Opinión

Por qué puede pasar aquí

Poco después de la caída del Muro de Berlín, un amigo —experto en RR.II.— hizo una broma: "ahora que Europa del Este está libre de la ideología extranjera del comunismo, puede regresar a su verdadero camino histórico: el fascismo". Incluso en esa época, su ocurrencia tenía una agudeza auténtica.

Donald Trump economía y mercado
Donald Trump economía y mercado

Ahora, en 2018, cuesta trabajo verlo como una broma. El "iliberalismo", como lo llama Freedom House, está en ascenso en toda Europa del Este. Esto incluye a Polonia y Hungría, donde la democracia como normalmente la conocemos ya está muerta, aunque ambos países todavía son miembros de la Unión Europea.

En ambos países los partidos gobernantes —Ley y Justicia en Polonia y Fidesz en Hungría— han establecido regímenes que mantienen las formas de las elecciones populares, pero han destruido la independencia del poder judicial, suprimieron la libertad de prensa, institucionalizaron la corrupción a gran escala y deslegitimaron el disentimiento de manera efectiva. Parece probable que el resultado sea un gobierno de un solo partido en el futuro próximo.

Todo eso podría fácilmente suceder en EE.UU. Hubo una época, no hace mucho, en la que la gente solía decir que nuestras normas democráticas, nuestra orgullosa historia de libertad, nos protegerían de un descenso a la tiranía. De hecho, algunas personas todavía lo dicen. Sin embargo, creer una cosa como esa hoy en día requiere ceguera voluntaria. El hecho es que el Partido Republicano está listo para convertirse en una versión estadounidense de Ley y Justicia, y hasta parece anhelarlo, a fin de explotar su actual poder político para que haya un gobierno permanente. Basta ver lo que ha venido ocurriendo a nivel estatal.

En Carolina del Norte, después de que un demócrata ganó la gubernatura, los republicanos usaron los últimos días del gobernante en turno para aprobar legislaciones que despojaban a la gubernatura de la mayor parte de su poder.

En Georgia, los republicanos trataron de usar preocupaciones falsas a todas luces sobre los accesos para electores discapacitados a fin de cerrar la mayoría de las casillas electorales en un distrito compuesto en su mayoría por habitantes afroestadounidenses.

En Virginia Occidental, los legisladores republicanos aprovecharon las quejas sobre gasto excesivo para llevar a cabo un juicio político en contra de todos los integrantes de la Suprema Corte del Estado y remplazarlos por personas leales al partido.

Estos son solo los casos que han recibido atención nacional. Existen montones, si no es que cientos, de historias en todo el país. Lo que todas reflejan es la realidad de que el Partido Republicano moderno no muestra lealtad alguna hacia los ideales democráticos; hará todo aquello con lo que piense que puede salirse con la suya para atrincherar su poder.

¿Qué ha pasado a nivel nacional? Ahí es donde las cosas se ponen color de hormiga. Estamos sentados en el filo de la navaja. Si caemos del lado equivocado —en específico, si los republicanos conservan el control de ambas Cámaras del Congreso en noviembre—, nos convertiremos en otra Polonia o Hungría más rápido de lo que se pueden imaginar.

Esta semana, el sitio web de noticias Axios creó algo de revuelo con una primicia sobre una hoja de cálculo en circulación entre los republicanos del Congreso, que enumera las investigaciones que piensan que los demócratas podrían llevar a cabo si toman el control de la Cámara de Representantes. La cuestión sobre la lista es que todos los puntos que aparecen en ella —empezando por las declaraciones fiscales de Donald Trump— son algo que evidentemente debería investigarse y que se habría investigado con cualquier otro presidente. No obstante, la gente que hace circular el documento sencillamente da por hecho que los republicanos no abordarán ninguno de esos temas: la lealtad al partido estará por encima de la responsabilidad constitucional.

Hace un año parecía posible que la complicidad del partido tuviera límites, que llegaría un punto en el que al menos unos cuantos representantes o senadores dijeran: se acabó. Ahora está claro que no los tienen: harán lo que sea para defender a Trump y consolidar su poder.

Esto es aplicable incluso a los políticos que alguna vez parecieron tener algo de principios. La senadora de Maine Susan Collins fue una voz de independencia en el debate sobre la atención médica; ahora parece no ver problema alguno en tener a un presidente que es un co-conspirador sin una acusación formal que nombra a un magistrado de la Suprema Corte que vive convencido de que los presidentes tienen inmunidad ante la ley. El senador Lindsey Graham denunció a Trump en 2016, y hasta hace poco parecía oponerse a la idea de despedir al fiscal general para acabar con la investigación de Mueller; ahora ha señalado que ese despido le parece bien.

¿Por qué Estados Unidos, la cuna de la democracia, está tan cerca de seguir los pasos de otros países que recientemente la han destruido?

No me hablen de "ansiedad económica". Eso no es lo que sucedió en Polonia, que creció de forma constante durante la crisis financiera y sus secuelas. Tampoco fue lo que ocurrió aquí en 2016: un estudio tras otro ha descubierto que el resentimiento racial, y no el peligro económico, fue lo que motivó a quienes votaron por Trump.

La cuestión es que padecemos de la misma enfermedad —el nacionalismo blanco descontrolado— que ya ha matado de manera eficaz a la democracia en otras naciones occidentales. Además, estamos extremadamente cerca de que no haya marcha atrás.

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