ENTREVISTA A MARIANO BOSCH

Reformas por imposición difícilmente tengan éxito

El grado de avance que los países puedan tener en adecuar su sistema laboral y el de pensiones a los tiempos que corren, depende de poder acceder a una base mínima de consenso entre todos los actores, pero más aún, en ponerse de acuerdo en el diagnóstico.

Mariano Bosch, especialista en mercados laborales del BID. Foto: El País
Mariano Bosch, especialista en mercados laborales del BID. Foto: El País

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Mariano Bosch, especialista en mercados laborales del BID, sostiene que reconocer que existe el problema e identificarlo es el principal paso que se debe dar para luego, con instituciones fuertes y la máxima representatividad, modelar las soluciones. Bosch remarca que hay que obrar en base a la evidencia y la información disponible, y no en base a ideologías. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿La realidad económica y social actual impone la necesidad de revisar las condiciones normativas de los mercados laborales?

—Nos impone la necesidad de hacer ajustes, adecuando los mercados laborales a las condiciones y desafíos de la actualidad. Hoy la disrupción digital nos obliga a no desperdiciar tiempo, pero en realidad los cambios se vienen dando desde hace varias décadas y buena parte de los países de la región no se han adaptado a ellos. Estamos acostumbrados a una realidad que ya pasó, aquella de trabajar un turno "de 9 a 5", en un mercado de trabajo preferentemente masculino, que se desarrolla en un lugar determinado y por una cierta cantidad de años hasta la jubilación. Eso cambió. ¿Cuánto nos adaptamos a esa nueva realidad? Ahí está el debe.

—Uno de los principales escollos a vencer para un diálogo más abierto en el campo laboral en Latinoamérica parece ser la falta de confianza entre los actores. ¿Está de acuerdo?

—Es cierto que la relación ha estado marcada muchas veces por una falta de confianza entre los distintos actores en América Latina, y puede explicarse en que trabajadores y empresarios han defendido intereses contrapuestos, lo que ha abonado esa distancia. Es necesario que tanto los sindicatos como las cámaras empresariales sean instituciones fuertes, representativas, que lógicamente no se van a poner de acuerdo en todo, pero que entiendan que es necesario trabajar para establecer una base mínima de acuerdos. Y sobre todas las cosas, un diagnóstico común, esa es la clave.

—La puesta en marcha de reformas en el ámbito en países como Brasil o Argentina, abrió el debate sobre la orientación que deben tener las políticas laborales y la base de respaldo que tienen esas iniciativas…

—En esa búsqueda de acuerdos de la que hablábamos es necesario también el Estado. Reformas laborales que se generen sin mucho respaldo y no tengan una mínima base de acuerdo común, se encontrarán con una enorme tensión para su aplicación. Esquemas laborales que en la medida que cambie la orientación de los gobiernos puedan ser modificados, no resulta una buena solución. Pero en primer lugar, se tiene que procurar un diagnóstico en el que las partes estén de acuerdo. Existe un problema, ¿cuál es?, ¿dónde está ubicado?, ¿qué magnitud tiene? Esa debe ser la primera definición, un diagnóstico en el que se esté de acuerdo, dejando de lado posturas que no se apoyen en la evidencia, en los datos. Y para eso, es bueno también generar una fuerte institucionalidad, con una agencia que genere información, monitoree la realidad y vuelque insumos a los distintos actores. Preferentemente, despegada del gobierno y respetada por todos. El mercado laboral es complejo, y difícil imaginar una regulación laboral adecuada si ni siquiera entendemos cómo se organizan sus actores.

Mauricio Macri y Jair Bolsonaro. Foto: Reuters
Mauricio Macri y Jair Bolsonaro. Foto: Reuters

—Los cambios en los sistemas laborales también tienen una tensión adicional: generalmente se realizan bajo condiciones apremiantes…

—Puedo estar de acuerdo, filosóficamente, en que deberían plantearse cuando las condiciones no son tan exigentes, aprovechar los períodos de bonanza para proyectar las condiciones de futuro y hacer los ajustes necesarios. Aunque la realidad marca otra cosa. Un ejemplo claro es lo que ocurrió en Brasil hace una década, cuando ya existía evidencia suficiente para pensar en las amenazas que había sobre el sistema de pensiones. Se planteó la posibilidad de crear un instituto de la vejez, y se sentaron las partes interesadas en una mesa para hablar del futuro, los retiros y demás. Pero a nadie le parecía oportuno tomar recaudos cuando la economía crecía al 8% y los brasileños pensaban en los Juegos Olímpicos que se venían...

—La transformación de la economía a partir de la disrupción digital está en pleno proceso. ¿Es posible proyectar el impacto en el mundo laboral y las alternativas al esquema vigente?

