Paul Krugman | desde Nueva York

Esa sensación a 1914

Por lo general, los funcionarios estadounidenses son cautelosos en cuanto a intervenir en los debates políticos europeos. La Unión Europea es, después de todo, una superpotencia económica por derecho propio —demasiado grande y rica para que Estados Unidos tenga mucha influencia directa—, liderada por personas sofisticadas, que deberían poder manejar sus propios asuntos.

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Nadie quiere que Grecia termine fuera de la UE. Foto: Archivo El País.

Así es que es sorprendente enterarse de que, hace poco, Jacob Lew, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, les advirtió a los europeos que más valdría que pronto arreglen la situación en Grecia para que no vaya a haber un "accidente" destructivo.

Razón.

Sin embargo, entiendo por qué Lew dijo lo que dijo. Una salida forzada del euro por parte de los griegos crearía riesgos económicos y políticos enormes, pero pareciera que Europa camina dormida hacia ese resultado. Así es que Lew se esforzaba lo más que podía para transmitir una llamada de atención.

Y, sí, es deliberada la alusión al reciente y magistral libro de Christopher Clark sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial, "The Sleepwalkers" (Los sonámbulos). Hay una sensación inequívoca a 1914 en relación a lo que está pasando; una sensación de que el orgullo, el enfado y el mero error de juicio están llevando a Europa al despeñadero, lo cual pudo evitarse y debió haberse hecho.

Actuador.

El problema es que está bastante claro cuál es la esencia que implicaría un acuerdo entre Grecia y sus acreedores. Sencillamente, Grecia no va a obtener una entrada neta de dinero.

Cuando mucho, podrá conseguir prestado, de nuevo, parte del interés sobre su deuda existente. Por otra parte, Grecia no puede pagar, ni lo hará, todos los intereses que están por vencerse, ya no se diga liquidar la deuda, porque para ello tendría que imponer una nueva y paralizante ronda de austeridad que infligiría un grave daño económico y sería políticamente imposible en cualquier caso.

Así es que sabemos cuál sería el resultado de una negociación exitosa: Grecia estaría obligada a tener un "excedente primario" reducido, pero positivo, es decir, un exceso en los ingresos en relación al gasto que no incluya los intereses. Todo lo demás debería tratarse de enmarcar y empaquetar. ¿Cuál va a ser la mezcla entre recortes a las tasas de interés, la reducción del valor nominal de la deuda y la reprogramación de los pagos? ¿Hasta qué punto Grecia va a exponer sus planes ahora, en comparación con acordar los objetivos generales y llenar los detalles después? No se trata de interrogantes triviales, sino que son de segundo orden y no deberían interponerse a las grandes cosas.

Evitar la crisis.

Entre tanto, la alternativa, básicamente, que a Grecia se le acaben los euros y se vea obligada a reintroducir su propia moneda en medio de una crisis bancaria, es algo que todos deberían querer evitar.

No obstante, las negociaciones, según todas las versiones, van mal y existe una posibilidad muy real de que, de hecho, suceda lo peor.

¿Por qué los actores no pueden alcanzar un acuerdo mutuamente ventajoso? Parte de la respuesta es la desconfianza mutua. Los griegos sienten, con justificación, que durante años se ha tratado a su país como una provincia conquistada, gobernada por procónsules insensibles e incompetentes; si se quiere ver por qué, hay que analizar tanto la increíble severidad del programa de austeridad que se ha obligado al país a imponer y su absoluto fracaso para producir los resultados prometidos.

Entre tanto, las instituciones del otro lado consideran que los griegos no son confiables y sí irresponsables; parte de ello, yo creo, refleja la falta de experiencia de la coalición de forasteros que tomaron el poder gracias al fracaso de la austeridad, pero también es fácil ver por qué, dados los antecedentes de Grecia, es difícil confiar en las promesas de reformas.

Catástrofe

No obstante, pareciera que hay más que la falta de confianza. Algunos de los grandes actores parecen extrañamente fatalistas, dispuestos e, incluso, ansiosos por continuar con la catástrofe; una especie de versión moderan del "espíritu de 1914", en la que a muchas personas las entusiasmaban la posibilidad de la guerra. Estos actores se han convencido a sí mismos de que el resto de Europa puede no hacerle caso a la salida de Grecia del euro, y que dicha salida podría, incluso, tener un efecto beneficioso al mostrar el precio de un mal comportamiento.

Sin embargo, están cometiendo un terrible error. Nunca, ni siquiera en el corto plazo, se han probado las salvaguardas financieras que, supuestamente, contendrían los efectos de la salida de Grecia, y bien podrían fallar. Además, Grecia es, guste o no, parte de la Unión Europea y, con toda seguridad, sus problemas podrían desbordarse al reste de los países, aun si se sostienen los baluartes financieros.

Finalmente, los griegos no son los únicos europeos que se hayan radicalizado por el fracaso de las políticas. Por ejemplo en España, Podemos, el partido contra la austeridad, acaba de ganar en grande en elecciones locales. En cierto sentido, lo que más deberían temer los defensores del euro no es la crisis este año, sino lo que suceda una vez que Grecia empiece a recuperarse y se convierta en ejemplo para las fuerzas inconformistas en todo el continente.

No es necesario que nada de esto pase. Todos los actores a la mesa, hasta quienes están demasiado dispuestos para aceptar el fracaso, tienen buenas intenciones. Apenas si se puede decir que exista algún conflicto de interés entre Grecia y sus acreedores; como dije, sabemos bastante bien lo que involucraría un acuerdo mutuamente ventajoso. Sin embargo, ¿se llegará a él? Muy pronto lo sabremos.

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