OPINIÓN

Las señales de la administración Biden

Nuestro continente parecería que otra vez quedará en el cono de sombra de la política exterior de EE.UU., incluyendo la dimensión comercial.

El presidente Joe Biden marcó una posición diferente a la de Donald Trump en su primera conversación con Vladimir Putin. Foto: Reuters
Joe Biden, presidente de Estados Unidos. Foto: Reuters.

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La administración Joe Biden comienza su gestión reafirmando dos conceptos adelantados en su campaña electoral. Uno responde a su postura intransigente con China, donde el diferencial con la de su predecesor es más una cuestión de forma que de fondo.

Al coloso asiático se lo sigue distinguiendo como el gran rival al que se debe contener tanto en el plano político como económico, introduciéndose como novedad en esta fase de la confrontación la violación de derechos humanos o políticos dentro de sus fronteras o aéreas de influencia. Un tema usado por varias administraciones pasadas, ignorada por la última, y que sin duda es una fuente de irritabilidad severa para el gobierno chino, que lo entiende como una intromisión en sus asuntos internos. Quizás estemos presenciando como se plasma una línea divisoria entre grandes espacios geográficos del planeta donde el respeto a los valores democráticos plenos, y los derechos de las personas como se los entiende en Occidente, sean su determinante básica. Todo lo cual integraran el nuevo orden mundial y su institucionalidad respectiva para el presente siglo.

Como prioridad secundaria aparece Europa, la cual está cicatrizando el reciente divorcio producido por el Brexit, buscando un nuevo liderazgo continental ante el retiro de la canciller Merkel y la estabilización económica de países como Italia y España percutidos seriamente por el COVID-19, sumidos a su vez en una crisis política que dificulta su salida.

Por último, África y América Latina quedan en el furgón de cola de sus prioridades. No hubo una sola mención relevante sobre ambos continentes, en momentos que la institucionalidad multilateral que atiende sus intereses está en crisis o desorientada en el mejor de los casos y que por tanto se necesita del apoyo de los grandes gestores de la política internacional. Salvo referencias a resolver los temas de inmigración desde países vecinos, nuestro continente parecería que una vez más quedara en el cono de sombra de la política exterior de Estados Unidos, incluyendo la dimensión comercial.

El otro concepto cardinal de la nueva administración estadounidense es la idea de atender la emergencia económica doméstica a través de un paquete de expansión fiscal extraordinario por 1.8 millones de millones de dólares por encima de lo ya acordado (US$ 800 mil millones) a lo que se agrega el impulso de una política monetaria expansiva confirmada en su continuidad.

El nombramiento de Yanet Yellen al frente del Departamento del Tesoro, quien en su mandato como gobernadora de la Reserva Federal fue proclive a los mecanismos promocionales sin temerle a sus consecuencias inflacionarias, hoy es quien lidera esta postura de la administración Biden. Ya le han surgido críticas desde sus propias tiendas partidarias, como la de Larry Summers, quien ejerció ese mismo cargo en la administración Obama. Fue él quien en 2013 anunció que economías maduras como la norteamericana sufrían de estancamiento permanente inducido por la falta de inversión, viejo argumento keynesiano que indicaba a la política fiscal como remedio sucedáneo ante la inefectividad de la emisión monetaria o baja de tasas de interés como estímulo a la demanda. A pesar de ello, Summers entiende que la propuesta actual es excesiva, lo cual arriesga presiones inflacionarias y debilitamiento innecesario del dólar. La respuesta de Yellen es que son temores infundados porque entiende hay mecanismos para neutralizar esos efectos.

En definitiva, todo parece indicar que la llamada izquierda del Partido Demócrata tiene peso en la política económica, la cual de mantenerse augura efectos en los mercados financieros y de valores.

Esa postura ya implicó la suba de la tasas de interés de los bonos del tesoro americanos de largo plazo (30 años) por encima del 2%, como anticipo de un alza futura de la inflación.

Las implicancias de estos indicios tempranos de la administración Biden sobre nuestra región son varios.

Primero, continuará el debilitamiento del dólar lo cual fortificará la cotización de las materias primas y alimentos, diluyendo a su vez el valor real de las deudas en esa moneda. Ambas circunstancias son buenas noticias para las economías latinoamericanas, incluido nosotros. Más ingresos por lo que se exporta, menos esfuerzo para pagar las deudas.

Segundo, los anuncios de recrear el ordenamiento institucional internacional machucado por la administración Trump parecen insuficientes para lo que necesitan los nuevos tiempos, y en particular América Latina. Desde la administración Obama hasta el momento la región no estuvo entre las prioridades, absorbidas todas ellas por otros temas más prioritarios como el ascenso imparable de China y su periferia.

Las grandes visiones como la Iniciativa de las Américas del presidente Bush naufragaron ante la militancia contraria de gobiernos populistas liderados por la Venezuela de Chávez sumado a la indiferencia tanto de la mayoría del resto de los gobiernos latinoamericanos, como del propio pueblo norteamericano donde su mayor preocupación respecto a lo latino es la suerte de los inmigrantes que llegan desde nuestros países. Así es que los bancos de desarrollo regionales como el BID navegan en un mar de incertidumbre depreciando su verdadero potencial como promotores de crecimiento y mejoras sociales.

Tampoco es de esperar avances en materia comercial por otros mecanismos sucedáneos de los TLC cuando la nueva administración mostró la postura proteccionista afín al Partido Demócrata al anunciar la reserva de mercado para las compras estatales bajo el moto “compre americano”.

Todo lo cual una vez más nos lleva a concluir que los gobiernos de la región de forma unilateral o quizás conjunta, deban buscar caminos propios en materia comercial externa hasta tanto no se plasme un nuevo paradigma que aún no se vislumbra.

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