ENTREVISTA

El servidor público bajo la mirada de la ciudadanía

Que los jóvenes prefieran un empleo público es también fracaso de los privados, por fallar a la hora de los incentivos.

Pablo Regent - Decano de la Escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo (IEEM)
Pablo Regent - Decano de la Escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo (IEEM)

La calidad de los servicios púbicos está en el debate público. Ligado a ello, se discute sobre el grado de compromiso con que se asume esa labor por parte de quienes tienen la responsabilidad como servidores públicos. La escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo (IEEM) realizó una encuesta a nivel nacional para auscultar la opinión de los uruguayos sobre este tema. El trabajo, que realizó Equipos Consultores, se presentará en una actividad académica el próximo jueves. En términos generales, la consulta refleja que para la gran mayoría d ellos uruguayos el empleo público es como cualquier otro, aunque cuando se les consulta cómo debería ser, destacan la importancia del servidor público. A su vez, ante la posibilidad de elegir, la gran mayoría optaría por la estabilidad de un trabajo en el Estado. Pablo Regent, Decano del IEEM y docente en Políticas de Empresa en la misma institución, concluyó que hay un viajo paradigma que ya no resulta útil y calificó como algo “muy malo” la dicotomía entre el ser y el debe ser, en la percepción de los encuestados. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿Cuál fue la motivación para realizar un trabajo de estas características?

—El sector público no es ajeno a los trabajos que hacemos en el IEEM. En esta ocasión, entendimos, que, teniendo en cuenta que lo estatal seguirá pesando mucho en la economía del país, nos interesaba saber sobre la motivación de la gente. Existen diversos estudios sobre el sector público, donde encontramos evidencia de que, presuntamente, entre quienes trabajan allí lo intrínsicamente motivacional tiene un peso mucho más grande que para quienes lo hacen en el sector privado. Hablamos del trabajo bien hecho, el servicio, el altruismo, más que otros factores, como el salario percibido, el logro, la promoción.

Quisimos comprobar ese peso que al parecer tiene, según la doctrina, trabajar en lo público. Y de allí surgió el interés en testearlo. Buscamos medir a través del trabajo de Equipos Consultores cuánto hay de verdad en que, entre los trabajadores del Estado, existe el concepto de servidor público. Además, sumamos una consulta entre nuestros egresados, individuos con un perfil empresarial definido.

—El 77% de los consultados les respondió que trabajar en una oficina pública “es una forma de ganarse la vida como cualquier otra”

—Es cierto, casi cuatro de cada cinco personas dicen que, en realidad, es un trabajo como cualquier otro. Pero luego, al preguntarles cómo debería ser, tres de cada cinco, aseguran que debería ser tomado como “un servicio para el conjunto de los ciudadanos”. O sea, entienden que debería serlo, pero no ven que ocurra de esa manera. Y cuando lo abrimos por sexo, edad o preferencias políticas, surgen algunos sesgos, pero no hay diferencias muy significativas. Vemos una posición bastante firme sobre esa dicotomía en la sociedad uruguaya: entre lo que es y lo que debe ser. Y esto es malo…

—¿Por qué lo entienden así?

—En la lógica del servicio público, pensando en Prusia, Francia, Inglaterra como las grandes referencias, había un gran sistema burocrático que se apoyaba mucho en procesos. De alguna forma funcionó bien, apoyándose en servicio públicos de los que se sentían muy orgullosos. La lógica era el cumplimiento; obedecer a las jerarquías y cumplir. Ahora el mundo cambió, aquel concepto de cumplir rígidamente con el proceso establecido y las órdenes recibidas parece chocar con dinámicas que apuntan a mayor autonomía, libertad a la hora de tomar decisiones. Además, el Estado tiene una participación mucho más compleja en la sociedad. Por tanto, aquellos procesos relativamente simples de los Estados eficientes de hace 300 años, con una naturaleza humana que cambió, parecen colisionar. El viejo paradigma ya no resulta tan útil.

De esa forma, esa pérdida de claridad, como la hemos llamado, entre la acción del individuo y el resultado del servicio, termina siendo negativa: el individuo siente que lo que hace pierde sentido y, por tanto, más allá de lo que haga no va a tener incidencia. Cada vez se hace más importante el sentido del deber, servir a los demás, el propósito.

—Puede pensarse que eso también ocurre en el ámbito privado…

—Sí, pero hay otras herramientas. Existen las promociones, los bonos, el incentivo de llegar un día a ser socio del lugar en que trabaja. En los públicos esos instrumentos no están claros. Por tanto, que el grueso de las personas consultadas, asuman que en el Estado se trabaja como en cualquier lado sin el componente del servicio público y sin la motivación que pueden tener los privados, condiciona enormemente la posibilidad de tener un Estado eficiente al servicio de los ciudadanos, que es lo que se busca como objetivo.

—¿Lo contrastaron con estudios similares?

—Hemos visto otras consultas de este tipo y en general, en los países más desarrollados hay una inclinación mayor por observar la predominancia de esa motivación intrínseca, en comparación con los países en desarrollo, donde, además, generalmente los servicios son de menor calidad.Y en el caso de Uruguay, insisto, esto se cruza con la opinión de que “debería ser diferente” la motivación del funcionario público, resabios de una forma de ver las cosas de otro tiempo.

—Precisamente, entre los que dicen que los trabajadores públicos efectivamente hacen un servicio, hay una predominancia de personas mayores de 65 años.

—Una cultura que quizás, con Estados más simples, más sencillos de ver acción-resultado, quedó arraigada en las generaciones mayores. Entre los jóvenes, se observa diferente.

