Javier de Haedo - Economista

Presupuesto: un escenario optimista

Hace dos lunes vimos el punto de partida del actual presupuesto: qué había ocurrido desde la aprobación del anterior, en 2010, y cuáles eran los últimos números fiscales en vísperas de la presentación del nuevo presupuesto. Ahora veremos el escenario que según el MEF está detrás del proyecto, los principales supuestos que se asumen y los resultados que se proyectan.

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El ministro de Economía Danilo Astori. Foto: Captura/ Presidencia

También veremos por qué se trata de un escenario optimista y qué desvíos pueden darse en el rumbo trazado en caso de que así sea.

Piedra angular.

La piedra angular sobre la que se edifica toda la programación financiera asociada al presupuesto es la tasa de crecimiento de la economía que se proyecta para el quinquenio. Al asumirse cierto crecimiento, también se está asumiendo, en relación uno a uno, un determinado aumento de la recaudación impositiva. Por eso se debe ser muy cauteloso con dicha premisa. Durante la mayoría de los diez años previos, el crecimiento ex post superó al previsto, hubo por tanto mayor recaudación y se la gastó enteramente: eran los célebres "espacios fiscales adicionales" que bautizó Astori en su primer ministerio. Con el supuesto asumido para los próximos cinco años, con una tasa media del 2,8%, sucederá lo contrario y habrá menos recaudación de la prevista.

La posible recesión que estamos cursando (que sabremos si lo es o no, recién en diciembre) se seguirá agravando con el atraso cambiario inducido desde la política económica y con las consecuencias de la reciente pérdida del grado de inversión en Brasil. Si aquel supuesto de crecimiento del 2,8% ya era optimista antes de esta noticia, ahora ha quedado definitivamente en offside.

Si vemos el conjunto de supuestos sobre los que se basa el presupuesto, hallamos optimismo por doquier. De hecho, no se asumen shocks externos negativos, como los que recibimos y seguiremos recibiendo de los dos vecinos, lo que se traduce en la proyección de una considerable inflación exterior en dólares en cada uno de los cinco años (casi 3,5% anual) cuando ocurrirá todo lo contrario a partir de lo que suceda con Argentina y Brasil y también con el fortalecimiento adicional del dólar cuando empiecen a subir las tasas.

El déficit fiscal de 2,5% previsto para el quinto año tiene varios bemoles: además de surgir de un crecimiento ilusorio del PIB, va en contra del ciclo político electoral, se basa en mejorías solo en las empresas públicas e incorpora aumentos presupuestales hasta 2017, congelando luego el presupuesto en los dos años finales excepto por lo que seguirá subiendo el gasto endógeno.

El aumento del gasto endógeno es un gran corsé para la presupuestación, y además de deberse a "decisiones de gobiernos anteriores", como dijo Astori, se debe también a inercias implícitas en diversos mecanismos indexatorios, como el de las jubilaciones. Esto ha llevado a que dos tercios del aumento presupuestal previsto en el próximo bienio se deba a ello. Y si el crecimiento económico previsto hubiera estado más aterrizado en la realidad, nada hubiera quedado para dar siquiera en 2016 y 2017. Dice en la página 48 del mensaje presupuestal que "se contemplan las estimaciones de los gastos ya comprometidos por normas vigentes y compromisos contractuales adquiridos, y se agregan las asignaciones de gastos incrementales incluidos en el Proyecto de Presupuesto Nacional que envía el Poder Ejecutivo". Hablando en plata, eso significa que al déficit fiscal previsto para el quinto año, se llega incluyendo aumentos solo para 2016 y 2017 y más nada desde 2018, más allá de los rubros con vida propia, los referidos gastos endógenos.

En el bienio final, entonces, no queda margen para aumentos adicionales porque toda la mayor recaudación de esos dos años se la consumen los gastos endógenos y la rebaja prevista en el déficit. O sea, razonablemente, el MEF está asumiendo hoy rendiciones de cuentas sin aumentos adicionales de gastos en todos los años por venir.

Y como en 2017, siempre según las proyecciones, el presupuesto de la enseñanza pública no llega al 5% del PIB, nada permite suponer que superará esa barrera en la etapa final del período. Lo mismo, con otros programas que se prometieron. La realidad, terca por definición, hará que las promesas largas se vuelvan cumplimientos cortos.

Qué va a pasar.

La economía crecerá menos de lo previsto, la recaudación será también inferior a la presupuestada. Posiblemente se subirán impuestos (de hecho, y con cuentagotas, este proceso ya comenzó) y se ajustarán algo más las inversiones, pero todo esto será insuficiente para producir los recursos suficientes como para apenas compensar los que no llegarán por el crecimiento menor al previsto. El déficit fiscal será duro de bajar y permanecerá arriba del 3% del PIB en forma permanente. La deuda como porcentaje del PIB subirá más de lo previsto y, más temprano que tarde, nuestra calificación de riesgo se verá afectada.

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