha confirmado. El déficit fiscal continuó creciendo sin pausa, acercándose al 5% del producto interno bruto. 

Torre Ejecutiva. Foto: El País
Torre Ejecutiva. Foto: El País

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Más preocupante aun, el deterioro muestra signos de aceleración en un año electoral, lo que dificulta estimar cuál es su techo. Casi todos los pronósticos fueron derribados por la realidad, en particular los provenientes del gobierno, que desde larga data viene negando esa realidad.

Estos resultados no son fruto de una crisis global ni tampoco de una hecatombe regional, sino en gran parte de errores propios que se fueron acumulando durante las últimas gestiones de gobierno. Su proceder estuvo embebido del triunfalismo de haber llegado al poder después de tanto tiempo, hecho que se plasmó dentro del imaginario del Frente Amplio como una culminación, asimilable a un fin de la historia en materia de gestión de gobierno y logro de objetivos que aseguraran estabilidad macroeconómica, crecimiento y mejoras sociales.

En materia de la consistencia macroeconómica, el resultado está a la vista. El cimiento básico de toda sociedad, hoy se confirma que está resquebrajado. Entre sus grietas asoman una tasa de desempleo en ascenso acompañada de una caída del empleo. Se agrega la caída del nivel de actividad —explicada en gran parte por la falta de competitividad— y un nivel de endeudamiento creciente que ya aplica una carga pesada por concepto de pago de intereses.

Este escenario no tiene perspectivas de cambio en el corto plazo, pues implica adoptar medidas incompatibles con el ciclo electoral, que envuelve a un gobierno que pretende ser reelegido y por tanto no dispuesto a pagar los costos politicos de los correctivos necesarios. Si no lo hizo antes, menos lo hará ahora. Presenciaremos entonces una actitud de “correr la arruga” a costa de mayor endeudamiento, arriesgando la pérdida del grado inversor, presiones inflacionarias adicionales y tensiones en el tipo de cambio.

Este panorama desde el pique encerrará a la futura administración, cualquiera fuera el resultado electoral, en una disyuntiva de hierro: ¿cómo dinamizar el crecimiento para generar empleo, cuando al mismo tiempo debe achicar la brecha fiscal? En la resolución de este dilema están contenidas otras prioridades, tales como la reversión del deterioro del sistema educativo, el aumento de la inversión pública y la disminución significativa de las tarifas públicas como forma de mejorar la competitividad del sector privado.

Aunque este panorama complejo esta aun alejado de los umbrales de una crisis si se actúa a tiempo, la magnitud de los desequilibrios implica que la sociedad entienda cabalmente a la situación crítica que hemos llegado, cuáles son sus riesgos y la magnitud de los correctivos necesarios.

En definitiva, implica primero reconocer la magnitud de la herencia recibida, fijar las prioridades para cerrar sus fisuras urgentes, las características de las medidas y sus costos.

Llegó la hora del sistema político en tomar la delantera, actuando en una realidad donde ningún partido tendrá mayorías parlamentarias propias. Sin dudas será un estreno desafiante para un cuerpo desacostumbrado al debate y a los acuerdos, costumbre desplazada por las mayorías parlamentarias monolíticas de los últimos quince años que degradó la calidad de la gestión parlamentaria. Este hecho, de alguna manera, también se recoge en los desvíos fiscales a la vista y que tanto preocupan.

Como era de esperar, el debate electoral ha centrado gran parte del discurso en cómo resolver el problema, aunque ya se constata que los hechos le van ganando la delantera a las propuestas de cierre fiscal. Es natural no jugarse por una propuesta final, pues hasta ahora la magnitud del déficit fiscal es un blanco móvil, donde cada desvío al alza de 0,1 % implica cerrar una brecha adicional de casi 60 millones de dólares. El aumento entre las dos últimas mediciones (de 4,5 a 4,8 % del PIB) fue casi de 180 millones de dólares.

Ante esa realidad, hay candidatos que explican erróneamente que el gasto creciente de la Seguridad Social motivado por el envejecimiento de la población es el principal responsable del desvío fiscal. En consecuencia, dicen que modificando ciertos parámetros del sistema como las edades de retiro y tasas de remplazo, el problema fiscal prácticamente se resuelve. Es una verdad a medias, y por tanto incorrecta para resolver el problema. Es necesario hacerlo, pero sus efectos son de largo plazo. En cambio, lo que estamos visualizando ahora como mayor gasto del sistema de seguridad social son el resultado de normas dictadas en el 2008 que reinstauraron el uso de testigos y declaraciones juradas como forma de acceso al sistema o condiciones de impedimento físico, no bien controladas, como formas de acceder al beneficio jubilatorio.

Pero por detrás del mensaje equivocado, es peor la actitud de desconocer la magnitud y la premura en resolver el problema. Es algo en lo cual el sistema político no puede transar. Argentina nuevamente es un ejemplo de lo que no se debe hacer en esa materia.

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