OPINIÓN

Pensando en el año próximo, evitemos al Fondo Monetario

En columnas anteriores he intentado advertir acerca de la grave herencia que habrá de recibir el próximo gobierno. Ante semejante situación, éste tendrá dos caminos posibles.

Foto: Reuters
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​Uno, “agarrar el toro por las guampas” y enfrentar decididamente la situación, y dos, hacer “la gran Macri” y confiar en que, sin introducir correcciones inmediatas significativas, todo irá mejor en la creencia de que el tiempo es un gentilhombre que le ayudará a resolver sus problemas.

El primer camino implica asumir la gravedad de la situación y la necesidad de enfrentarla de inmediato del modo más efectivo que resulte posible. Implica aprovechar el impulso propio de todo nuevo gobierno y la mayoría parlamentaria que pudiera construir, de modo de aprobar rápidamente la legislación que permita apagar el incendio. Como he explicado en columnas anteriores, eso significa ajustar las cuentas públicas llevando al déficit a un máximo de 2,5% del PIB en el menor tiempo posible. Esto supone, inevitablemente, aumentar impuestos por una parte significativa del ajuste requerido. La filosofía y las ideas del gobierno darán lugar al diseño de ese ajuste si bien, más allá de ideas, hay cosas que son mejores que otras desde un punto de vista estrictamente técnico.

Vimos que sería deseable que ese ajuste impositivo fuera transitorio, una suerte de puente hasta tanto estuvieran vigentes las reformas que permitieran bajar el presupuesto de manera permanente: en la seguridad social, en la política de recursos humanos del sector público y en la gestión del presupuesto, de modo de justificar (por una vez) en cada unidad ejecutora, la necesidad de los recursos humanos, edilicios y económicos necesarios para su funcionamiento. Estas reformas llevarán tiempo para ser aprobadas y, luego, para comenzar a generar ahorros.

El otro camino implica confiar en que el ajuste inicial es evitable porque se pueden lograr ahorros significativos con medidas de reducción de gastos que pueden ser tan importantes (y por lo tanto necesarias) como señal a la sociedad, como insignificantes hablando en plata. Reducciones en la flota de vehículos oficiales, en la cantidad de viajes de los funcionarios y en sus viáticos, en la publicidad estatal o en la cantidad de cargos de confianza, serían una buena señal de austeridad que permitirían digerir mejor un ajuste fiscal inicial, pero en ningún caso lo podrían remplazar.

Si el próximo gobierno elige el camino del no ajuste, más tarde o más temprano se enfrentará con la necesidad de hacerlo, cuando el tiempo transcurrido se haya llevado consigo parte de su popularidad inicial y, quizá, hayan quedado por el camino algunos de los integrantes de la coalición inicial.

La experiencia del gobierno de Macri en Argentina debería ser tenida en cuenta por nuestro próximo gobierno: cuando hay ajustes pendientes, éstos se hacen antes o después y si no los diseña el gobierno, los diseña la realidad, que se los impone. Y cuando ello ocurre, el ajuste siempre es más doloroso que cuando el gobierno lo propone. En realidad, no sería necesario ver la Argentina de Macri para entenderlo, porque aquí tenemos experiencia en la materia: los ajustes “convencionales” pasaron por una abrupta depreciación de nuestra moneda, el aumento de la inflación y la licuación del presupuesto en términos reales.

Licuación, que a la larga se comprueba que se trató de una mera represión transitoria del gasto ocasionada por la mayor inflación (por precios), y no de su reducción estructural, permanente (por cantidades).

A diferencia de lo ocurrido en casos anteriores, en el próximo gobierno no habrá una crisis (tipo 1982 o 2002) porque ya no hay un canal financiero de contagio desde Argentina y porque nuestra deuda pública está pesificada de manera tal que una variación en el tipo de cambio real no afecta la relación entre ella y el PIB. Pero, por otro lado, hoy hay una indexación que hará más difícil el ajuste de variables reales.

En mi opinión, una ventaja adicional de elegir el primer camino consiste en evitar el retorno del FMI a nuestro país y la injerencia de ese organismo en la política económica local que eso conllevaría.

Felizmente hace muchos años que no convivimos con la condicionalidad del Fondo, desde que en los primeros años del gobierno del FA se le repagó toda la deuda asumida en tiempos de la crisis de 2002, en un contexto global que permitió a los emergentes emitir deuda en moneda nacional y sustituir aquella deuda por otra, asumida en el mercado.

El próximo gobierno debe evitar a cualquier precio volver a caer en el FMI y lo sucedido en Argentina desde el año pasado; sí se debe tener en cuenta: en ese país el Fondo respaldó el aumento de malos impuestos, como las detracciones sobre las exportaciones, y, muy especialmente, contribuyó a diseñar una política monetaria inadecuada para una economía con dos monedas donde la principal no es la local. Al FMI no suele importarle tanto la calidad del ajuste, sino que los números cierren ex ante (ex post es otra historia) y no entienden la política monetaria en economías muy dolarizadas. Así han ido y vuelto con el uso de diferentes instrumentos y hasta ahora la inflación no ha parado de subir.

Gane quien gane, sería bueno que se levantara una bandera otrora popular: “No al FMI”.

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