JAVIER DE HAEDO
En América del Sur coexisten hoy dos formas de llevar adelante la economía y la política que permiten definir dos conjuntos o bloques de países. En ellos, la mayor o menor apertura en materia económica está relacionada con la mayor o menor apertura en materia política. Esto no ha sido siempre así y no sólo en nuestro continente. Desde el Chile de Pinochet hasta la China actual, son claros ejemplos de economía tendiendo a abrirse con política cerrada. Y también hay experiencias de política abierta con economía cerrada, como lo fue nuestro propio caso a mediados del siglo pasado.
Pero aquí y ahora se observa un conjunto de países en los cuales coinciden las aperturas política y económica y otro bloque en el cual se dan tendencias al cierre en ambas áreas. Quizá quede en medio de ambos Paraguay, que no se puede incluir en el "bloque cerrado", pero que por sus especificidades tampoco entra de lleno en el "bloque abierto".
Una de las características del bloque cerrado es la propensión al reeleccionismo indefinido, característica definitoria de la condición de un país que ha sido destacada por Mariano Grondona. En el bloque abierto, mientras tanto, lo normal es la no reelección o a lo sumo la reelección por un período.
Aquel bloque es liderado, quién puede dudarlo, por la Venezuela del narcisista-leninista Chávez, como muy bien lo ha definido Andrés Oppenheimer. Ecuador y Bolivia han hecho méritos bastantes para integrarlo y, cada vez más, también lo hacen los Kirchner en Argentina.
En este bloque se da un combo de temer: voluntarismo, ignorancia y prejuicios, que, como es natural, se realimentan. Y también autoritarismo, que es a lo que inevitablemente conduce ese combo para poder sostenerse, cuando empieza a resquebrajarse por los malos resultados a que llevan sus políticas.
Llamarle izquierda a eso es insultar a la izquierda. Sin embargo, hay una izquierda en nuestro país que simpatiza con ellos. Y no sólo con ellos sino con sus modelos, con sus políticas, y las proponen sin éxito aquí, sin éxito al menos por ahora.
El bloque abierto, mientras tanto, es liderado por Chile, como también es evidente. A él también pertenecen, desde la izquierda, Brasil y, quiero creer, Uruguay. También lo integra, desde la derecha, Colombia. Y en él se puede incluir a Perú, en esta reencarnación de Alan García.
A cualquiera de los dos bloques se puede llegar desde la izquierda o desde la derecha, ya que la verdadera línea divisoria para categorizar un gobierno no se define según su origen ideológico sino en función de la sensatez o insensatez de las políticas que lleva adelante.
La línea divisoria entre ambos bloques se define en función de la existencia o no de buenas políticas de Estado en los países. Es decir, de políticas que forman parte del denominador común a la sociedad y a los partidos que la representan. En los países abiertos, cada nuevo gobierno no llega para refundar la República sino que se asume como un enano que se sube a los hombros de un gigante. Tampoco llega para encarcelar a quienes le precedieron. No desconoce lo bueno que viene de atrás, trata de corregir lo malo según su visión, y busca incorporar, también desde su perspectiva, lo que considera bueno para su sociedad.
Y por casa, ¿cómo andamos? Líneas más arriba expresé que "quiero creer" que Uruguay integra el bloque abierto. Creo tener argumentos para sostener que nuestro país está en ese bloque. Pero no puedo soslayar los riesgos de que pueda dejar de estarlo.
Hasta la llegada del Frente Amplio al gobierno, el panorama era claro: los partidos tradicionales se alternaban en el poder, con diversas formas de coparticipación que duraba poco más de la mitad de cada período. En la vereda de enfrente estaba el Frente, que se oponía a todo lo que venía del gobierno, con un discurso muy alejado y opuesto al de los partidos tradicionales. Éstos habían diseñado un conjunto de políticas de Estado, que daban lugar a determinadas certezas para la economía. Pero esas políticas no se podían profundizar ni ampliar precisamente por la acción opositora del Frente y esto daba lugar a una duda legítima: ¿qué ocurriría cuando hubiera un efectivo relevo en el gobierno, con la llegada a éste, de la izquierda? ¿Se mantendrían las políticas de Estado o dejaríamos de tenerlas?
