CARLOS STENERI

La región en su atolladero

Hace menos de un lustro, América Latina lucia rozagante. A pesar de algún nubarrón, la mayoría de sus países mostraban tasas de crecimiento robustas, mejora de sus indicadores sociales bajo el amparo de una expansión fenomenal de sus exportaciones y la captación de financiamiento externo barato.

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Argentina y Brasil nos plantean amenazas. Foto: Archivo El País

Eso permitió que rápidamente se acuñaran al respecto nuevas teorías. Una de las más aceptadas, fue aquella centrada en que la región por fin se había desacoplado del ciclo económico mundial, lo cual le permitía atemperar sus vaivenes y continuar así una ruta ascendente de crecimiento. Como tal, se suponía que la crisis de los países desarrollados era un tema de índole más bien propio de su realidad doméstica, salvo los efectos de la expansión monetaria extraordinaria para resolver la crisis, cuya contrapartida es la disponibilidad de financiamiento barato.

Por su lado, también se suponía que la irrupción de China como potencia mundial naciente tenía la fuerza para sostener las cotizaciones crecientes de las materias primas y alimentos,

Presente.

La realidad actual desmiente ese optimismo infundado, pues el mundo es más complejo para justificar un cambio de paradigma de tal magnitud. Una vez más queda confirmado que la región está tan ligada al ciclo mundial como antes. Quizás de manera diferente que antes, pero ligada al fin. Y que los matices que existen entre los países de la región en esta fase contractiva en la que han entrado, se explica por la calidad de las políticas que han aplicado. Pero todos conjugan el mismo verbo de la desaceleración, aunque en tiempos diferentes. Para algunos, la ruta seguida implica la crisis económica que ha derivado en una de índole política de consecuencias insondables. Venezuela es su ejemplo más patente. Para otros, implica el descontento social a lo largo y ancho de su espectro social ante la constatación que el modelo de crecimiento basado en la expansión desmesurada del consumo no es sostenible, una vez que cambian las condiciones externas que lo hicieron posible. Es una muestra de populismo criollo, justificado por buenas intenciones, pero insostenible en el largo plazo una vez que la billetera queda exhausta ante la magnitud del gasto desmesurado, la falta de crecimiento económico y la caída del precio de sus principales rubros de exportación. En esta coyuntura, con grados diferentes es que se encuentran países tan importantes como Argentina y Brasil. Por último, están aquellos que rápidamente deben recuperar sus equilibrios macroeconómicos para evitar la reversión de los logros obtenidos durante la bonanza de la última década.

La corrupción.

El flagelo de la corrupción viene degradando la reputación de las administraciones de varios países de la región. Por encima de lesionar valores éticos y morales, también está demostrado que se convierte en un freno al crecimiento pues corrompe la calidad de la institucionalidad y pone en tela de juicio la credibilidad de la administración de turno. En definitiva, prohíja una cultura que promueve la búsqueda de rentas a través de las prebendas en detrimento del éxito logrado a través del trabajo y el mérito propio. Y lo que es peor, cuando esta se convierte en el brazo financiero de algunos partidos para escalar o mantenerse en el poder. Lamentablemente esa realidad ha dicho presente en nuestro vecindario regional, con matices distintos pero el mismo denominador común: el Estado es cooptado a través de canales diversos para satisfacer al principio la codicia de una minoría que con su ejemplo va contaminando a capas diversas de la sociedad.

Desembarazarse de esa realidad implica costos y fricciones que distraen al cuerpo social de su cometido esencial focalizado en la mejora del bienestar general.

Otros desequilibrios.

A esa situación compleja cuyas secuelas lleva tiempo cicatrizarlas, se agrega para ambos una situación de estancamiento económico. No son muchos los ejemplos en las últimas tres décadas que muestran una situación similar. Para este año, las estimaciones de crecimiento para Argentina y Brasil muestran guarismos negativos, junto a desafíos importantes en materia fiscal, control inflacionario y dificultades en su financiamiento externo. En el caso del primer, por causas ya conocidas, en tanto que para la nación norteña el peso del endeudamiento se viene convirtiendo lentamente en un lastre para las cuentas fiscales. La carga de intereses es abultada como porcentaje del PIB en tanto que el refinanciamiento de los vencimientos de su deuda doméstica se viene haciendo a plazos cada vez menores y a costos crecientes. La significativa depreciación reciente del real es la consecuencia natural de todo lo señalado recientemente.

Un hecho diferencial de lo actual con los momentos críticos que vivió la región a principios de este siglo fue la bonanza externa explicada por la aparición de China.

Hoy esa realidad ha cambiado como lo muestra el debilitamiento de las cotizaciones de las materias primas, los episodios de deflación en áreas importantes del mundo y la aparición de interrogantes sobre la cotización relativa de las monedas más relevantes del mundo.

Perspectivas.

La consecuencia es que recuperar ritmos de crecimiento será más difícil que antes. A la resolución de los desafíos domésticos de ambos países se deberá agregar una situación externa compleja, donde una de sus aristas relevantes es el debilitamiento abrupto del euro, moneda de un continente en deflación que aun tiene peso indudable en el concierto mundial. Para entender el impacto de esta realidad, a la caída del precio de las materias primas y alimentos provocado por el enlentecimiento de China se agrega la deflación sobre esos mismos precios medidos en dólares que aplica Europa, vía la depreciación de su moneda.

Esta realidad externa inesperada agrega al desafío impostergable de recomponer los desequilibrios domésticos promovidos por políticas domésticas equivocadas, el compensar de alguna manera el debilitamiento drástico del euro respecto al dólar.

Todo esto nos llama a una enorme reflexión sobre una coyuntura regional compleja que mostrará cambios por efectos del ciclo político que atraviesa, la acumulación de desequilibrios a resolver y una realidad externa que hasta el momento viene agregando impactos netos negativos para nuestros intereses.

Sin temor a equivocarnos, se puede decir que nuestra política económica deberá operar en los próximos años bajo el signo de marcos externos inciertos donde es probable la ocurrencia de eventos inesperados. Pragmatismo, flexibilidad y dosis altas de interrelación entre todos los agentes públicos y privados serán los ingredientes básicos para diseñar y ejecutar las políticas óptimas para los tiempos que se avecinan.

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