JORGE CAUMONT

Peligrosa endogeneidad de lo exógeno

La política fiscal constituye, con la monetaria y la cambiaria, un conjunto de acciones que tienden a corregir desequilibrios vinculados al nivel de actividad, al comportamiento de los precios y a los desbalances del sector externo de la economía, por el lado de las reservas o por el del tipo de cambio.

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Economía emitió el equivalente de US$ 40.5 millones en dos años. Foto: Archivo.

Concretamente, la política fiscal se desarrolla con tres tipos de acciones: las que manejan el gasto público; las que se refieren a cambios en los ingresos impositivos y las que deciden cómo actuar financiando resultados negativos si los egresos por gastos son mayores que los ingresos por impuestos —sea con crédito del BCU o con deuda pública—, o disponiendo el destino de los excedentes si hubiese superávit. En la medida en que, en principio la política fiscal depende de decisiones de las autoridades económicas, se la considera exógena ya que puede ser manejada discrecionalmente, con el fin de lograr los objetivos macroeconómicos expuestos: mejora de la actividad y estabilidad de precios y del sector externo de la economía.

Nuestro caso.

Recientes declaraciones de las autoridades económicas en ocasión de la presentación del proyecto de Ley de Rendición de Cuentas al Parlamento, han señalado que la política fiscal se ha vuelto parcialmente endógena pues, es sumamente difícil sino imposible reducir gastos: se han vuelto inflexibles a la baja. Lo que señalan las autoridades es que, con el paso del tiempo y el funcionamiento de la economía, la gran mayoría de los distintos tipos de egresos fiscales se deben ajustar al alza, de acuerdo con la inflación —los gastos propiamente tales—; por la variación de los salarios incluidos en acuerdos con los funcionarios del sector público —generalmente la inflación ocurrida más algún adicional para aumentar su salario real—, o con el propio aumento del índice de salarios nominales, en el caso de los pagos crecientes año a año, del desajuste de las cajas estatales de jubilaciones y pensiones. Esos ajustes vuelven a prácticamente todos los egresos del gobierno central y de otros organismos como los de la educación, imposible de ser reducidos o de mantenerlos sin ajustar. Tan solo los dedicados a inversiones son los que pueden ser sacrificados a la baja en estas instancias. Es por todo esto que efectivamente, lejos de ser exógeno y así poder ser modificado no solo al alza sino también a la baja salvo en el caso menor de las inversiones —por su dimensión en el total del gasto—, la política de gasto público se ha vuelto endógena: resultante del comportamiento macroeconómico y no determinante de los objetivos de estabilidad interna y externa.

Quedan entonces como instrumentos de política fiscal que pueden ser discrecionalmente manejados, los tributarios y la elección de formas de financiamiento de un déficit que, hoy, todos sabemos, ha sido reacio a bajar. En otras palabras, el movimiento exclusivo de la política fiscal que puede ser realizado por las autoridades económicas es el aumento de la tributación y la elección del financiamiento del déficit. Y, a medida que pasa el tiempo, la expectativa no puede ser otra que la acentuación de una política tributaria contractiva de la demanda agregada privada, amenaza permanente del nivel de actividad.

Lo interesante es reflexionar sobre la razón por la cual la política de gasto público ha pasado a ser endógena, como afirma la máxima autoridad económica. Y nuevamente a eso nos lleva fundamentalmente, aunque no únicamente, a temas tales como la expansión desmedida de la dotación de personal de los últimos dos lustros, el aumento de los salarios del sector publico sin una referencia a su eficiencia y a su valor y a la imposibilidad no solo de ajustar por menor salario real sino también por cantidad de personas empleadas por la administración.

El futuro.

En el futuro previsible es claro que el déficit fiscal dependerá fuertemente del nivel de actividad. La tasa de crecimiento de la economía puede mejorar la recaudación en términos reales y así ésta llegar anualmente a cubrir los inexorables aumentos que provoca la mencionada endogeneidad del gasto. Si así no fuera, ocurrirá como hasta ahora, financiado con creciente presión impositiva y con aumento permanente del endeudamiento. Quienes más sufrirán esta situación que no solo es posible sino que tiene alta probabilidad de darse en los años próximos, serán los miembros de las generaciones hasta la actual y los de las que vendrán. Para evitar que esto ocurra, las alternativas parecen claras para muchos. En la medida en que no se puede afirmar que la actividad vaya a crecer siempre como para financiar el aumento del gasto con la recaudación que genere —de hecho la extensión de la presión impositiva atenta contra el crecimiento y la expansión económica—, ni tampoco como ya se reconoce, seguir aumentando impuestos sin entrar en una etapa de recaudar menos, los caminos no se presentan abundantes y se tendrá que ir, más tarde o más temprano pero de manera inexorable y tal vez con matices, a la revisión de los acuerdos salariales en el sector público y al levantamiento de la estabilidad del empleo en el sector. Un desenlace de este tipo es doloroso y generador de numerosas fricciones, pero si hay una alternativa diferente para los actores involucrados deberían ya, ir modelándola.

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