ANÁLISIS

¿Cuáles son los riesgos para los mercados bursátiles en 2020?

En esta época, resulta habitual realizar pronósticos de mercado de cara al año siguiente.

Operador en Wall Street. Foto: Reuters
Operador en Wall Street. Foto: Reuters

Hace exactamente un año, la marcada caída que acusaban los mercados de renta variable llevó a la mayoría de los analistas a efectuar unas previsiones sumamente prudentes, lo que convirtió, una vez más, la tarea de realizar previsiones anuales en una gran cura de humildad —visto en retrospectiva—. Sea como fuere, dado que las mismas causas generan los mismos efectos, la mayoría de los analistas, en vista de que el año bursátil de 2019 ha resultado excelente, coinciden en pronosticar un 2020 favorable.

No faltan argumentos racionales para sustentar esta opinión: China y EE. UU. han formalizado un primer acuerdo comercial que, pese a su sobriedad, reduce la incertidumbre generalizada e incluso disipa toda impresión de que pueda producirse un descarrilamiento catastrófico en este ámbito en 2020. Lo mismo sucede en cuanto al brexit: la sensación de que se ha evitado el peor resultado prevalece frente al análisis de las dificultades que todavía deben superarse. Y, por mantenernos en el plano político, cabe destacar que Donald Trump hará todo lo posible en 2020 para presentarse a las elecciones presidenciales con una economía estadounidense viento en popa y unos índices bursátiles en niveles máximos.

Los mercados se benefician desde hace años del apoyo de los bancos centrales y ahora también pueden contar con el de Donald Trump. Desde el punto de vista económico, varios indicadores confirman que nos encontramos en un punto bajo del miniciclo iniciado en 2016 que debería dar lugar a un repunte en los próximos meses, tal y como sucedió tras las ralentizaciones de 2011/2012 y de 2014/2015. En cuanto a las valoraciones, todo el mundo coincide en que resultan elevadas, pero mientras los tipos de interés sigan situándose en niveles tan reducidos, la prima de riesgo —es decir, la rentabilidad adicional que ofrecen las acciones frente a los bonos— hace que la renta variable constituya la clase de activos más atractiva, al menos por defecto.

Ello queda reflejado en la elocuente sigla TINA (There Is No Alternative o «no hay alternativa posible» en español), que está en boca de todos los participantes del mercado en la actualidad y que pone punto final al debate.

No perdamos de vista los problemas estructurales.

Con todo, también es interesante aprovechar esta tregua en las angustias sobre una recesión inminente para abordar de nuevo la cuestión de los problemas estructurales, que quedan relegados al olvido cuando no tienen consecuencias inmediatas, para después resurgir en todo su esplendor cuando todos los participantes del mercado tienen la mirada puesta en la última noticia de actualidad.

Para el ahorrador, estas preguntas de fondo giran en torno a la incapacidad del mundo para recuperarse por completo de la gran crisis financiera de 2008. El motivo es bastante sencillo. En respuesta a este momento histórico, los Gobiernos tuvieron en un primer momento que endeudarse como nunca antes lo habían hecho para sacar a flote un sector bancario cuyo derrumbe hubiera arrastrado al Occidente a unas penurias dignas de la crisis de 1929. Lastrados por esta carga que les despojaba de cualquier tipo de margen de maniobra presupuestario, estos Gobiernos tuvieron que encomendar a los bancos centrales la tarea de reactivar la actividad económica, profundamente erosionada por la gran crisis.

Para lograrlo, el método empleado fue tan osado como ingenioso: la Fed (el banco central estadounidense), seguida del Banco de Japón y, posteriormente, del BCE y la mayoría de los bancos centrales del mundo, se pusieron manos a la obra para impulsar al alza el precio de los activos financieros. Lógicamente, la idea era que la revalorización de estos activos generaría un «efecto riqueza» para sus titulares que, ante una revalorización de su patrimonio, podrían volver a consumir y, de este modo, reactivar la maquinaria económica. Al provocar primero una subida del precio de los activos de renta fija (los bancos centrales los compraron directamente de forma regular), todos los activos financieros se vieron beneficiados.

