OPINIÓN

Un repaso por 2018: lo esperado y lo que fue

La economía creció menos de lo esperado y destruyó empleos en vez de crearlos, en forma consistente con el menor crecimiento económico.

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En la última encuesta de expectativas del BCU del año 2017, de diciembre de ese año, se esperaba que en 2018 el PIB creciera 3,2% y que la cantidad de personas ocupadas subiera 0,5%. Un año más tarde, en la última de 2018, la expectativa sobre la variación del PIB había bajado a 1,9% mientras que se esperaba que la cantidad de empleados terminaría el año cayendo 0,8%. En pocas palabras, el menor crecimiento económico se trasladó totalmente a la menor creación o mayor destrucción de empleos (1,3 puntos porcentuales en ambos casos).

A todo esto, un año atrás se esperaba que el dólar cerrara 2018 en $ 31,20 y cerró en $ 32,21 (promedio de diciembre) mientras que para la inflación del año pasado se esperaba 6,97% y un año más tarde la expectativa había subido a 7,92%. O sea que el dólar subió 3,2% más de lo esperado y en el caso de la inflación la expectativa subió en 0,9%. Por lo tanto, la economía se abarataría 2,2% más de lo previsto hace un año.

Por último, hace un año se esperaba un déficit fiscal de 3,3% del PIB para 2018 y según la última encuesta se espera ahora 3,8% del PIB. El dato de los 12 meses a noviembre fue precisamente de 3,8% del producto, aunque ajustado por la transferencia desde el Fondo de Estabilización Energética y por la variación de stock de Ancap, se ubicó en 4,1% del PIB.

En definitiva, la economía creció menos de lo esperado y destruyó empleos en vez de crearlos, en forma consistente con el menor crecimiento económico. La inflación en pesos fue un poco más alta, y en dólares un poco más baja. Y las finanzas públicas se deterioraron claramente.

El crecimiento de la economía en 2018 se vio afectado por la sequía del verano pasado y, desde mediados del año, por la crisis cambiaria argentina. De hecho, se ha mantenido estancado el nivel de actividad alcanzado en el primer trimestre, el último que mostró un crecimiento claro. En cambio, en la comparación interanual juega a favor la reapertura de la refinería ocurrida en el cuarto trimestre de 2017, lo que implicó 0,7 puntos porcentuales menos al crecimiento del PIB de 2017 y 0,7 puntos más al de 2018. Descontando ese factor, la desaceleración de la economía ha sido considerablemente mayor a lo que luce: la tasa de crecimiento no cae de 2,7% a 1,9% sino de 3,4% a 1,2%. Y este 1,2% se debe casi todo al sector comunicaciones, que no crea empleos.

En este contexto, 2018 habrá sido el cuarto año consecutivo con caídas en la ocupación, acumulando algo más de 60 mil puestos de trabajo menos en el cuatrienio. Consistentemente, el salario real privado no creció en 2018 si bien los atrasos en la concreción de acuerdos en los Consejos de Salarios subestiman la variación que habrá en ellos (con retroactividad) en el año pasado.

El único motor que sigue prendido desde el lado de la demanda es el consumo del sector privado y para ello ha sido relevante el mantenimiento de un dólar relativamente barato, razón decisiva de nuestro desacople en años anteriores. El aumento del dólar en nuestro país fue insignificante en 2018 si tomamos en cuenta lo sucedido en nuestros vecinos. Entre los meses de diciembre de 2017 y 2018, Argentina se abarató 31% en dólares, Brasil se abarató 12% y Uruguay sólo 3%.

Hace un año estábamos rezagados con relación a Brasil y fuera de la región y sólo teníamos una situación ventajosa con Argentina. Tras la devaluación real del peso argentino ocurrida en 2018, también quedamos rezagados con ella y ahora con relación al promedio de nuestros “clientes” el dólar está 20% por debajo del nivel que resulta de considerar promedios históricos.

El menor crecimiento de la economía también afecta a las cuentas fiscales, en la medida en que los ingresos están relacionados con la actividad económica. Al mismo tiempo, los gastos en alta proporción tienen “vida propia” y pueden crecer más que el PIB, cuando este crece muy poco: es el caso de las pasividades cuando se viene de aumentos reales en los salarios, o el de los salarios públicos, indexados y además con aumentos reales cada año.

Con la economía estancada y esos gastos subiendo con vida propia, es inexorable el deterioro fiscal. En ausencia de nuevos aumentos impositivos explícitos (como sí hubo en años anteriores) sólo le queda al Ministerio de Economía utilizar aumentos impositivos implícitos en los precios que cobran las empresas estatales. No tengo elementos de juicio para analizar los aumentos decretados en agua, electricidad y telecomunicaciones, pero tengo la impresión de que apuntan a mantener el resultado financiero de las empresas respectivas.

En cambio, en el caso de los precios de Ancap se apunta evidentemente a mejorar la situación “fiscal” de la empresa, dada la magnitud de la brecha entre la evolución del precio de nuestros combustibles y la del precio en pesos del petróleo. Los números fiscales de Ancap a noviembre, muestran que, a pesar de todos los ajustes realizados, la empresa sigue con un déficit considerable: US$ 55 millones en los últimos 12 meses, descontando la variación de stock de petróleo.

Es posible que, por allí, además de por el lado de las pasividades, cuyo aumento real será casi nulo por lo referido en materia salarial, pueda venir la estabilización del actual déficit fiscal en 2019. Pero del nuevo año hablaremos dentro de dos semanas.

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