OPINIÓN

¿Por qué tanto mal humor si el mundo está mejor?

Estamos ante niveles inéditos de bienestar, sin embargo son millones los que no están conformes con su situación. 

Foto: Pixabay
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“Si tuvieras que elegir un momento de la historia para nacer, y no supieras quién vas a ser: si vas a nacer en una familia rica o pobre, en qué país vas a nacer o si vas a ser hombre o mujer; si tuvieras que elegir a ciegas en qué momento nacer, elegirías ahora” esto decía Barack Obama en 2016.

No hay dudas serias de que el mundo es un mejor lugar hoy que nunca antes en la historia. La expectativa de vida sube significativamente y la pobreza extrema global cae. Sin embargo, es evidente que existe un mal humor creciente de amplios sectores de la población mundial, ¿cómo se explica esto? Compartiré algunas ideas que entiendo importante para comprender la aparente contradicción.

Ganadores y perdedores. Primero hay que tener claro dónde se ubican los ganadores y los perdedores de la economía mundial en las últimas décadas. Cuando hablamos de los perdedores de la globalización debemos pensar mayormente en clases trabajadoras de Europa y EEUU, los famosos votantes de Trump, Marine Le Pen o del Brexit. El conocido gráfico del elefante de Branko Milanovic muestra los cambios en los ingresos a nivel global entre 1988 y 2008. Las personas ubicadas en torno al decil 8, principalmente clases trabajadores de países ricos, son las que se lleva la peor parte. Al mismo tiempo, los más ricos de todo el mundo y los trabajadores de países como China e India mejoraron muy significativamente sus ingresos. En otras palabras, existen algunas razones objetivas para el malestar de los trabajadores de países industrializados, pero hay que ser muy cuidadoso en confundir su problemática con la de todos los trabajadores. No parece sensato que países mucho más pobres se hagan cargo de los problemas del mundo rico.

Pérdida de importancia de la comunidad. Otra posible explicación al creciente mal humor económico es el retroceso del rol de las comunidades locales en la vida de las personas. Las sociedades tienen mercados cada vez más desarrollados que ofrecen una enorme variedad de productos a precios cada vez más accesibles y Estados que brindan más servicios públicos que nunca antes. Sin embargo, es razonable suponer que cierto malestar pueda venir de un mundo mucho más impersonal, donde las lógicas locales tienen menor peso. La comunidad, la familia y los vecinos cumplieron históricamente funciones que hoy dejamos mayormente al Estado y al mercado, como proveer empleo, brindar auxilio o el esparcimiento. Podríamos resumirlo de la siguiente forma: la vida era más pobre, con menos alternativas y diversidad, pero con muchas más seguridades. Una persona promedio tenía el mismo trabajo, se movía en un mismo entorno y tenía un horizonte de vida relativamente predecible. El economista indio Raghuram Rajan ha estudiado el tema y publicó un libro titulado “The third Pillar: How Markets and State Leave the Community behind”. También el humanismo cristiano promovido por la Fundación Konrad Adenauer pone un énfasis en la importancia de la comunidad para un desarrollo integral de las personas.

Los que no están mejor en Uruguay. Finalmente queremos echar una mirada a estos fenómenos a nivel local, donde sin dudas también existe una doble sensación de estar mejor y peor a la vez. Desde la restauración democrática en 1985, la pobreza ha caído desde más del 45% hasta menos del 10%, la mortalidad infantil y la expectativa de vida también han descendido y aumentado respectivamente. Sin embargo, existen elementos objetivos en los que hay problemas, el más evidente la violencia. En 1985 teníamos un país mucho más pobre pero también mucho menos violento. Desde el CED presentamos el año pasado un informe sobre la fragmentación social en Montevideo en el que trabajamos sobre la hipótesis de un aumento de la fragmentación socio-cultural en medio de una reducción de la pobreza y desigualdad monetaria. Sin duda tenemos una sociedad con mucho más acceso a bienes y servicios, pero al mismo tiempo parecería que tenemos una sociedad más fragmentada. Quizás Uruguay tuvo sus propios perdedores de la globalización: barrios con altísima violencia, aumento de los asentamientos y una brecha educativa cada vez mayor. No se trata de retroceder, lo logrado desde la restauración democrática tiene un saldo largamente positivo, pero hay que ser conscientes de que las mejoras no llegan a todos por igual.

En resumen podemos decir que las condiciones de vida mejoran en términos absolutos en todo el mundo. De todas formas, no debemos despreciar el creciente mal humor de muchas personas con su situación a lo largo y ancho del mundo, al final el bienestar siempre tiene un componente relativo. Si quienes queremos una discusión pública de calidad despreciamos el malestar objetivo o subjetivo, estaremos dejando terreno fértil para la aparición de populistas.
(*) Director Académico. Centro de Estudios para el Desarrollo. 

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