—Usted dice que son solo sesgos, pero hay matices más marcados desde el punto de vista político…

—No son muy importantes, pero es verdad, los sectores más a la izquierda consideran que se cumple con un servicio público en mayor proporción que el resto, a la vez que, en el otro extremo, quienes muestran su preferencia por Cabildo Abierto resultan los más escépticos sobre ese tema. Pero si sacamos posturas más moderadas y nos quedamos con las posturas más extremas a derecha e izquierda, las diferencias se diluyen. Tanto en lo que observan hoy como en lo que “debería ser”, de acuerdo con las preguntas realizadas por Equipos.

—Otro hallazgo está en que, si bien hay una mayoría de ciudadanos que parece ser muy crítico con la labor del funcionario público, de todos modos, considera con muy alto interés acceder a un puesto de trabajo en el Estado…

—Al preguntárseles si, ante las mismas condiciones, funciones y estabilidad laboral preferiría tener un trabajo público o privado, casi la mitad de quienes responden lo hacen de esa forma, y la respuesta es bastante homogénea entre los distintos perfiles que se pueden definir a partir de la preferencia política de los consultados.

Los dos conceptos más reiterados para explicar por qué consideran válido acceder a un puesto de trabajo en el Estado, son seguridad y estabilidad. Parece obvio, pero no surge de esa pregunta el interés por servir. No es nada malo que se busque seguridad laboral, pero se lo hace sin entender que a cambio se debería retribuir a la sociedad con el servicio.
Si en aquel que es remunerado por el Estado y tiene una ventaja desde el punto de vista de la seguridad y la estabilidad, no logramos que lleve consigo el compromiso de servicio, estamos mal. No sé cómo se arregla, pero si no hacemos nada, del resultado no va a cambiar. Y en el futuro, ya nadie, en contrario a lo que veíamos ahora, identificará en el “deber ser” la necesidad de comprometerse por brindar un servicio al resto de la sociedad. Será, con más fuerza aun, visto como un trabajo más.

—Entre jóvenes de 18 a 29 años la mitad admite que se inclinaría por un empleo público…

—Es toda una señal y tiene su origen, posiblemente, en un fracaso del sector privado. Lo privado debe ser lo suficientemente atractivo para captar a los jóvenes y mostrarles una proyección en su trabajo. Si soy un empleador privado y, además de pagar menos —en las posiciones más bajas claramente remunera mejor el Estado— ofrezco condiciones más duras, no doy certezas y además no otorgo un panorama que sea compensatorio para el futuro de ese joven, es razonable que vean que el mejor de los mundos está en el sector público y solo quiera ir al privado aquel que tiene de por sí un gran afán de superación o ha contado con más herramientas para proyectar su futuro. Para modificar esa ecuación actual, no solo basta con un mayor compromiso en los públicos sino también que los privados generen los incentivos necesarios.

—¿Hay otras barreras que se interpongan entre un servidor público y su compromiso?

—La percepción de corrupción va en contra de que las personas se motiven fuertemente por el afán de aportar como servidores públicos. Hablamos de cuestiones como el abuso de los jerarcas, que las vacantes se cubran con gente no idónea, los favores, la obsecuencia como camino para ascender, el clientelismo, atenta contra el que tiene interés en servir. Esto puede pasar en los privados, claro, pero parece haber menor posibilidad de modificarlo a nivel del sector público. Hay diversos estudios que vinculan esa percepción de cosas que se hacen mal y una pérdida del compromiso en el sector estatal, la motivación intrínseca de la que hablábamos antes.

Por otro lado, una organización que no premia al que brinda mejor servicio, no retiene a los individuos que tienen afán de superación. Y es probable que esa vacante la cubra aquel que sus valores van bien con esa cultura de la empresa; por tanto, no hay cambio. De esa forma, hay organizaciones —y seguramente en el sector público esto ocurre— que tienen severos problemas para traer y retener a aquellos que tienen manifiesta vocación de servicio.

—Hay una pregunta dirigida a cómo consideran que se debe remunerar al jerarca y las respuestas muestran el rechazo a mejores salarios en el Estado…

—Tengamos en cuenta que es una encuesta a nivel nacional y, además, representativa de los distintos estratos de la sociedad uruguaya. Por tanto, teniendo en cuenta los salarios medios en el país, es altamente probable que mucha gente de la que respondió entienda que los 120 mil pesos que pusimos de referencia sea un salario muy alto. 46% opinó que debería ser menor, 34% que está bien así y tan solo 8% que debería ser mayor. Cuando desagregamos esa pregunta por nivel educativo o socioeconómico vemos que el rechazo se reduce en los estratos más altos. Pero no deja de ser un problema. Sabemos que necesitamos gente competente en el Estado y en los niveles más altos de escalafón, a competencia por los mejores se pierde con los privados.

—Sigue sin visualizarse aquello de que para tener mejores profesionales hay que remunerarlos acorde…

—Pero la percepción general del país es la que interesa en las urnas, y para satisfacer a esos votantes, hay que aceptar esa realidad. Hay una restricción muy fuerte.

—¿Qué añadió a este trabajo haber realizado una consulta similar entre ex alumnos del IEEM?

—Respondieron unos 450 ex alumnos con formación ejecutiva, buena parte de ellos con responsabilidades importantes y posibilidad de mando en sus lugares de trabajo. Cerca del 85% trabaja en el sector privado. El resultado es bastante consistente con la encuesta de Equipos. Quienes respondieron esta consulta, mayoritariamente, entienden que hay un grupo pequeño de funcionarios y políticos que hacen funcionar al Estado, mientras un conjunto muy grande, también de políticos y funcionarios, colaboran bastante poco con lograr los resultados.

Otro sentimiento que está presente es que aceptarían ir al sector público, porque tendían la posibilidad de hacer cosas que no pueden en el privado. O sea, hay gente valiosa que lo haría, siempre que exista la motivación de generar cambios. Parece un terreno interesante por explorar.

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