Opinión

El retorno del fondo Monetario

La crisis en varias economías emergentes pareciera inyectarle nueva vida al FMI. 

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Denostado por izquierda —por la condicionalidad que aplica cuando actúa como prestamista, aunque rescata países en crisis cuando nadie presta— y por derecha por considerarlo ineficaz en su función de revertir las crisis recurrentes de balance de pagos y endeudamiento del mundo emergente.

Ahora, la vieja institución nacida después de la segunda posguerra parece reivindicarse en un mundo diferente.

Su creación respondió a la necesidad de estabilizar y resolver crisis de balance de pagos bajo reglas diferentes. El dólar tenía una paridad fija respecto al oro, la cuenta capital de los países estaba cerrada, la globalización de los mercados financieros no existía y por ende los agentes privados, salvo bancos, no financiaban directamente a los gobiernos.

Ese mundo comenzó a cambiar una vez que Estados Unidos, obligado por sus abultados déficit fiscales financiados con emisión, abandonó la paridad fija del dólar respecto al oro en agosto de 1971, gatillando la flotación de monedas y la apertura de la cuenta de capital de la balanza de pagos de los países. Eso posibilitó los movimientos autónomos internacionales de capital, lo cual adicionó financiamiento a las economías emergentes, pero también inestabilidad económica. El mundo predecible de Bretton Woods se hizo más volátil, pues las relaciones de causalidad de las crisis y su resolución no dependían solo de eventos domésticos y la voluntad de los gobiernos. Los agentes privados externos entran a jugar hasta ahora un rol preponderante en esa dinámica. Y así, el contagio ya dijo presente en la primera gran crisis de endeudamiento de México en 1982, seguido por réplicas a lo largo de América Latina durante toda esa década, se manifestó en 1997 en el sudeste asiático para reaparecer en nuestra región aledaña y nosotros a principios de siglo, continuando en 2009, bajo otro formato y circunstancias, en el mundo desarrollado. Y hoy nuevamente dice presente en varios países emergentes, donde Argentina es uno de sus afectados.

En la mayoría de esos casos, el Fondo Monetario hizo lo que pudo con suerte variada. De todas maneras, siempre actuó en los límites de su capacidad de fuego para resolver la situación por la insuficiencia de recursos ante el tamaño de los desequilibrios. También, mostrando el agotamiento de sus propuestas, válidas para un mundo que había fenecido en los 70, pero inadecuadas para la nueva realidad.

A su vez, la representatividad de su gobernanza no recoge hasta hoy la irrupción de las economías emergentes lideradas por China y su entorno asiático.

Todo ello expuso a la venerable institución a un arco de críticas, pidiendo por su reforma radical tanto en su gobernanza, como sus cometidos y políticas, hasta llegar al pedido de su desaparición lisa y llana por inefectiva.

Inesperadamente, esa percepción se ha venido diluyendo, poniendo en valor su pertinencia. En estos hay cuestiones de necesidad, la introducción de ciertos cambios en sus programas y también hechos geopolíticos.

Empezando por lo geopolítico, la disputa entre Estados Unidos y China a partir de la administración Trump, también tiene aristas que surcan los mercados de capital. China se ha venido convirtiendo en el prestamista de última instancia en países emergentes en dificultades, a cambio de concesiones generosas en el acceso a recursos naturales. Ese brazo económico va acompañado de un brazo político en áreas de influencia natural de Estados Unidos, el cual no está dispuesto a ceder en un marco donde la disputa geopolítica entre ambas potencias se hace más patente.

A eso lo ayuda que todo paquete de ayuda bilateral proveniente desde Estados Unidos requiere aprobación del Congreso, lo cual puede soslayarse con un FMI potente, bien capitalizado, donde Estados Unidos tiene capacidad de veto. Y eso parece que es lo que parece está ocurriendo. El apoyo explícito de la administración Trump al Presidente Macri, acompañado de un programa con el FMI de 50.000 millones de dólares negociado en tiempo récord, con una condicionalidad más laxa a lo que se acostumbraba en el pasado, confirman esa tónica.

Por otro lado, la capacidad de prestamista del Fondo Monetario ha sido fortalecida a partir de la crisis de la deuda griega, llegando a un monto de un millón de millones (billón) de dólares. Las seis economías emergentes más comprometidas tienen vencimientos de deuda para 2019 estimados en 600.000 millones, lo cual muestra que el FMI tiene capacidad suficiente para solventar un impacto simultáneo de esa índole ante un frenazo en el financiamiento externo privado. Esa es una nueva realidad distante a lo que acontecía a principios de siglo.

Este nuevo escenario no está totalmente consolidado. La postura adversa y errática de la administración Trump sobre los organismos multilaterales, obliga a abrir un compás de espera. De todos modos, la postura favorable sobre el FMI y también el Banco Mundial, puede ser una actitud pragmática ante la inexistencia de alternativas para solventar crisis y la agresividad de China para llenar ese vacío.

Por otro lado, las economías emergentes, digan lo que digan del FMI, ante situaciones macroeconómicas extremas, donde desaparecen las fuentes de financiamiento, recurren necesariamente al único manantial de liquidez existente, so pena de profundizar sus crisis.

Por último, el FMI ha evolucionado en su relacionamiento con los países. Ha aprendido de sus fracasos, lo cual no es poca cosa; aunque no implica que sea infalible.

De todos modos, ha vuelto a la arena como el único cuartel de bomberos con capacidad de mitigar los fuegos de las crisis recurrentes de las economías emergentes.

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