esta sensación de desánimo no es buena para un futuro mejor para todos, porque va dejando en el camino huellas y cicatrices.

Reaccionar a tiempo

Parece haberse establecido un diálogo de sordos entre representantes del sector agropecuario y el gobierno, cuya expresión notoria más reciente, el corolario de una mala relación, es precisamente la renuncia de los rurales a integrar los consejos de salarios, lo que resulta muy acertado y valiente.

Pablo Zerbino. Foto: El País
Pablo Zerbino, Presidente de la Asociación Rural del Uruguay.


Parece haberse establecido una suerte de diálogo de sordos entre varios representantes del sector agropecuario y el gobierno, cuya expresión notoria más reciente, el corolario de una mala relación, es precisamente la renuncia de los rurales a integrar los consejos de salarios, lo que resulta muy acertado y valiente.

Pero constituiría un grave error pensar que se trata de los tradicionales chisporroteos entre gobierno y rurales por temas de siempre. No es así. En el sector agropecuario como en otros, empieza a levantarse presión no por temas circunstanciales o coyunturales. En toda la geografía del interior, en todos los rubros productivos, más allá de lo económico, cada vez es más evidente una sensación distinta: el campo cree que sus interlocutores no entienden nada de lo que pasa. Y por cierto, si se coteja la severidad del momento con el casi nulo contenido del discurso del Ministro de Ganadería en el Prado, estamos habilitados a pensar que más allá de buenas voluntades, el gobierno no entiende lo que pasa en el campo, y lo que arriesga por ello en materia económica.


NINGUNEO. Lo primero de este año fue el ninguneo oficial a la comparecencia pública de los autoconvocados en enero, lo que llamó poderosamente la atención porque probablemente nunca antes la voz de tantos productores de diferentes rubros y condiciones, había sonado tan fuerte y tan armónica. Tomar nota del planteo hubiera significado un principio de reconocimiento, de solidaridad. En cambio varias autoridades de gobierno volvieron con lo de las camionetas, o con la tontería del precio de las rentas, buscando allí las causas del mal momento, denotando así no solo ignorancia sino resentimiento. Hubo al principio un tironeo acerca de quiénes se sentarían en una mesa, y posteriormente todo quedó en una concesión en materia tributaria de magnitud homeopática. En realidad la respuesta en materia de rebajas impositivas no podía ser diferente a lo que fue, sencillamente porque un gobierno terminado y sin voluntad de reducir gastos, no tiene más de dónde rascar la lata.

El tema no pasa por ahí. Al menos no sólo por ahí. Cuando un productor arrocero verifica que el precio internacional de lo que produce no es malo, que su productividad es de las más altas del mundo, y que su negocio aun así va en caída, con reducciones en el área plantada que es menor a la de 1993; cuando ve todo esto entiende que algo va mal. Y cuando el presidente le contesta que tiene que producir mejor se siente totalmente incomprendido. Si es un ganadero y mira los valores de exportación de carne de INAC, verifica que hay que ir muy atrás en el tiempo para encontrar precios superiores. Y si coteja esa situación con su capacidad de invertir no entiende qué está pasando.

Si es un lechero le pasan cosas análogas: enfrenta precios internacionales regulares, su productividad crece, pero la actividad convoca cada día menos productores. Si es un triguero o incluso un sojero, ve que los precios y las productividades aunque mejorables no son malos, y aún así lo van desestimulando cada día a seguir. Además, si mira perspectivas mundiales de precios de commodities puede ver un panorama de relativa estabilidad, salvo la celulosa que muestra un panorama mejor. Recientemente además, se han conocido cifras catastróficas de abandono de la actividad granjera y vitivinícola, ambas promovidas por el gobierno en su encierro comercial total, que tampoco sirve para nada y denota una vez más entender poco los problemas.


DE ESPALDAS. Al ver todo esto, los rurales lo cotejan necesariamente con el déficit fiscal, responsable último de su problema cambiario; con el desquicio de Ancap y el precio del combustible; lo enmarcan todo en las respuestas oficiales sobre seguridad, sobre educación; perciben el clima fomentado desde el ministerio de trabajo para enconar a la gente, o dictar aumentos salariales sin fundamento… Cuando además encuentran que la presión tributaria sobre la tierra que se había prometido congelar, no cesó de crecer; cuando le piden en este contexto más y más papeles, más registros, más permisos previos; cuando todo esto les duele, la sensación de incomprensión, de indefensión, supera a la propia peripecia económica negativa.

La gente se va quedando sin respuestas a problemas que se van acentuando. Se dice que queremos un país exportador —qué otra cosa con 3 millones de habitantes— pero se grava más que en EE.UU. la renta de los que quieren producir, se mantiene un tipo de cambio cada vez peor en la referencia internacional y especialmente regional, no se abre más la economía ni unilateralmente ni en acuerdos, se alienta un sindicalismo desbordado que espanta inversiones, y se gasta irresponsablemente en esencia en contratar 70 mil nuevos empleados públicos, la verdadera política social. En definitiva, no mejora la infraestructura y los impuestos financian aventuras y ayudas de dudoso mérito con la plata de los que trabajan de verdad.


Creo que esta sensación de desánimo, convertida ahora en otra de arrinconamiento social, no es buena para un futuro mejor para todos porque va dejando en el camino huellas y cicatrices. Yo nunca había visto en el pasado tanta unanimidad en todos los rubros de producción, y en todos los gremios rurales de intereses otras veces encontrados. El gobierno debe intentar hacer lo que naturalmente no le sale con el agro, porque no procede de allí su identidad cultural y su base política.
Pero lo menos que se le puede pedir a un gobierno que se va es reaccionar y de cualquier forma escuchar y, en la medida de lo posible cambiar muchas cosas, obligaciones, permisos, registros, mil costos inútiles, como haría cualquier familia en momentos de emergencia.

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