Opinión

La realidad argentina, tema del año en Uruguay

Creo que el tema más importante para nuestro país en el año que termina fue Argentina, si bien lo que sucedió en el país vecino (básicamente, un fuerte abaratamiento en dólares y una severa recesión) todavía no se ha hecho sentir del todo acá.

Foto: PxHere
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No se sintió del todo aún porque en su momento se detuvo la subida del tipo de cambio en nuestro país: mientras que en el primer impulso del dólar en Argentina (desde los $ 20 a los $ 27) acá subió tres pesos, en el segundo (desde los $ 27 a los $ 39) acá sólo subió un peso y medio.

Nosotros.

Es claro el propósito de la conducción económica, de mantener la inflación en la zona de confort habitual y que no se escape por el pass through de la devaluación, y al mismo tiempo mantener un dólar barato que no haga decaer el consumo privado (base del desacople con Argentina de 2012 a 2016). Las cuentas nacionales, que nos situaron al borde de la recesión, mostraron que el único de los tres motores que sigue prendido es el consumo privado, mientras que inversión y exportaciones están en problemas.

Sin embargo, esa estrategia es "pan para hoy y hambre para mañana" ya que ahora hemos quedado atrasados en materia cambiaria con todo el mundo y de manera considerable. Con el transcurso de los próximos meses se irá sintiendo el impacto de convivir con una Argentina barata y sectores como el turismo y las industrias que exportan a ese destino o que compiten con importaciones desde Argentina, irán profundizando sus recesos.

Nunca está de más destacar el enorme peso que tiene nuestro vecino en nuestro "portafolio" de clientes. Si consideramos las exportaciones de bienes desde territorio no franco y las de turismo, Argentina ocupa el primer lugar con un quinto de nuestras exportaciones. Y por ser mayoritariamente realizadas dentro de nuestras fronteras, son altamente intensivas en trabajo e impuestos, por lo que tanto los ingresos de los hogares como los ingresos fiscales se seguirán resintiendo.

Prevesible.

Lo sucedido este año en Argentina, más allá de precipitarse fundamentalmente por algunos insólitos goles en contra del gobierno y por un ligero cambio en el contexto global (para nada la "tormenta" a que alude el relato oficial), era totalmente previsible. En mi columna del 2 de mayo de 2016, tras señalar los primeros pasos positivos de la administración Macri, escribía: "Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y aún no ha procedido a realizar todo el ajuste que es necesario en el frente fiscal, donde las pautas conocidas hasta ahora exhiben una excesiva gradualidad. Se podrá decir que mientras exista confianza (y financiamiento) eso no es un problema, pero justamente allí está el problema principal que veo en Argentina. Una vez más se busca sortear un ajuste fiscal necesario mediante el uso de endeudamiento. Esto tendrá dos consecuencias: una, un inevitable atraso cambiario en Argentina, como se induce a que ocurra cada vez que se financia un exceso de gasto interno (público o privado) mediante deuda externa; dos, salvo que en los próximos años se converja efectivamente a la situación fiscal proyectada, se estará sembrando la semilla del próximo default".

Y se habría llegado efectivamente al default si no se hubiera acudido a un programa con el FMI que implica un endeudamiento extraordinario y del cual les va a costar entre cinco y diez años salir, si se hacen las cosas bien. Los goles en contra que precipitaron la crisis cambiaria fueron la "intervención" del BCRA por la Jefatura de Gabinete hace un año, la imposición de un tributo a los intereses de la deuda pública y la falta de apoyo en la coalición gobernante para la continuidad del ministro de Energía, que lideraba la gradual reducción de subsidios en los precios de servicios públicos.

Panorama.

El primer acuerdo con el Fondo sólo tardó un trimestre en fracasar y luego vino el segundo, que hasta ahora "funciona": se ha logrado mantener el precio del dólar cercano al piso de la banda de flotación y la tasa de interés de la política monetaria ha mostrado una persistente caída.

Sin embargo, no se ha tenido igual éxito en materia de riesgo país, que al escribir esta columna se acerca a los 800 puntos básicos, casi cuatro veces el uruguayo y tres veces el brasileño.

Mientras tanto, la inflación flirtea con el 50%, los indicadores de actividad económica se siguen precipitando y los números fiscales cumplen con una meta absolutamente insuficiente, con la ayuda de algún maquillaje.

En lo inmediato, pensando en 2019, el panorama luce incierto. En principio no habría problemas de financiamiento del sector público, pero sí puede haber una dolarización de portafolios que impulse nuevamente al dólar, en un marco en el que hay pocas municiones para frenarlo si llega al techo de la banda de flotación. Los acuerdos políticos en la oposición y la perspectiva sobre la continuidad del actual gobierno desde 2020 serán decisivos.

Levantando un poco más la mira, hay que imaginar si es posible, en Argentina, mantenerse por los próximos cinco a diez años con la política económica "tercerizada" en el Fondo Monetario.

O sea que, hablando en plata, los dos próximos gobiernos no tendrían posibilidades de tomar decisiones relevantes en materia presupuestal. Suena muy duro, muy difícil de realizar, pero la alternativa es, una vez más, el abismo.

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