NÉSTOR GANDELMAN

Preocupación a corto plazo

En 1930, John Maynard Keynes escribió un ensayo que tituló sugestivamente "Posibilidades económicas para nuestros nietos" (Economic possibilities for our grandchildren).

Foto: Archivo El País
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Mucho de lo que expresó hace ya casi 100 años bien podría aplicarse a nuestros tiempos. En referencia a los cambios tecnológicos del momento, consideró que la rapidez misma de estos cambios generaba dificultades económico-sociales.

Consideraba que estaban sufriendo una nueva enfermedad que llamaba desempleo tecnológico y se originaba de la conjunción, a velocidades distintas, de dos fenómenos: nuevos procesos y nuevos usos. Según este planteamiento, el desempleo tecnológico se produce por el ritmo de descubrimiento y aplicación de nuevos procesos productivos economizadores de mano de obra que supera al ritmo de encuentro de nuevos usos para el trabajo en la sociedad.

Keynes se mantenía positivo y veía en esto un problema solamente temporal. El cambio tecnológico significaba, y sigue significando, que a la larga la humanidad está resolviendo sus problemas económicos y viviendo en un marco de mayor prosperidad. Según su predicción, el nivel de vida dentro de 100 años sería de entre cuatro y ocho veces mayor al de su época. Si como aproximación simplificadora tomamos el producto per cápita, la predicción de Keynes se ha cumplido con holgura.

Hoy en día, son abundantes los informes que indican riesgos crecientes de que la actual revolución tecnológica lleve a una amplia sustitución de trabajadores por máquinas y esto genere una era de desempleo masivo y explosiva desigualdad de ingresos.

Estos miedos no son ni la primera ni la segunda vez que se dan en la historia. Son la cuarta y vienen cada vez en consonancia con las revoluciones productivas documentadas. La primera revolución industrial sucede al fin del siglo XVIII con la máquina de vapor y la mecanización fabril de la producción. Fue seguida de las protestas luditas de artesanos ingleses desplazados por los telares industriales y la máquina de hilar. La segunda se da a fines del siglo XIX con la electricidad, el petróleo y la implementación de líneas de ensamblaje para la fabricación masiva de productos manufacturados. Más recientemente, la tercera revolución sucede entre los años setenta y ochenta del siglo XX con desarrollos informáticos, la computadora personal e internet. Ahora, estamos viviendo la cuarta revolución digital cuyos elementos característicos son la robótica, la nanotecnología, la inteligencia artificial, el internet de las cosas (internet of things), la impresión 3D y otros desarrollos de los que aún no somos cabalmente conscientes.

Las tres revoluciones tecnológicas pasadas trajeron grandes mejoras de la productividad que en última instancia se trasladaron a todos los estamentos de la sociedad. También desplazaron mano de obra, aunque, en ningún caso trajeron desempleo masivo permanente. Desapareció la producción de algunos bienes y servicios, desaparecieron algunas formas de trabajo, desaparecieron oficios y profesiones, pero nada de esto impactó en forma negativa y definitiva en la sociedad en su conjunto.

Desde un enfoque de historia económica, Robert Allen acuñó la expresión "pausa de Engels" (inspirado en los trabajos de Friedrich Engels) al período en el que el bienestar económico de grandes contingentes humanos empeora antes de que la sociedad se encamina en una senda de prosperidad. Siguiendo a la primera revolución industrial, la pausa de Engels fue de unos 80 años. Luego de la segunda, la pausa fue de 40 años.

Más cercano en el tiempo también tenemos evidencia que las mejoras productivas llevaron tiempo en cristalizar. Robert Solow recibió en 1987 el premio Nobel de Economía por sus estudios sobre el crecimiento económico. El epítome de la demora en materializarse los cambios tecnológicos se refleja en su famosa frase, también de 1987, "You can see the computer age everywhere but in the productivity statistics" (Se puede ver la era de las computadoras en todos lados menos en las estadísticas de productividad).

En definitiva, la historia pasada nos permite ser optimistas, en el largo plazo, sobre el impacto de las nuevas tecnologías en todos los aspectos de la sociedad incluyendo el mercado laboral. Esa misma historia nos indica que en el corto plazo hay razones para preocuparse.

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