CARLOS STENERI

Se perdió una oportunidad

En estos días, hace quince años comenzaba la segunda saga de nuestra gran crisis en lo que va del siglo: las dificultades para servir el endeudamiento externo.

Como es sabido, fue el coletazo de la resolución de la crisis bancaria que agotó la disponibilidad de reservas, generó una depreciación aguda del tipo de cambio y obligó a contraer endeudamiento extraordinario desde los organismos multilaterales de crédito. Bajo esos parámetros, la relación deuda producto trepó a casi el 100% a fines del 2002-3. Los avatares de su resolución son conocidos y ya fueron ampliamente discutidos. Solo corresponde agregar que en los foros internacionales especializados sigue siendo un tema de estudio y referencia.

Un ejercicio interesante, es conocer cómo se veía desde aquel entonces el futuro y cuáles son sus diferencias con el presente.

Para resumir, las proyecciones mostraban que la deuda se estabilizaba en un nivel del 60% del PIB si éste volvía a crecer en su media histórica (3.5%), el fisco presentaba un superávit primario (antes de pagar intereses) del 4% del PIB, el tipo de cambio se apreciaba durante el primer trienio manteniéndose luego constante, y las tasas de interés reales de largo plazo se mantenían en el 6%. Y en esa construcción de escenarios, se constataba como hecho notable la alta incidencia del crecimiento económico como palanca para mejorar la sostenibilidad futura de la deuda, que no era más que la contracara de la consolidación fiscal. La evolución del tipo de cambio real y la tasa de interés le seguían en orden de importancia

Con ese escenario de proyecciones, que suponían resultados fiscales prudentes pero factibles, se convenció a la comunidad internacional de los beneficios que la propuesta de refinanciamiento acarreaba para todas las partes. Fundamentalmente porque recreaba las condiciones necesarias para que el país retomara el crecimiento a través de la prudencia fiscal y la recuperación de la inversión publica.

Lo que realmente nadie imaginó en aquellos momentos, fue el enorme impacto positivo de la irrupción de China expresado en el superciclo de las materias primas. Hecho seguido por una generación récord de ahorro excedentario a escala global que fortificó los flujos netos de capital hacia el mundo emergente y rebajó las tasas de interés. Para culminar, la políticas monetarias expansivas inéditas a raíz de la crisis del mundo desarrollado, que fortificaron esa tendencia hasta la actualidad. Haber hecho aquellas proyecciones con tal benevolencia, como mostraron poco después la tasa de crecimiento, el caudal de los flujos capital y el nivel de tasas de interés, hubiera reflejado niveles de endeudamiento notoriamente inferiores a los actuales.

La realidad es otra dados los números fiscales actuales, los pasivos contingentes crecientes de la Seguridad Social y su consecuencia, el ascenso sin pausa del endeudamiento bruto y neto. Todo muestra que la extraordinaria bonanza externa, no logró anclar a la gestión macroeconómica recurriendo al endeudamiento creciente para su financiamiento.

Por detrás de esta realidad aparecen varias constataciones que no tienen comentarios agradables. La primera es que la brecha fiscal endémica y el nivel de endeudamiento actual no dan márgenes para ningún tipo de expansión del gasto, sino todo lo contrario. Es algo que nadie quiere pensar por las implicancias políticas que tiene para quien le toque corregirlo, cuando las circunstancias lo obliguen.

En segundo lugar, implica sacar del mapa la posibilidad de ejecutar políticas contracíclicas potentes ante la aparición de un evento externo severo, cuya probabilidad no es nula.

Tercero, la expansión extraordinaria del gasto público dejó por el camino la inversión en infraestructura, lesionando la mejora de la productividad global y por ende el crecimiento. La pregunta es cómo se hace de ahora en más para inyectar el shock de infraestructura prometido y necesario, sin comprometer más la situación fiscal. La experiencia internacional muestra que las PPP son un complemento, pero nunca un sustituto de la inversión publica. Y más aun en las economías emergentes.

Por último, aquellas proyecciones suponían que los pasivos contingentes de la Seguridad Social, gracias a la reforma del sistema previsional, decrecían y luego se estabilizaban con relación al PIB, cerrando una ventana de vulnerabilidad de las cuentas públicas y por ende a la trayectoria del endeudamiento externo. En la actualidad, las reformas introducidas al sistema a partir del 2008 implicaron un aumento del gasto de índole permanente de alrededor del 1% del PIB, con trayectoria creciente, al cual se agregaría el correspondiente de algunas propuestas recientes por reclamos de ciertos colectivos.

En suma, esta década y media transcurrida superó las previsiones más optimistas sobre el comportamiento de variables claves como la tasa de crecimiento del PIB, liquidez internacional y nivel de las tasas de interés. Es cierto que la solvencia externa ha mejorado pues se han disipado riesgos de refinanciamiento extendiendo plazos y desdolarizando el endeudamiento. Pero la carga de su servicio es elevada, pues el endeudamiento bruto es alto y en trayectoria ascendente, a pesar del crecimiento extraordinario reciente. Y lo más importante, es que ese crecimiento extraordinario y los aumentos de recaudación conexos financiaron gasto corriente permanente y poca inversión. Aplacado el fulgor de un ciclo económico sin retorno, se constata que hubo otra oportunidad perdida para mejorar el crecimiento permanente.

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