Opinión

Preocupantes proyecciones

Existen a nivel mundial numerosos "indicadores de anticipo" —indicadores líderes o leading indicators— que sobre la base de resultados de ciertas variables hasta el presente o de encuestas del momento, propician juicios sobre lo que podría ocurrir en el futuro cercano con esas u otras variables.

Exclusividad. Las personas buscan alternativas para no recurrir a los productos masivos de los shopping. Fuente: EFE
Foto: EFE

Son bien conocidos desde hace ya mucho tiempo los indicadores de anticipo —de avance o de retroceso—, que se usan en economías desarrolladas como EE.UU. y algunas naciones europeas. Hasta hace tres décadas no existían indicadores de esa naturaleza en países emergentes. En el nuestro hay hoy algunos, que apuntan a estimar los cambios en las tendencias de la actividad económica y otros, como el de la Cátedra Sura de Confianza Económica de la Universidad Católica, que aunque no apuntan al mismo objetivo, de todos modos se pueden tomar como un reflejo del estado de ánimo de consumidores y empresarios, principales impulsores de la actividad económica.

Esos consumidores y empresarios, individuos con o sin vínculos empresariales o laborales afectan a la actividad económica con —entre otras menos importantes— sus decisiones de consumo y de inversión, las que a su turno dependen de su relativo "optimismo" (resumen de sus ganancias esperadas). Generalmente, a nivel mundial se asocia un alto optimismo a una situación de alto crecimiento económico que además se percibe como duradero. Por el contrario, un alto pesimismo a nivel de nación se asocia con un bajo, nulo o declinante nivel de actividad que, además, se percibe como duradero.

En particular, la evolución de un índice de confianza de consumidores como el citado de la Universidad Católica, que es el resumen de varios subíndices que confluyen al general, es entonces, sumamente importante para anticipar el comportamiento de corto plazo de la actividad económica de un país.

Razón.

La razón de la importancia de estos indicadores y en particular el que citamos, se debe a que el consumo es uno de los determinantes de la actividad económica, definida como el comportamiento simultáneo de la producción de bienes y de servicios del país (PIB), y el de las importaciones de bienes y de servicios. Es la oferta que se vuelca a la economía ante la demanda de consumidores privados, la del consumo del gobierno general, la de los inversores privados y la del gobierno general y ante la demanda del exterior por exportaciones de bienes y de servicios.

En nuestro país —como es usual en el resto del mundo—, la demanda de consumidores privados es la que más incide sobre la respuesta de la producción local y de las importaciones. El peso de esa particular demanda es más de la mitad de la suma todas las demandas mencionadas que se conocen como "demanda agregada". Es por ello que la confianza de los consumidores que surge de las encuestas que se les realizan son sumamente importantes para ver el estado actual de la actividad económica y proyectar cómo será su evolución futura, aunque más no sea la de algunos meses hacia adelante.

Débil demanda.

El último informe de la Cátedra Sura de Confianza Económica de la Universidad Católica que refleja resultados de la encuesta a la población realizada en junio, muestra que la confianza se ubica en el nivel más bajo de los últimos diez años y, además, que mantiene tendencia declinante tanto porque baja la percepción de la situación económica del país como, también, la de la situación económica personal de los encuestados. La tendencia del indicador de la confianza de los consumidores la ha ubicado en un muy bajo nivel con probabilidad alta de ingreso, en breve, en una ubicación de la que será poco probable que, por un mayor consumo privado, mejore la actividad económica del país a corto plazo.

Por otro lado, datos oficiales y algunos privados recientes muestran que tampoco es probable que las exportaciones puedan ayudar a mejorar la actividad económica en los meses que vienen. La demanda externa por productos uruguayos que venía tímidamente empujando a la actividad económica mostró signos de declinación en mayo. Las razones para ello se encuentran, circunstancialmente, en la reducción de los embarques de soja y en los mejores precios relativos de los países de la región y, ya estructuralmente, en el todavía muy bajo tipo de cambio real cuando se observa la relación entre la evolución del valor del dólar y el de los salarios nominales en la última década. Y ya conocemos —porque desde el propio ámbito oficial se han hecho saber— las dificultades que hay para que se expanda el consumo del gobierno general —gasto público corriente— y su inversión. Como asimismo, encuestas sectoriales dan cuenta de expectativas de baja inversión privada.

La disminución de la confianza de los consumidores que seguirá afectando negativamente al consumo privado y la escasa o negativa contribución de los demás componentes de la demanda agregada que señaláramos, son aspectos que hacen proyectar una muy baja actividad económica en el país en el resto de este año y probablemente también, a pesar de ser un año electoral, en el que viene. Por si fuera poco, al desequilibrio que aguardamos respecto al nivel de actividad en base a la encuesta de la Universidad Católica y otros datos conocidos, debemos agregar la expectativa de inflación creciente de quienes contestaron la referida encuesta. Inflación más alta y muy bajo nivel de actividad o recesión son dos desequilibrios macroeconómicos que no se pueden descartar en el corto plazo.

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