Ausencia de razones para crecer

En piloto automático

Desde el comienzo del segundo semestre se observaba -y pocos anticipaban- que la economía ya tenía problemas de actividad y que se intensificarían y profundizarían hacia adelante.

Reloj y monedas. Foto: Pixabay
Reloj y monedas. Foto: Pixabay

En reiteradas ocasiones, hasta hace relativamente pocos meses -no más de dos-, la preocupación de las autoridades económicas eran la inflación y el resultado fiscal. Se indicaba que esos problemas eran los “desequilibrios macroeconómicos” que enfrentaban, cuando en realidad, uno -la inflación-, es un desequilibrio endógeno y por tanto de esa naturaleza, mientras que el otro -el déficit fiscal- es exógeno porque se puede manejar por las propias autoridades.

Es justamente del manejo de las políticas económicas y de su combinación donde surgen los desequilibrios macroeconómicos: inflación o deflación, recesión o sobre expansión y déficit o superávit en la cuenta corriente de la balanza de pagos o en la propia balanza de pagos. La confusión entre desequilibrio macroeconómico y la inadecuada combinación de políticas que lo provoca es algo muy común en varios casos a nivel latinoamericano -en Venezuela, en Brasil y en Argentina por ejemplo- y hasta en algunas naciones de la Europa extendida.

Otro desequilibrio.

Lo que nos interesa hoy no es, sin embargo, calificar la distinción entre lo endógeno -los desequilibrios macroeconómicos- y lo exógeno -la combinación de políticas para solucionarlos- sino la existencia en nuestro país, de otro desequilibrio: el de la recesión.

Desde el comienzo del segundo semestre se observaba -y pocos anticipaban- que la economía ya tenía problemas de actividad y que se intensificarían y profundizarían hacia adelante.

Así lo apuntaban indicadores del sector agropecuario, del industrial, de la construcción y del sector comercio, y hasta el propio comportamiento del índice oficial de empleo en progresiva caída. Tampoco se recibían buenos mensajes del resto del mundo y de la región.

No obstante, desde esferas oficiales la visión era diferente y sigue sin notarse que ello viene ocurriendo y que aquello que se anticipaba es hoy realidad. Es cierto que desde el punto de vista interanual, la producción de bienes y de servicios -en realidad el PIB-, aunque a tasas declinantes, ha subido hasta el segundo trimestre; pero no menos cierto es que por lo que ocurre en el exterior y particularmente en la región, las expectativas para el crecimiento de nuestro país no son alentadoras, y por mucho tiempo.

"Por lo que ocurre en el exterior y particularmente en la región, las expectativas para el crecimiento de nuestro país no son alentadoras, y por mucho tiempo".

Jorge Caumont grande
Jorge CaumontEconomista

A nivel global, lo que menos ayuda es el comportamiento alcista de la tasa de interés de Estados Unidos, que aunque lento sigue su marcha progresiva y necesaria para frenar las presiones inflacionarias en un país en pleno empleo o cercano a él.

Y que no solo contagia a los rendimientos de los títulos de deuda norteamericanos, sino que además impulsa al alza las tasas de interés y de rendimiento del resto de los países y provoca la salida de capitales de los emergentes que antes se beneficiaron de su ingreso por diferencial de tasas de interés.

La reversión del flujo de capitales provoca aumentos del valor del dólar, lo que a su vez es obstáculo para mantener los precios internacionales de los commodities exportables por nuestro país, ya declinantes.

Pero no solamente a nivel global se presentan escollos para crecer, como cuando los precios de los commodities tocaron máximos increíbles, cuando el dólar era extremadamente barato -atraso cambiario que aún existe- y cuando las tasas de interés eran tan bajas que estimulaban el consumo y la inversión, sobre todo en construcción.

Gran parte de la racha expansionista de nuestro país desde 2008 -recuperada la situación económica en los dos últimos años del gobierno del Dr. Jorge Batlle tras la crisis del 2002 desatada por Argentina- se debió, más que a razones de manejo propio, a las razones aludidas.

También se presentan escollos regionales para crecer por la conocida situación de Argentina, que se refleja en precios relativos muy desfavorables para Uruguay, los que golpean a nuestro comercio exportador de bienes y de servicios y que facilitan la importación competitiva de productos transables locales. Y aunque no es tan significativo el caso de Brasil, igualmente no es propicia para provocar una reversión de la situación poco favorable para Uruguay, también en términos de precios relativos.

El mundo y la región se alinean entonces para obstaculizar una recuperación de la demanda agregada, pues no favorecen al consumo ni a la inversión ni, pese a la devaluación del peso por encima de los salarios nominales en los últimos doce meses, una mejora rápida de las exportaciones de bienes al resto del mundo no regional.

Para evitar la inflación y la recesión que son los dos desequilibrios macroeconómicos que se viven, resta una modificación de la combinación de las políticas macroeconómicas que lleve a la estabilidad y al crecimiento. Pero no se vislumbra que esa combinación vaya a modificarse, debido a que oficialmente no se reconoce -o no se conoce o no se comparte- lo que estamos viviendo y lo que se anticipa que seguirá ocurriendo.

O tal vez, porque a doce meses de las elecciones nacionales, ajustar políticas para crecer con estabilidad puede traer serios problemas para la administración actual y sus apoyos, tanto políticos como sindicales.

De hecho, las circunstancias han llevado a un “piloto automático”, por lo que la modificación o ajuste de la combinación de políticas macroeconómicas en aplicación -tanto la fiscal como las del arreglo cambiario-monetario- quedan para más adelante, para el primer año de esta administración si se renueva, o para la eventual administración que asuma.

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