OPINIÓN

Una plaga de ignorancia deliberada

A principios del siglo XX, el sur de Estados Unidos fue devastado por la pelagra, una enfermedad desagradable que ocasiona las “cuatro D”: dermatitis, diarrea, demencia y deceso.

Foto: Reuters
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Al principio, la naturaleza de la pelagra era incierta, pero, para 1915, Joseph Goldberger, un inmigrante húngaro empleado por el gobierno federal había demostrado de forma concluyente que se debía a deficiencias nutricionales relacionadas con la pobreza y en particular a una dieta a base de maíz.

Sin embargo, durante décadas muchos ciudadanos y políticos sureños se negaron a aceptar este diagnóstico y declararon que la epidemia era una ficción creada por los norteños para insultar al sur o que la teoría nutricional era un ataque a la cultura sureña. Y las muertes por pelagra siguieron en ascenso.

¿Les suena familiar?

Hace meses que sabemos qué se necesita para controlar la COVID-19 (pero no lo hacemos). Esto es, un periodo de confinamiento serio para reducir la prevalencia de la enfermedad. Solo entonces se puede reabrir la economía, manteniendo el distanciamiento social según sea necesario, e incluso entonces se necesita un régimen de pruebas generalizadas, trazabilidad y aislamiento de los individuos potencialmente infectados para mantener el virus suprimido.

La mayoría de los países avanzados han seguido este camino. Algunos países, como Nueva Zelanda y Corea del Sur, han derrotado en gran medida o completamente al coronavirus. La Unión Europea, comparable en población y diversidad a Estados Unidos, sigue registrando nuevos casos de COVID-19, pero a un ritmo mucho más lento que en el punto álgido de la pandemia a fines de marzo y principios de abril.

No obstante, Estados Unidos es excepcional, en un sentido negativo. Nuestro índice de casos nuevos nunca disminuyó tanto, porque la disminución de los índices de infección en el área de Nueva York fue compensada por el aumento o la disminución de las infecciones en el sur y el oeste. Ahora los casos están en aumento a nivel nacional, así como en los estados de Arizona, Texas y Florida. Y no, las infecciones reportadas no están aumentando solo porque estamos haciendo más pruebas; contrario a lo que dice Donald Trump, para resolver este problema no basta hacer menos pruebas. Otros indicadores, como el porcentaje de pruebas que dan positivo y las tasas de hospitalización, muestran que el aumento de COVID-19 es real.

Es cierto que las muertes siguen disminuyendo en toda la nación, aunque están aumentando en algunos estados. Esto refleja alguna combinación de la forma en que las muertes se retrasan con respecto a las infecciones, mejores precauciones para los ancianos, que son los más vulnerables, y un mejor tratamiento a medida que los médicos aprenden más sobre la enfermedad.

Alrededor de 600 estadounidenses siguen perdiendo la vida al día; es decir, estamos experimentando el equivalente a seis 11 de septiembre cada mes. Y muchos de los enfermos que no mueren por la COVID-19 quedan debilitados por la enfermedad, a veces de manera permanente.

¿Por qué nos está yendo tan mal? Gran parte de la respuesta es que muchos gobiernos estatales se han apresurado a volver a la normalidad, aunque solo un puñado de estados cumplen con los criterios federales incluso para la fase inicial de reapertura. Los epidemiólogos advirtieron que la reapertura prematura llevaría a una nueva ola de infecciones, y tenían razón.

Más allá de eso, en Estados Unidos, y nada más en Estados Unidos, las precauciones básicas de salud se han visto atrapadas en una guerra cultural. Lo más evidente es que no usar cubrebocas, y por lo tanto poner en peligro a otras personas de manera gratuita, se ha convertido en un símbolo político: Trump ha sugerido que algunas personas usan cubrebocas únicamente para señalar su desaprobación hacia la figura presidencial, y muchos estadounidenses han decidido que la necesidad de usar cubrebocas en espacios cerrados es un ataque a su libertad.

En consecuencia, el distanciamiento social se ha vuelto partidista: los autodenominados republicanos hacen menos que los autodenominados demócratas. Todos vimos cómo se desarrolla esto en Tulsa, Oklahoma, donde se congregó una gran multitud (si bien más pequeña de lo que se esperaba), en su mayoría sin cubrebocas y en un entorno cerrado diseñado para propagar el coronavirus.

El siguiente mitin de Trump fue en Arizona, donde los contagios por COVID-19 se están disparando, pero el gobernador republicano no solo se niega a exigir el uso de tapabocas, sino que hasta hace unos días se negó a permitir que los gobiernos locales impusieran sus propias reglas.

La moraleja de esta historia es que la respuesta singularmente pobre de Estados Unidos al coronavirus no es resultado nada más de un mal liderazgo en las altas esferas de gobierno, aunque decenas de miles de vidas se habrían salvado si tuviéramos un presidente que se ocupara de los problemas en lugar de tratar simplemente de ignorarlos.

También nos va mal porque, como muestra el ejemplo de la pelagra, en la cultura estadounidense hay una larga racha de pensamiento contrario a la ciencia y la experiencia, la misma racha que nos hace estar excepcionalmente poco dispuestos a aceptar la realidad de la evolución o a reconocer la amenaza del cambio climático.

No somos una nación de ignorantes; muchos, probablemente la mayoría de los estadounidenses, están dispuestos a escuchar a los expertos y actuar responsablemente. Pero hay una facción beligerante dentro de nuestra sociedad que se niega a reconocer los hechos inconvenientes o incómodos y que prefiere creer que los expertos están de algún modo conspirando en su contra.

Trump no solo ha fracasado en su intento por afrontar el desafío político que supone la COVID-19. Con sus palabras y acciones, en particular su negativa a usar tapabocas, ha alentado y potenciado la veta antirracional de Estados Unidos.

Y este rechazo a la experiencia, la ciencia y la responsabilidad en general nos está matando.

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