CARLOS STENERI

Reflexiones al cierre de 2017

Dos hechos importantes marcan el cierre del 2017. Por un lado, los resultados anodinos de la reunión reciente de la Organización Mundial de Comercio celebrada en Argentina, una muestra más del decaimiento de la multilateralidad en el comercio internacional.

Nicolás Maduro. Foto: AFP
Nicolás Maduro. Foto: AFP

Por otro, el default de la deuda de Venezuela, un jalón más de los estropicios del populismo que arroja más penurias a su población, plantea desafíos noveles en su reestructura y dejará sustanciales cambios geopolíticos en la región.

Multilateralidad.

El decaimiento de la multilateralidad tiene orígenes económicos que se traducen en actitudes políticas. Recordemos que sus orígenes son fruto del ordenamiento de la segunda posguerra, donde EE.UU. surgía como un hegemon benévolo, promoviendo a través del abatimiento de barreras arancelarias el comercio y por ende el crecimiento económico. En realidad se trataba de reducciones arancelarias más ligadas a los bienes industrializados que a las materias primas. Los bienes agropecuarios tuvieron siempre un tratamiento especial y por tanto en su comercio no se les aplican las reglas "de la nación más favorecida". Las materias primas y en particular la energía (petróleo) quedaron por fuera del universo de bienes incluidos en estos tratados. Así marchó el mundo hasta que el decaimiento de la participación dominante de Estados Unidos, hizo que Europa primero y luego China se dividieran en tercios su participación relativa en el comercio internacional. Y tal como señaló Paul Krugman hace un par de décadas sobre el advenimiento del bilateralismo, esa composición estructural del comercio internacional resta incentivos para acuerdos multilaterales de comercio para dar nacimiento a la bilateralidad comercial. En un mundo comercial dividido en tercios, la cooperación se desvanece y se generan condiciones para barreras comerciales en formas diversas.

En otras palabras, emergían los tratados de libre comercio entre países o grupos de países como fórmula sustitutiva. Y eso es lo que está ocurriendo. Los tres bloques dominantes tienen volúmenes comerciales similares (exportaciones + importaciones) explicando el 40% del comercio mundial y 45% del Producto Bruto Mundial.

A su vez Estados Unidos, en camino hacia la autosuficiencia energética por su boom petrolero y gasífero, entiende equivocadamente que puede prescindir del comercio abierto regido por reglas multilaterales como forma de potenciar su crecimiento. Su tradicional aislacionismo apoyado en su creencia de nación única autosuficiente que impone paradigmas, reaparece a través de la actual administración Trump.

Y esas fuerzas reales globales son el telón de fondo de mucho de lo que estamos viendo. El concepto de América First apañado por la doctrina Trump, la reticencia de la Unión Europea de abandonar su proteccionismo eficaz y oculto en tratados de libre comercio vacíos de efectos reales sustanciales sobre las economías en desarrollo, y de China, la cual a pesar de sus declaraciones no actúa decididamente como propulsor de la multilateralidad global, sino que también cae en el bilateralismo contenido en los tratados de libre comercio.

Venezuela populista.

El caso venezolano es un muestrario de las tropelías del populismo en todas sus aristas posibles. A las de índole político que consolidan una dictadura cívico militar, a la implosión de su economía donde el desabastecimiento es rampante y la inflación desbocada (más de 700% anual) se agrega la cesación de pagos del endeudamiento externo contratado por el gobierno y su empresa petrolera Pdvsa. Esto lo convierte en un suceso cardinal por su complejidad para encontrarle una salida, abre un abanico de situaciones inédito y aplicará más costos a su sociedad.

Para empezar, corresponde decir que era un evento ineludible. Su incapacidad de pagos era previsible, y sus acreedores ya descontaban en el precio de sus instrumentos de deuda este suceso. Lo que ya es tema de debate es si ese descuento reflejaba toda la complejidad y por ende riesgo, de instrumentar una salida. La deuda soberana es quizás la más fácil de resolver, pues sus contratos contienen cláusulas que pueden facilitar su reestructura. En cambio la deuda de Pdvsa, emitida según ley norteamericana por ser de índole corporativa no tiene esa posibilidad, salvo que se recurra a la quiebra lisa y llana. Pero sucede que algunos de sus instrumentos están colateralizados por las refinerías y cadenas de distribución de combustible localizadas en EE.UU. (Citgo) propiedad de Venezuela. Y estos activos serían ejecutados en un evento de cesación de pagos, lo cual generará pérdidas patrimoniales adicionales. Para paliar la situación viene obteniendo crédito y refinanciaciones de Rusia y China, garantido con reservas petroleras u otros compromisos ocultos en la opacidad de negociaciones surcadas por el desespero. Aparte de ser una panacea temporal pues no resuelven el fondo del asunto, se abre otra realidad signada por otra forma de dependencia de aristas ignotas. En definitiva, Venezuela ha perdido acceso a los mercados de financiamiento voluntario los cuales son vitales para Pdvsa, única fuente genuina de recursos para viabilizar su funcionamiento.

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