El problema está en que, si bien los activos financieros pueden desafiar durante mucho tiempo las leyes de la gravedad, puesto que no existe un límite real respecto del volumen de compras que puede realizar un banco central, no sucede lo mismo en la economía real: sin inversiones productivas, ni crecimiento del empleo o de los salarios de los trabajadores, no puede haber generación de riqueza. O, dicho de otra forma, solo los titulares de los activos pudieron beneficiarse de este «efecto riqueza», de modo que el crecimiento económico real distó mucho de ser equiparable al repunte de los mercados financieros.

En consecuencia, desde hace algunos años se ha desarrollado una rebelión de la clase media — los asalariados— en protesta por el considerable aumento de las desigualdades en los últimos treinta años aproximadamente, que se ha acentuado en la última década desde Chile hasta Francia, pasando por Estados Unidos. En la actualidad, los Gobiernos se ven sometidos a una presión más que considerable para atemperar las promesas de disciplina formuladas tras la gran crisis de 2008 y decidirse al fin a incrementar el gasto.

Estados Unidos mantiene su posición dominante.

En este sentido, es probable que, en comparación con Europa, EE. UU. disponga de un margen de actuación considerablemente superior y pueda tomar medidas mucho antes.

Ello no quiere decir que su situación financiera sea envidiable: tanto su endeudamiento como sus déficits en el plano presupuestario y comercial son peores que los nuestros (la disciplina financiera en estos ámbitos jamás ha sido una prioridad para Donald Trump). De hecho, cabe destacar que la predisposición de los inversores en renta fija de todo el mundo a financiar el estallido de las necesidades de financiación de EE. UU. se reduce progresivamente.

Sin embargo, la Fed contará con un margen de maniobra mucho mayor para financiar directamente sus gastos en caso de ser necesario, lo que constituye una diferencia notable con respecto al Viejo Continente. Cierto es que esta financiación del déficit presupuestario por parte de un banco central generará toda clase de objeciones (en este caso, lo que quedará en entredicho será la disciplina de la Fed, es decir, su independencia), pero, puesto que el fin justifica los medios, será la única manera de aplicar un estímulo presupuestario, algo indispensable en este momento, sin provocar un desplome de la renta fija.

Además, las elecciones presidenciales de 2020 permitirán a todos los candidatos sin distinciones prometer planes de reactivación económica salvadores que implementarán desde que tomen posesión de su cargo. Con retraso, la misma enfermedad requerirá el mismo tratamiento en Europa. En este sentido, deberán vencerse muchas resistencias, incluidas las culturales, tarea que recaerá sobre todo en manos de Christine Lagarde, y ello llevará tiempo. Incluso los países tradicionalmente más disciplinados deberán reconocer que, debido al nivel de endeudamiento de los países más débiles, en Europa no tiene cabida una recesión. El fin justifica los medios.

¿Qué pasará pues en los mercados bursátiles?

Estados Unidos ha abierto la veda: la manga ancha de su banco central a la hora de financiar abiertamente los déficits de su Gobierno (en jerga económica, se habla de «monetizar» esta deuda) podría conllevar una pérdida de confianza en el dólar, al menos en primera instancia, e impulsar el precio del oro. Como es lógico, la aplicación de planes de reactivación económica más contundentes debería contribuir a impulsar al alza los tipos de interés, pero la intervención de los bancos centrales tendrá precisamente por objeto evitar un desplome de los mercados de renta fija. Por tanto, se debería poder llevar a cabo una gestión activa de la renta fija capaz de aprovechar un repunte de la volatilidad en esta clase de activos. En cuanto a los mercados de renta variable, los inversores deberían decantarse una vez más por las regiones de mayor crecimiento, por lo que cabría esperar que prioricen de nuevo Estados Unidos. No obstante, no cabe duda de que ello no será un camino de rosas, debido a las tensiones en los mercados de renta fija y divisas, y no podemos enfatizar lo suficiente nuestra recomendación de mantenerse alerta frente a un regreso de la volatilidad y de prestar especial atención a la calidad de los valores que se incorporen a la cartera. Los mercados bursátiles ya están caros en la actualidad, y una gestión pasiva que apueste por la continuación de la senda alcista de los mercados a escala mundial sin establecer distinciones podría resultar muy decepcionante.

No estamos en ese punto. Por el momento, la esperanza reinante es que la larga y ardua progresión económica de la última década logre salvarse por tercera vez in extremis. Puede que ello sea suficiente a corto plazo. Sin embargo, en vista de los retos, no está de más comenzar a reflexionar con algo más de antelación.

(*) Managing Director de Carmignac, principal gestora de activos financieros de Francia

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