CARLOS STENERI

Peripecias de la globalización

Encaminados hacia el cierre del 2016, lo que ya se puede decir es que será recordado como un año aciago en resultados, preñado de incertidumbres y estéril de propuestas para recuperar el crecimiento. A lo cual deben sumársele episodios de fracturas políticas y tensiones internacionales preocupantes.

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El objetivo es responder a la creciente demanda de conexiones. Foto: Wikimedia

La reunión anual del Fondo Monetario y el Banco Mundial que acaba de concluir reafirma lo dicho, con la salvedad de algunos matices positivos centrados en Asia emergente. De todos modos, ésta no presenta el fulgor de un quinquenio atrás, ni tampoco muestra perspectivas de recuperarlo. Más preocupante aun es que el resto del mundo desarrollado tampoco muestra capacidad de recuperar pronto el crecimiento perdido después de su crisis del 2008. Todo eso a pesar de la inédita batería de políticas de reactivación económica que se vienen aplicando. Esta realidad jaquea a gobiernos, instituciones internacionales y la propia academia, pues desnuda las limitaciones de sus propuestas para resolver un problema que ya tiene vieja data. Sin duda, este periodo será recordado como la década adormilada del mundo desarrollado.

Quedará para el análisis histórico saber si fue sólo el resultado de errores en la instrumentación de políticas o estamos en presencia de un profundo cambio estructural, que marcan el inicio de épocas nuevas en la historia del mundo, resultado de cambios tecnológicos significativos y la inclusión de nuevas fronteras económicas que conducen al mundo a un estadio de globalización total. Una de sus consecuencias es que lo doméstico y las naciones se desdibujan, lo que implica la dilución de la soberanía en el ejercicio de la política y por ende en sus efectos. De ahora en más, casi nada tendrá exclusivamente efecto local y poco de lo local estará aislado de las influencias externas. Todo convergirá hacia un gran promedio donde las diferencias serán matices culturales que la globalización irá erosionando sin pausa. Y en ello queda incluida el diseño y alcances de la instrumentación de la política económica.

Ese transcurrir implica conflictos de índole diversa. El Brexit y el debate de las elecciones presidenciales en Estados Unidos son dos ejemplos típicos actuales con causas semejantes. En el primero, es el reflejo del descontento de los sectores tradicionales del Reino Unido que ven a la Unión Europea como un ariete que erosiona su soberanía al deber aceptar como legislación propia regulaciones dictadas fuera de fronteras, y al mismo tiempo absorber tradiciones culturales diferentes a través de los inmigrantes provenientes del resto de Europa. En el caso del candidato Trump, su electorado se integra mayoritariamente con aquellos que han sido excluidos de los beneficios del proceso de globalización o ven peligrar su empleo por la competencia externa. Ambos casos despiertan reacciones xenófobas, populismo y encerramiento comercial como forma de compensar los costos inevitables de la globalización, y que son aprovechadas por los oportunistas políticos que pretenden hacer carrera.

En realidad son los traspiés naturales que afloran en toda fase de cambios globales profundos. La política puede hacer lo que quiera, pero no puede evitar las consecuencias de lo que decide. Más temprano que tarde se tendrá que adaptar a la fuerza de los hechos, creando una institucionalidad internacional acompasada a los nuevos tiempos.

La unicidad de Estados Unidos como hegemon político y económico después del colapso del socialismo real se irá diluyendo dándole paso a una nueva bipolaridad conjugada a través de un Oriente naciente de la mano de China. De esa unión, a veces tensionada, nacerá la nueva institucionalidad que regirá los aspectos políticos, financieros comerciales y medio ambientales mundiales más relevantes. La actual ya tiene siete décadas, pertenece a otro mundo y por ende es obsoleta.

Esto no implica que el camino hacia ese destino que entendemos inexorable no tenga contramarchas ni conflictos. El proteccionismo será uno de sus efectos a través de trabas cualitativas de acceso a los mercados más que de escalones arancelarios.

Eso obliga a apurar el paso buscando todos los intersticios posibles para penetrar nuevos mercados o mejorar las condiciones de acceso de los actuales. Pues esa es una de las formas de neutralizar los efectos adversos de una etapa de transición a escala global que tiene las características de ser larga y con bajo crecimiento.

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