OPINIÓN

¿Qué pasa en Trumplandia?

Últimamente, casi todos tienen la sensación (justificada) de que Estados Unidos se está viniendo abajo. Sin embargo, no es algo nuevo ni tampoco una cuestión meramente política.

Presidente Donald Trump. Foto: Reuters.
Presidente Donald Trump. Foto: Reuters.

Las cosas están viniéndose abajo en muchos frentes desde los años setenta: la polarización política ha avanzado a la par que la polarización económica, a medida que la desigualdad en el ingreso se ha disparado.

Además, tanto la polarización política como la económica comparten una fuerte dimensión geográfica. En el frente económico, principalmente las grandes ciudades costeras, han adquirido mayor riqueza, pero otras zonas se han quedado rezagadas. En el frente político, las regiones prósperas en general votaron por Hillary Clinton, mientras que las regiones rezagadas votaron por Donald Trump.

No digo que todo marche de maravilla en las ciudades costeras: en muchos casos la economía sigue estancada, incluso al interior de áreas metropolitanas que parecen exitosas en su conjunto. Asimismo, los costos dispares de la vivienda, en parte debido al fenómeno SPAN ("Sí, pero aquí no", que surge cuando los vecinos se oponen a una propuesta novedosa), son un problema real y en aumento. No obstante, la divergencia económica regional es real y está estrechamente correlacionada, aunque no a la perfección, con la divergencia política.

Pero, ¿qué hay detrás de esta divergencia? Las disparidades regionales no son un fenómeno nuevo en EE.UU. De hecho, antes de la Segunda Guerra Mundial, la nación más rica y productiva también era la que tenía millones de campesinos pobres y sucios, muchos de los cuales ni siquiera tenían electricidad o instalaciones sanitarias dentro de sus casas. Sin embargo, hasta los años setenta, esas disparidades disminuían rápidamente.

Tomemos, por ejemplo, el caso de Misisipi, el estado más pobre de Estados Unidos. En los treinta, el ingreso per cápita en Misisipi era solo 30% más alto que el ingreso per cápita de Massachusetts. Sin embargo, para finales de los setenta, esa cantidad era de casi un 70%, y la mayoría de la gente probablemente esperaba que este proceso de convergencia continuara.

No obstante, el proceso se reinvirtió en lugar de avanzar: estos días, Misisipi regresó a un 55% del ingreso de Massachusetts. Para poner esto en una perspectiva internacional, ahora Misisipi es tan pobre en relación con los estados costeros como Sicilia en relación con el norte de Italia.

Misisipi no es un caso aislado. Como documenta un nuevo ensayo de Austin, Glaeser y Summers, la convergencia regional en los ingresos per cápita se detuvo por completo. El declive económico relativo de las regiones rezagadas ha venido acompañado de problemas sociales en aumento: una participación creciente de hombres en edad laboral que están desempleados, la creciente mortalidad y los altos niveles de consumo de opioides.

Un comentario al margen: una conclusión de estos acontecimientos es que William Julius Wilson tenía razón. Wilson cobró fama por argumentar que los males sociales de los pobres no blancos del centro de la ciudad no eran resultado de ciertos efectos misteriosos de la cultura afroamericana, sino de factores económicos; en especial, la desaparición de los buenos empleos de trabajo manual. En efecto, cuando los blancos en entornos rurales enfrentaban una pérdida similar de oportunidades económicas, experimentaban una descomposición social similar.

Entonces, ¿qué pasa con Trumplandia? En general, concuerdo con Enrico Moretti de Berkeley, cuyo libro de 2012, "The New Geography of Jobs", es una lectura obligada para cualquiera que esté tratando de entender la situación de EE.UU. Moretti argumenta que los cambios estructurales en la economía han favorecido industrias que emplean a los trabajadores con estudios superiores, y que estas industrias funcionan mejor en ubicaciones donde hay muchos de esos trabajadores. En consecuencia, estas regiones están experimentando un círculo virtuoso de crecimiento: sus industrias basadas en los conocimientos prosperan, atrayendo a más trabajadores más educados, lo cual refuerza su ventaja.

A la inversa, las regiones que comenzaron con una fuerza laboral con pocos estudios se encuentran en una espiral descendente, porque están estancados en las industrias equivocadas y porque experimentan el equivalente a una fuga de cerebros.

Sin embargo, aunque estos factores estructurales seguramente son el motivo principal, debemos reconocer el papel de la política autodestructiva.

El nuevo ensayo de Austin plantea el caso de una política nacional de ayuda a las regiones rezagadas. Sin embargo, ya se cuenta con programas que ayudarían a esas regiones, pero que no aceptarán. Muchos de los estados que se han negado a expandir Medicaid, a pesar de que el gobierno federal sería quien asumiría la mayor parte del costo —y crearía empleos en el proceso— se encuentran ahora entre los más pobres de Estados Unidos. O consideremos cómo algunos estados, como Kansas y Oklahoma —ambos relativamente adinerados en los setenta, pero ahora muy rezagados—, han optado por recortes fiscales radicales y acabaron con sus sistemas educativos. Las fuerzas externas los pusieron en el hoyo, pero estos estados lo hacen más profundo.

Aceptémoslo, tratándose de política nacional: Trumplandia está, de hecho, votando por su propio empobrecimiento. Los programas del "nuevo acuerdo" y la inversión pública tuvieron un lugar preponderante en la enorme convergencia de la posguerra; los esfuerzos conservadores por reducir al gobierno dañarán a las personas en todo el país, pero afectarán de manera desproporcionada a las mismas regiones que pusieron al Partido Republicano en el poder.

La verdad es que hacer algo por la creciente división regional de Estados Unidos sería difícil incluso con políticas inteligentes. La división solo empeorará con las políticas que probablemente adoptemos.

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