¿A qué me refiero con políticas de Estado? A políticas que se mantienen independientemente del gobierno de turno. No quiere decir que nada cambie, sino que se evolucione, pero dentro de ciertos carriles, cambiando lo accesorio pero no lo sustancial. Cambios que son naturales en un mundo que cambia cada vez más rápido y que nos sorprende con curvas imprevistas en su recorrido. Pero a los que se responde con códigos y principios que son permanentes.
En los gobiernos colorados y blancos, esas políticas, por referir las más notorias, incluían el tratamiento de la inversión privada y extranjera, la libertad en materia cambiaria y de movimientos de capitales, la participación de capital no estatal en inversiones en infraestructura pública y servicios públicos, el tratamiento de la deuda pública, el relacionamiento con organismos internacionales de crédito, la inserción internacional, el diseño de políticas sociales y la construcción de una red de protección social, el régimen previsional, las relaciones laborales, el derecho de propiedad y, más recientemente, y más en el discurso que en la realidad, la conducta fiscal y el combate a la inflación.
Era lógico cuestionarse la continuidad de varias de estas políticas, discutidas y criticadas desde la izquierda, cuando se percibió la inminencia de la llegada del Frente al gobierno, a mediados del anterior período de gobierno.
Sin embargo, han transcurrido casi tres años y medio del actual período de gobierno y la mayoría de esas políticas se ha mantenido y algunas se han profundizado. También hay casos en los que hubo retrocesos y otros, en los que no existen aún políticas de Estado. Hubo retrocesos en materia de derecho de propiedad, más en el discurso que en los hechos, pero también en los hechos. Y faltan acuerdos en materia de inserción internacional, relaciones laborales y políticas fiscales contra cíclicas (en este caso, lo que es una política de Estado es, lamentablemente, no tenerla).
Creo tener, entonces, elementos de juicio para sostener que tenemos políticas de Estado, reglas de juego, inmutables y permanentes, que aseguran que pasarán los años y se seguirá por el mismo buen trillo que es condición necesaria para el éxito. Claro está que no alcanza con eso, y que es necesario mejorar la autopista y el vehículo, y levantar su velocidad, pero la base está.
Pero también debo admitir que percibo riesgos de que eso no sea tan así. ¿Por qué? Porque si fuera por una parte significativa del Frente, no habríamos tenido la política económica que tenemos, ni la continuidad de muchas de las políticas de Estado referidas. De vez en cuando aparecen, para recordárnoslo, quienes reclaman que el próximo gobierno de izquierda sea verdaderamente de izquierda y cosas por el estilo. Si estuvieran felices con lo transcurrido, no estarían reclamando su modificación. Todo apunta a que estos reclamos serán desde ahora cada vez más frecuentes, ya que está en juego el diseño del programa del próximo gobierno, además de la elección de su abanderado, al que se busca encorsetar por si pretende tener agenda propia (y abierta).
No es casual que, en las vísperas del inicio de un nuevo proceso preelectoral, se haya empezado a hablar de que el próximo presidente de izquierda deberá ceñirse a un programa que deberá ser más de izquierda del que se ha llevado adelante hasta ahora. Viniendo de quienes vienen esos reclamos, es claro que no piensan en la izquierda chilena como referencia, sino más posiblemente en ejemplos de políticas y medidas provenientes del "bloque cerrado": aún más gasto público e impuestos, detracciones sobre las exportaciones, cierre comercial, control de precios, restricciones a la inversión extranjera y ni qué hablar a la propiedad de la tierra, etcétera.
¿Es correcto creer, como quiero creer, que ahora que los tres principales partidos pasaron por el gobierno se han afianzado políticas de Estado y sólo podemos adentrarnos más en el bloque abierto? ¿Y que al no haber quedado ninguno de los tres en la vereda de enfrente, habrá de ahora en más un amplio denominador común y un cierto ámbito de naturales matices y perfiles? ¿O es posible que saquemos pasaje, sin escalas, al bloque cerrado?