JORGE CAUMONT

Redundantes e innecesarias

Es notorio que en la primera parte de este siglo las naciones enfrentan desafíos diferentes a los de las tres décadas siguientes a la salida de la Segunda Guerra. Los desequilibrios macroeconómicos no se deben hoy a las mismas causas que existieran entonces.

Es por ello que, con el progreso académico basado en lo empírico, los desajustes monetarios y cambiarios, sobre todo entre las grandes potencias y las que se han acercado a ellas, no deberían necesitar la ayuda externa que se requería en aquellos tiempos para restablecer la estabilidad de precios y el crecimiento. Tampoco debería ser necesaria, como entonces, la reconstrucción de las economías ni realizar el fomento del crecimiento con acciones que vayan más allá del uso de políticas fiscal, monetaria y cambiaria expansivas propias y serias. Las administraciones de los distintos países han vivido ya durante mucho tiempo, realidades que las han marcado para, manejándose con políticas propias, apropiadas para las nuevas circunstancias y coyunturas, prescindir de "ayudas" ajenas recibidas con exigencias de obligaciones a cumplir.

Todo esto debería poner en duda la continuidad de la existencia de instituciones multilaterales de crédito creadas para situaciones diferentes a las actuales o, al menos, diferentes para un número notablemente alto de países. Su continuidad es discutible además, cuando se observa que esas instituciones no solo se multiplican sino que, además, realizan muchas funciones similares. Bastaría con mencionar el ejemplo del Banco Mundial y el del Fondo Monetario Internacional —hasta con evaluaciones macroeconómicas sobre un mismo país que difieren en algunos casos hasta significativamente—. Pero tampoco se escapan otras instituciones como el Banco Interamericano de Desarrollo, la CAF-Banco de Desarrollo de América Latina, el Fondo Financiero para el Desarrollo de la Cuenca del Plata (Fonplata), el Banco del Mercosur y otras instituciones por el estilo, además de dependencias particulares de las citadas.

Costo y propuestas. El mantenimiento de tales instituciones no es gratuito para nuestro país y para los contribuyentes de impuestos y, además, en muchos casos sus propuestas de ajustes de desequilibrios macroeconómicos o de apoyos financieros, no pasan por lo más conveniente en el mediano plazo. Basta recordar la exigencia que el Fondo Monetario Internacional le hiciera a nuestro gobierno en 2002 para concederle un préstamo contingente que le permitiera enfrentar una crisis por contagio de la crisis financiera en Argentina. Al igual que algunos consultores privados con frecuentes tareas para el Banco Interamericano de Desarrollo, el organismo multilateral que sigue viniendo a revisar las cuentas en Uruguay sin motivo alguno, exigía para concederle un préstamo al país, no pagar la deuda pública y entrar en default de sus obligaciones financieras con los acreedores privados. Una salida que no fue compartida por las autoridades uruguayas —sí por la oposición política de izquierda de entonces—, que nos alejó de la categoría en la que entró Argentina al tomar una acción similar a la de la exigencia del organismo multilateral citado. Ya todos hemos evaluado lo que habría sido de nuestra economía de haber aceptado el gobierno la exigencia que fuera rechazada de plano en aquella oportunidad, en particular por el Presidente Batlle y su equipo económico incluyendo a un Banco Central que —hace justamente quince años este mes—, cerraba los cuatro principales bancos del país por no poder hacer frente a la "corrida" de depósitos que enfrentaban.

Pero no solo por lo anterior se trata de organismos redundantes, innecesarios bajo buenas administraciones económicas como cada vez más se observa en el mundo. Cuando se conocen declaraciones de algunos de los que guían a esas instituciones no se puede más que rechazar de plano el poco conocimiento que se tiene de la realidad económica de países a los que se vinculan y las increíbles sugerencias que realizan. Por ejemplo, leía en la sección de Economía del diario argentino La Nación del sábado 19 de agosto y en la propia tapa del periódico de esa fecha, declaraciones que realizara el presidente del Banco Mundial —creado como Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (BIRD) en la década de los años 40 juntamente con el Fondo Monetario Internacional en Bretton Woods, New Hampshire, Estados Unidos—. Declaraba Jim Yong Kim, nacido en Corea del Sur: "Yo crecí en el estado de Iowa, que es muy famoso por su carne, así que sabemos bastante sobre Argentina y sus recursos naturales fantásticos". Hasta ahí, todo bien. Pero luego, cuando se le pregunta si Argentina es un modelo a seguir en la región hoy, Yong Kim dijo: "Absolutamente". Para él, Argentina es un modelo a seguir por los países del Mercosur, una respuesta que evidencia absoluto desconocimiento de la realidad. Y más adelante, convencido que el propósito fundamental del Banco creado en 1944 ha variado considerablemente, que no se dedica exclusivamente a la reconstrucción y al desarrollo, añadió: "No somos un banco que propaga políticas neoliberales". Esta última afirmación, más política que técnica, no es compatible con el cargo de su emisor ni digna de la institución que el citado jerarca representa.

La pregunta a responder: ¿vale la pena seguir exigiendo al contribuyente uruguayo que aunque más no sea indirectamente coopere para mantener la existencia de estas entidades?

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