OPINIÓN

A propósito de los mercados; ¿demasiado optimismo?

“El mercado de valores, Nasdaq, tocó su pico máximo hace dos semanas”.

Foto: Pixabay
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Esa frase le corresponde al Presidente Donald Trump; lo dijo en una entrevista concedida a Chris Wallace (FOX) hace unos días, haciendo referencia a cómo la economía estadounidense está bajo control.

Y el presidente tiene razón respecto al nivel del índice Nasdaq, aunque éste está compuesto de muchas empresas de tecnología, que han sido de las “ganadoras” en esta pandemia. La bolsa no se ha recuperado del todo desde marzo, pero el índice S&P500 por ejemplo, que mide la performance de las acciones de las 500 empresas más importantes de EE.UU. —un indicador más representativo que Nasdaq— también está en un nivel muy alto, mayor que en todo 2019. Y algunos se preguntarán: ¿Cómo es posible que la bolsa cotice tan bien mientras que hay tantas malas noticias en la economía real? ¿Cómo se matiza esto con las proyecciones de contracción de la economía de EE.UU. (-8% en 2020), o con los niveles de desempleo (11% en junio, mejor que en mayo, pero bastante mayor que el 3-4% de los años recientes)?

EE.UU. es sólo un ejemplo, las expectativas de crecimiento en Europa y el mundo en general son magras (un poco mejores para China y Asia emergente), mientras que las bolsas parecen optimistas...

Pero antes de discutir las implicancias de estas señales, mejor empezar por definir diferencias.

La economía real es (con riesgo a ser casi tautológica) la economía de las “cosas”, estudia los cambios en la producción y consumo de bienes y servicios de un determinado territorio. Mide cambios en la inversión física, cambios en el producto interno bruto (PIB) de un país o de ciertas industrias, etc. La economía financiera, en cambio, se enfoca en las bolsas de valores (acciones y bonos de gobiernos y empresas), créditos bancarios y otros rubros del sector financiero. La economía financiera es mucho más volátil que la real, y la frecuencia de información es mayor. Por ejemplo, puedo ver cómo cambió el valor de una acción o un bono entre hoy y mañana, pero no así del PIB.

Y algunos se preguntarán: ¿pero cómo puede ser que mientras que se espera que la economía de EE.UU. decrezca un 8% —la mayor caída desde la crisis de 1929— la bolsa esté en valores máximos?

Primero, retornos. La intensificación de la política monetaria expansiva, revivida para estimular el crecimiento, implica que los bancos centrales de EE.UU y Europa, principalmente, ahora tienen el objetivo de comprar una enorme cantidad de activos financieros (incluso de menor calidad) y han dejado las tasas de interés de referencia en mínimos históricos (en algunos casos hasta negativas). Esto implica que, por un lado, los bonos soberanos en general casi no dan retorno y, por otro lado, hay muchísimo dinero en la economía buscando retornos, lo que presiona al alza sus precios.

Segundo, la comparación entre la economía real y la financiera no es tan fácil o directa. El PIB mide la totalidad de la producción en un tiempo determinado, mientras que las acciones en bolsa toman en cuenta sobre todo expectativas a futuro. Por ejemplo, UBER —una empresa que año a año ha dado pérdidas— igual tiene un alto valor de mercado, porque sus inversores esperan que, en el futuro, tenga buenos ingresos y márgenes.

Sin embargo, ¿Cuán razonable es que la bolsa hoy esté tan optimista? El mercado parece decirnos que el futuro es mejor que el presente, o tal vez que lo peor quedó atrás.

Lamentablemente no tengo una respuesta certera (mis disculpas, todavía cargo con la desilusión de darme cuenta de que los economistas estamos lejos de entenderlo todo), aunque la verdad es que nadie lo sabe. Sin embargo, vale la pena plantear algunas interrogantes que pueden acercarnos más a una posible respuesta.

La gran pregunta es la económica: ¿cuándo se recuperará la economía mundial? ¿Qué chances hay de un escenario de todavía mayor caída del PIB? La duración de la crisis depende de la capacidad de los gobiernos de hacer frente a la crisis sanitaria, pero en gran medida también de qué tan rápido se consigan tratamientos o aparezca una vacuna que sea accesible a todos.

Esta semana hubo un anuncio positivo respecto a esto (ensayos iniciales de una vacuna elaborada por la Universidad de Oxford muestran resultados alentadores), pero todavía es la gran interrogante. Aumentos recientes de casos en algunos países o regiones de Europa han provocado discusiones de si habría posibilidad de nuevos confinamientos. En general, se cree que no volveremos a tener una cuarentena tan dura como la del primer semestre, pero no hay nada descartado. Hace unas semanas The Economist planteaba que otro gran riesgo del desacople entre una economía en recesión y un mercado financiero optimista es el riesgo del descontento social. Después de todo, alguien tendrá que pagar por todo el apoyo que los gobiernos están dando para enfrentar la crisis económica y sanitaria. Ese alguien seremos nosotros, y lo que importa es la distribución del costo. Si quienes terminan pagando el costo son luego las empresas más chicas o las personas de menores recursos (las mismas que posiblemente tampoco se beneficiaron del aumento del valor de los activos dada la excepcional política monetaria) entonces podría ser un problema que supere lo estrictamente financiero.

La volatilidad en el mercado bursátil ha bajado respecto a lo que fue marzo o abril, pero todavía es relativamente alta, algo entendible dado que todavía hay grandes incertidumbres, en particular respecto a la cura/tratamiento al COVID-19. Por eso creo que todavía hay que ser más escépticos que optimistas por la señal que dan las bolsas. De lo contrario, será una equivocación afortunada.

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