—Indudablemente ya llegó y se va a ir profundizando, producto de una aceleración en el cambio tecnológico que está provocando un incremento en la demanda de habilidades digitales avanzadas, pero también de otras habilidades sociales y de comportamiento.

Desaparecerán muchos puestos de trabajo, pero se generarán otros. Lo que no puede hacerse es negar la realidad. Dentro de las oportunidades, ese mundo digitalizado nos permitirá también mejorar los mercados laborales a partir de una mayor formalización del empleo y como consecuencia, un esquema que a los cotizantes en seguridad social le será más integral y mucho más representativo de su realidad laboral. Estamos acostumbrados a aportar por trabajos que hacemos por meses o por años, la nueva realidad nos va a permitir adecuarnos a trabajos que hacemos por horas, o por minutos. Hay que estar preparados.

— ¿Qué opinión tiene sobre experiencias de "jubilación activa", es decir, pasivos que puedan mantenerse en el mercado laboral sin perder su pensión?

—Evidentemente, es algo muy bueno. Debemos pensar en quienes llegan en condiciones más saludables a la edad de retiro y puedan mantenerse activos, en un régimen no de tantas horas y días semanales, sino con una participación menor, pero lo suficiente como para trasmitir conocimiento y experiencia, y a su vez seguir aportando a su vejez, además de tomar una opción que es importante cuando alguien aún se siente útil y vigente.

—La necesidad de revisar los sistemas de pensiones va siendo admitida en la región. ¿Cómo observan la situación?

—Los países se dan cuenta que los sistemas están amenazados cuando el gasto asociado a pensiones afecta directamente la estabilidad macro y fiscal. Y son pocos los países de la región que tienen reglas de ajuste que permitan ir modelando los parámetros fundamentales de los sistemas, a medida que avanza el envejecimiento demográfico. Asimismo, los modelos de financiamiento de las pensiones siguen anclados en la concepción de un mercado de trabajo asalariado formal a tiempo completo, que el avance de las nuevas tecnologías pone en entredicho. Si me preguntan si los sistemas de pensiones de la región van a tener problemas si no se ajustan, la respuesta es una sola: sin dudas. Será así en la medida en que no se tomen los recaudos suficientes ante una realidad demográfica que marca el envejecimiento de la población y una relación activo-pasivo que claramente muestra que más tarde o más temprano deberá corregirse.

—¿Cuál es la receta, más tiempo de trabajo, una mayor cotización en la vida activa, una menor pensión al momento del retiro?

—Cualquiera de esas medidas, o un poco de cada una. No existe una receta única. Y son todas decisiones muy difíciles de tomar, temas que muchas veces resultan tabú y por lo tanto, no se debaten. Me ha pasado de ir a países donde me piden que "no hable" de cambios en la edad de jubilación; o de la eventualidad de una renta menor al momento de retiro. Pero las alternativas son esas, magia no se puede hacer. El BID apoya a los países en la búsqueda de los mejores caminos en cada caso, pero cada país debe confeccionar su modelo, con la mayor participación posible, y no dependiendo exclusivamente de la decisión de un gobierno que está transitoriamente en ese lugar. Hablar de ajustes en el mundo del trabajo o las pensiones resulta poco simpático, sobre lo que se tiene además posturas muchas veces muy ideologizadas, que no permiten una discusión abierta, sin prejuicios. El problema está ahí, en no discutirlo; porque lo otro, es una realidad.

Jubilados: para apoyar la pasividad a veces se sacan rentas vitalicias en el BSE. Foto: archivo El País
Foto: Archivo El País

—En la región hay esquemas de beneficio definido, otros de capitalización individual, y también mixtos. ¿El ajuste es una regla general?

—Así es. Tanto aquellos países con regímenes de capitalización individual como Chile, de reparto como Brasil o mixto como Uruguay, necesitarán de ajustes. Esta realidad afecta a todos, a los que han logrado generar un estado de bienestar social más importante, como nuevamente puede ser el caso de Uruguay, como a aquellos que presentan mayores niveles de informalismo y una menor cobertura a la edad del retiro.

En una reciente publicación del BID sobre seguridad social (Presente y futuro de las pensiones en América Latina y el Caribe) de la que usted es coautor, adelantan algunos señalamientos sobre las principales necesidades a revisar…

—Es importante revisar el diseño de los sistemas de pensiones para asegurar que la generosidad de los beneficios sea la deseada y para eliminar elementos redistributivos no deseados. En especial, la elevada generosidad de los beneficios en algunos sistemas, junto con la existencia de grandes diferencias en las reglas de elegibilidad para una pensión, son, probablemente, los dos elementos de diseño que generan más ineficiencias e inequidades. Dada la estructura de los mercados de trabajo de la región, este diseño implica una transferencia importante de recursos de trabajadores de bajos ingresos a trabajadores de altos ingresos. Una reconsideración profunda de estos elementos es necesaria en la gran mayoría de los países de la región.

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