OPINIÓN

La regulación del empleo y el cubo de Rubik

Aunque en Uruguay nos resistamos a admitir las transformaciones en el mundo del trabajo, tarde o temprano los guardas de ómnibus y los empleados de las estaciones de servicio correrán la suerte que otrora tuvieron las lavanderas ante el surgimiento de los lavarropas automáticos.

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Foto: Archivo

Nuevos modos de organización de la producción y el trabajo concentran progresivamente el empleo y por ende, cuestionan los cimientos de los sistemas de regulación laboral y protección social. Si bien es en los países más desarrollados en los que dichas transformaciones han adquirido mayor profundidad, gracias a las nuevas tecnologías formas innovadoras de trabajar —marcadas por una gran vocación emprendedora— están generando ingresos a la población trabajadora.

Aquí van algunos:

Crowdsourcing, que consiste en una convocatoria abierta a través de Internet, externalizando tareas y promoviendo la colaboración entre personas para el diseño y desarrollo de tecnologías o algoritmos, capturar y procesar datos, etc.

Crowdworking, que habilita espacios de encuentro entre profesionales autónomos, teletrabajadores y empresarios para compartir oficinas y trabajar de manera colaborativa intercambiando conocimientos y experiencias.

Crowdfounding, como resultado del contacto que a través de la red establecen sujetos dispuestos a invertir sus recursos financieros en torno a un negocio común.

"Work on demand via app", que emergió con las aplicaciones, y ofrece la oportunidad de obtener ingresos a estudiantes, personas dispuestas a trabajar a tiempo parcial, jubilados, etc.

Contrato cero hora de los británicos, por el cual el empleador no está obligado a dar horas de trabajo a la semana, ni garantizar un salario mínimo y el trabajador no está obligado a aceptar ninguna de las horas que ofrece.

En consecuencia, y con diferentes resultados, los países han venido reaccionando con sus legislaciones: Italia con su "Jobs Act", Alemania con el Plan Hartz, los nórdicos mediante la flexiseguridad, España con una reforma laboral que lleva ya 5 años y finalmente, en septiembre pasado los franceses pusieron su sello con la propuesta que exitosamente impulsó el nuevo gobierno de Macron. Y podríamos seguir...

La prioridad de todos esos esfuerzos es apostar al crecimiento y garantizar el "empleo" a la población, potenciando la innovación, reconociendo la especialización de cada individuo y flexibilizando la organización del trabajo. En ello están teniendo una enorme influencia los flujos de inversión; estos ya no van, como otrora, en busca de la mano de obra de bajo costo, sino que están condicionados a la existencia de infraestructura, conectividad y capital humano de alta calificación.

Complementariamente, el contrapeso social que asegura a los trabajadores igualdad de oportunidades, se concreta en mecanismos de protección social, que además de ser eficaces deben ser sustentables y asegurar el "long life learning".

Desde este lado del Atlántico no deberíamos entender esta realidad como —al decir de una colega argentina— "el castigo que Jehová impuso a los hombres por la construcción de la Torre de Babel, en términos de pérdida de un lenguaje común, confusión y dispersión."

Nuestro propio país parece querer dar señales: según cifras del gobierno, el 83 % de los hogares ya tiene acceso a Internet y esto se ampliará al 90% en 2020. A su vez, se está haciendo gala que la fibra óptica, el Datacenter y el cable submarino conforman una infraestructura tecnológica adecuada para el desarrollo de productos y servicios de alta calidad para las empresas y emprendimientos.

Entonces, si lo que más preocupa hoy es el empleo ¿el debate nacional en materia laboral no debería superar la aplicación de la vigente normativa en materia de negociación colectiva y las observaciones de la OIT? ¿No vale preguntarnos siquiera, por qué el acuerdo con UPM obligó a contemplar excepciones no menores en esta materia y que con justicia reclaman las empresas nacionales?

Aunque también nos resistamos a nuestra inserción internacional, en un contexto de globalización, la producción y los servicios se encuentran coordinados a través de diferentes empresas y países. Se combinan diversas relaciones y formas de prestación sin importar distancias ni horarios. Individuos autónomos ejerciendo sus legítimos derechos emprenden iniciativas que aportan valor, y las plataformas digitales son gestoras de la producción y el trabajo.

Abordar las relaciones laborales ya no puede centrarse sólo en los vínculos de dependencia existentes en empresas nacionales, sino que debe contemplar con "flexibilidad y realismo" la variedad de configuraciones que conforma la cadena de producción desde el proveedor hasta el cliente.

Precisamente, este último se ha venido manteniendo como un "sujeto laboral encubierto": en todo momento puede orientar la demanda, supervisar el proceso de producción, la calidad del servicio/producto y evaluar el desempeño del trabajador.

Encontrar respuestas para el empleo de calidad —que es en definitiva lo que más importa— nos está implicando aún desde la regulación laboral, una apertura de mente como la que en los 80 nos exigía resolver el "cubo de Rubik". Uniformizar los colores de sus seis caras obliga tener presente que cualquier movimiento en una de ellas, inevitablemente impacta en las demás.

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