OPINIÓN

Rumbo a marzo 2020: cuidado con los cantos de sirenas

Propuestas electorales parecen ir por un camino diferente de lo que demanda el deterioro fiscal.

Foto: Pixabay
Foto: Pixabay

Este contenido es exclusivo para suscriptores 

En los últimos meses se ha dado el avance de dos procesos en forma simultánea. Por un lado, el progreso de la campaña electoral, con la difusión de las propuestas de los principales candidatos, en particular de aquellos que realmente importan porque tienen chance de encabezar el próximo gobierno. Por otro lado, el agravamiento de la situación fiscal que, si bien a algunos nos resultaba evidente, ahora todos pueden comprobar fehacientemente: en los primeros meses del año pasado el déficit estaba entre 3% y 3,5% del PIB y ahora, ajustado por factores extraordinarios, ya supera el 5% y parece que mantendrá su impulso al menos hasta el cambio de gobierno en marzo próximo, ahora nutrido del efecto del abaratamiento argentino.

De este modo, ya tenemos el mayor déficit fiscal en 30 años y la deuda pública se encuentra en un sendero de insostenibilidad que pone en riesgo su calificación crediticia, la que posiblemente terminará siendo afectada después que el mercado lo haga, como es habitual que ocurra con calificadoras que siempre llegan tarde a alcanzar la realidad.

Lo que se destaca de aquellos dos procesos que se han venido dando en forma paralela, es el divorcio entre las propuestas que surgen desde la campaña electoral (y, en general, de quienes gustan de cosechar simpatías) y el deterioro fiscal: esas propuestas parecen desconocer el agravamiento de la situación fiscal o lisa y llanamente lo ignoran, consistiendo en soluciones “mágicas” al serio problema planteado.

Por otro lado, desde el ámbito de los economistas profesionales, la receta es clara: dada la rigidez del gasto y dado que éste sólo podrá bajar gradualmente con reformas estructurales y medidas concretas que lleva tiempo instrumentar y aplicar, el incendio (que de esto se trata) sólo se puede apagar rápidamente con impuestos. Es evidente que cuando se plantea esa receta, ella no excluye a un conjunto de políticas que apuntan a que la economía mejore su funcionamiento y en particular a que aumente su tasa de crecimiento a largo plazo. De hecho, no hay economista en nuestro país que sólo plantee aumentar impuestos. En mi caso, numerosas columnas publicadas acá en los últimos años lo demuestran.

Obviamente, las soluciones “mágicas” son más agradables de escuchar y mejor recibidas por quienes lógicamente temen perder poder adquisitivo, ya sean perceptores de ingresos desde el Estado, ya sean contribuyentes que sienten que ya pagan demasiado a cambio de lo que reciben del Estado. El problema consiste en que algunos de los vendedores de ilusiones, que hoy están disfrutando de sus 15 minutos de popularidad, mañana serán gobierno y tendrán que enfrentar la realidad. Como bien escribió Adolfo Garcé el pasado miércoles 14 en El Observador, “lo peor que le puede pasar al gobierno que venga, es no poder cumplir con la promesa de que no hay que subir impuestos”.

Veamos algunos ejemplos de las soluciones mágicas que han ganado popularidad.

Una, “hay que bajar el gasto público, el esfuerzo no lo tiene que hacer la gente sino el Estado”. Acá hay dos temas. Por un lado, cuando baja el gasto público, también el esfuerzo lo hace la gente, en ese caso la gente que se ve afectada por el abatimiento del gasto. Menos gasto público implica menos dinero que entra en bolsillos privados. Pero más allá de eso, si bien es evidente que hay que bajar el gasto público, esto no se puede hacer de la noche a la mañana, sino que requiere de reformas legales que luego deben ser instrumentadas y aplicadas: seguridad social, gestión presupuestal, gobernanza de empresas estatales, regla fiscal, entre otras. Y todo eso no da para apagar un incendio.

Dos, “hay que volver a crecer, porque con un crecimiento a una tasa razonable, los problemas se resuelven solos”. Por cierto, hay que hacer numerosas reformas que eleven la tasa de crecimiento de la economía: inserción internacional, enseñanza pública, reforma laboral, infraestructura, incentivos a la inversión, desregulaciones en sectores no transables, entre otras. Pero, de nuevo, en algunos casos se requiere de nueva legislación, en otros de acuerdos internacionales o de proyectos de inversión y esto también lleva su tiempo, además de generar conflictos con corporaciones afectadas por las reformas.

Tres, “hay que bajar impuestos, porque entonces aumentará el consumo y recaudaremos más”. Esta receta, últimamente, tiene otra formulación: “los impuestos son tan altos que, por la Curva de Laffer, si se bajan se recaudará más (o si se suben se recaudará menos)”. Quizá este caso sea el de la “magia” extrema. No desconozco que puede haber casos en que un aumento impositivo pueda no dar lugar a un aumento de la recaudación o que, incluso, pueda hacerla bajar. Seguramente sea el caso de la imposición con tasas progresivas o progresionales aplicadas a la renta personal. No creo que ese sea el caso aquí y ahora con el IRPF, pero no tengo dudas de que eso no pasa en el caso del IVA, cuyas tasas pueden subir y se pueden ver abatidas algunas de las exoneraciones que lo perforan, dando lugar a un aumento casi proporcional de su recaudación.

Por cierto, sería mucho más fácil para mi sumarme a los cantos de sirenas que se escuchan por doquier. Pero sería tan poco serio como lo son aquellos a quienes critico.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados