OPINIÓN

La política económica y su interrelación con Argentina

El tema fiscal es uno de los centrales en el debate electoral. De por sí es algo bueno, porque muestra un consenso generalizado de la necesidad de cuentas públicas saludables, como sostén básico de una economía que quiere proyectarse hacia un futuro sin tropiezos. 

Foto: El País
Foto: El País

Este contenido es exclusivo para suscriptores 

Este hecho es fruto de un cambio estructural mental para vastos sectores de nuestra sociedad, incluida parte de la izquierda; resultado de una predica incesante de analistas y políticos identificados con la ortodoxia económica. A través de su prédica se fue entendiendo que no hay déficit de izquierda ni de derecha, sino simplemente desequilibrios que, si no se resuelven a tiempo, terminan en crisis profundas.

Y es por esta vertiente que se alimenta uno de los temas del debate preelectoral actual, donde ahí sí surgen las diferencias partidarias sobre cuál es el tamaño optimo del Estado y la forma de achicar una brecha fiscal creciente. El espectro de propuestas va desde la postura de la izquierda apostando al crecimiento como generador de recursos fiscales, donde no se descarta un aumento de la carga impositiva, hasta las correspondientes a los partidos tradicionales centradas en ahorros abatiendo el desperdicio, la disminución del empleo público por no reposición de vacantes por retiro o fallecimiento y descartando aumentos de la carga impositiva.

A mi entender, ambas opciones simplifican en demasía una tarea que será compleja para lograr el objetivo buscado de reducir la brecha fiscal en algo no menor al 2% del PIB (1.200 millones de dólares anuales) para estabilizar la ya elevada relación deuda/PIB. Lograrlo por la vía de mayor crecimiento implica suponer tasas de crecimiento del producto superiores al 5% por un periodo de casi una década, hecho irrepetible por la realidad externa futura que presenta el mundo. Por otro lado, intentarlo por la reducción del gasto, incluso reduciendo vacantes, implica necesariamente una reforma estructural del Estado cuyo organigrama ha crecido frondosamente en el transcurso de la administración del Frente Amplio. En algunos casos ello introdujo duplicaciones innecesarias, pero en otros agregó funciones producto de una concepción propia del rol y funcionamiento del Estado. Y operar sobre esto último implica cambios de índole estructural, modificando organigramas que requieren tiempo, negociación política y por ende suponen dilación en los resultados esperados.

Por consiguiente, es buena cosa cierta cautela en las estimaciones de una u otra propuesta en cuanto a la velocidad y magnitud del cierre fiscal esperado, objetivo que a su vez es ineludible y urgente.

Mientras tanto, las noticias desde el ámbito externo no son halagüeñas en facilitar ese objetivo. La guerra comercial entre EE.UU. y China comienza a mostrar sus primeras consecuencias. El coloso asiático viene rebajando sus proyecciones de crecimiento anual del PIB (5,5-6%) por el enlentecimiento de sus exportaciones, que no pueden ser compensadas por el crecimiento de su consumo doméstico corriente y expansión de sus inversiones. Su contrapartida es la moderación en sus importaciones de materias primas y alimentos, lo cual hace proyectar que entramos en un estadio de precios internacionales estable y sin expectativas de alzas.

Alemania es la víctima más notoria de este escenario. Su crecimiento económico en el último trimestre ha caído nuevamente (-0.1%), poniéndola al borde de la recesión desde su última vez seis años atrás. Y a su cola va el resto del continente europeo relevante, con la secuela de desasosiego político trasmutado en gobiernos inestables, que se ven incapacitados en proponer nuevos paradigmas para retomar el crecimiento.

Abrazando esa realidad, reina el desconcierto entre los otrora poderosos y autosuficientes bancos centrales de los países industrializados, que ven su capacidad de promover crecimiento totalmente erosionada, al reconocer que su instrumento relevante, la tasa de interés, ha llegado a niveles prácticamente de cero o negativo, sin lograr ningún resultado aparente. El tema quedaría en manos de políticas fiscales expansivas, estrategia más compleja, pues requiere de autorización parlamentaria en países como Alemania, reacia a ese tipo de políticas por rémoras de sus hiperinflaciones del pasado.

Con este marco global poco favorable, nuestra región y en particular Argentina enfrentan una situación sumamente compleja. Brasil parece haber tocado fondo, pero su recuperación aún es prematura y tiene paso lento.

En tanto, Argentina sigue leudando una crisis de aristas diversas en medio de un período electoral. A su vez, la volatilidad y la incertidumbre que irradia es, como lo ha sido siempre, un desafío importante para nuestro país. El determinismo geográfico aunado a su mayor tamaño convierte a su devenir en una variable relevante a tener siempre en cuenta en el manejo de nuestra política macroeconómica, a pesar de los esfuerzos que siempre se han hecho para desacoplarnos de su ciclo económico. Pero a pesar de ello, es imposible de neutralizar el impacto de los vaivenes de su tipo de cambio real sobre el turismo y su capacidad de competencia en los mismos mercados y productos que Uruguay exporta. En otras palabras, tienen efectos reales sobre nuestra economía, de impacto potente e inmediato, prácticamente inigualados por otro país. Nuestro tipo de cambio real bilateral con Argentina es sumamente relevante, más en circunstancias como las actuales.

Sobre estos tópicos, el debate electoral ha estado ausente. Pero sin duda estarán sobre la mesa el día que los responsables de la próxima conducción económica deban delinear los andariveles de su gestión de gobierno. Los efectos de la coyuntura argentina sobre nuestro ciclo económico son algo demasiado importante para darles un tratamiento subsidiario.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)