OPINIÓN

Los riesgos de falsificar la historia

El fragor creciente de la contienda electoral hace natural que, a veces, los candidatos fuercen sus argumentos para realzar sus propuestas y posicionarse mejor frente a sus adversarios políticos.

Foto: El País
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Pero cuando se vierten afirmaciones fuera de lugar, reñidas con la verdad histórica, se está dañando a la sociedad en entender desde donde venimos, lo que ha logrado y cuáles son los riesgos u obstáculos que resolver, sea quien sea la futura administración. Con el agregado pernicioso, de instalar en su imaginario de que si no ganamos “nosotros” todo será para peor. Es una forma subliminal de infiltrar desasosiego, justo cuando se requiere todo lo contrario, ante un mundo y una región cargados de incertidumbre excepcional.

Decir que “durante los últimos 70 años los partidos tradicionales estuvieron para el changüí”, que “no hicieron las reformas estructurales que el país necesita” son deslices electoreros del candidato del Frente Amplio que sorprenden, por decir lo menos.

Con ello, ignora la larga lista de legislación de protección social que desde comienzos del siglo pasado se fue profundizando sin pausa, que junto a las políticas educativas en sus tres niveles llevó a nuestro país siempre a la vanguardia de América Latina en materia de distribución de ingreso y nivel educativo.

Sobre la infraestructura, es sabido que desde las carreteras, hasta las terminales portuarias y aeropuertos, su mayoría fue construida por los gobiernos de los partidos tradicionales. Lo que hubo después del 2005, fue mantenimiento, y escasa obra nueva en momentos de demanda creciente por su uso e ingresos públicos exuberantes para financiarla. Ni que hablar de las empresas públicas, creadas décadas atrás, las cuales mantuvieron estándares de modernización acordes a lo que la tecnología del momento ofrecía. Para citar dos casos relevantes: UTE utilizó todo el potencial hidráulico del país ya en los años '70, buscó la complementación energética con Argentina, fallida por causas ajenas, y Antel se digitalizó completamente a fines de los '80.

En un plano aun más importante, los partidos tradicionales llevaron adelante reformas estructurales muy complejas, que son el asiento fundamental de la actividad económica actual. En el último cuarto del siglo pasado, nuestro país cambio su modelo de producción basado en la sustitución de importaciones, hacia uno de índole exportador de resultados exitosos hasta hoy en día. Eso implicó modificaciones profundas, como la apertura de la cuenta capital de la balanza de pagos, unificar el mercado de cambios, iniciar un proceso de rebaja arancelaria, la eliminación de los controles de precios, la consolidación macroeconómica que requirió la reforma del sistema de seguridad social, la rebaja de la inflación a niveles de un dígito e incentivar la participación del sector privado en áreas monopolizadas por el Estado, como la operativa de los puertos. Eso constituye un antes y después en términos de la historia económica del país. No fue un camino sin tropiezos por la envergadura de los desafíos, pero el resultado ha sido francamente positivo. Hoy ninguno de esos cambios estructurales está en tela de juicio, pues se los considera un atributo esencial ya imbuido en el funcionamiento de nuestra economía, aunque lograrlo fue un proceso arduo por su complejidad intrínseca, por sus naturales avatares fruto de operar innovando en territorio desconocido y la oposición en algunos temas por parte de sectores que hoy integran el gobierno.

Por tanto, ignorar o falsear la historia no es de recibo bajo ninguna circunstancia. No por el daño que se le puede hacer al contrincante circunstancial para ganar una elección. Sino por algo mucho más importante, que es transmitirle a la sociedad un mensaje que le impide conocer la causalidad de su presente y lo que tiene que resolver por delante; pues ejercer la política, es también una forma de enseñanza donde no se pueden traspasar absolutos. Y los hechos de la historia son uno de esos límites absolutos infranqueables, pues las sociedades cuando pierden la brújula de saber desde donde vienen, acaban por no saber hacia dónde van.

Otro argumento fuera de lugar es afirmar que un gobierno en manos de la oposición llevaría a los resultados de la gestión del presidente Macri en Argentina. Nuevamente se recae en alentar esa falsa oposición, de que si no somos “nosotros” gobierno se produce un retroceso en los derechos conquistados y peor aún, podemos caer en situaciones de crisis similares a las de nuestros vecinos. Cuando la historia confirma que nuestros partidos tradicionales, de acuerdo a la época que transitaron, fueron una palanca para profundizar y hacernos vanguardia en la vigencia de derechos y el bienestar social.

También es una forma de no entender porqué Argentina está en donde se encuentra. La génesis del fracaso actual está en la herencia recibida del Cristinismo, que Macri sin duda empeoró, resumida en un alto déficit fiscal, cepo cambiario con reservas exhaustas, inflación alta, financiamiento externo inexistente, pobreza del 30% y estancamiento económico. Pero juzgar la situación actual solo por la impericia de la administración Macri, no tiene validación histórica. Es otra forma de aventar un cuco que atemoriza innecesariamente a nuestra sociedad.

En definitiva, es justo reconocer que las administraciones frentistas tuvieron el buen tino de mantener los mismos preceptos macroeconómicos heredados de los partidos tradicionales, que ciertamente tampoco estuvieron para el changüí, en resolver episodios de crisis extremas.

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