PAUL KRUGMAN | DESDE NUEVA YOrk

El odio hacia el buen gobierno

Ya es oficial: el 2014 fue el año más caliente en los registros. Se podría esperar que fuera un hito políticamente importante. Después de todo, quienes niegan el cambio climático han utilizado desde hace mucho a la irregularidad de 1998 —un año inusualmente caliente, principalmente debido a un afloramiento de agua caliente en el Pacífico— para decir que el planeta dejó de calentarse.

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El "experimento" de Sam Brownback. Foto: Archivo El País

Esta aseveración implica una confusión total de cómo se hace la identificación de las tendencias subyacentes. (pista: no hay que escoger cuidadosamente las observaciones.) Sin embargo, hoy, hasta ese argumento falaz se vino abajo. Entonces, ¿los negadores reconocerán ahora que es real el cambio climático?

El dogma.

Claro que no. La evidencia no importa para el "debate" sobre la política climática, donde pongo comillas de espanto a la palabra debate porque, dada la obvia irrelevancia de la lógica y la evidencia, no es realmente un debate en ningún sentido normal. Y esta situación no es, de ninguna forma, única. En efecto, en este momento es difícil pensar en una importante disputa política en la que, en efecto, los hechos sí importan; es un dogma sólido en todas partes. Y la verdadera pregunta es por qué.

Antes de entrar en eso, he de recordar algunas otras noticias que no importarán.

Primera, habría que considerar el experimento en Kansas. Allá en el 2012, Sam Brownback, el gobernador de derecha del Estado, optó totalmente por la economía de la oferta: redujo drásticamente los impuestos, le aseguró a todos que el auge resultante compensaría la pérdida inicial de ingresos. Desafortunadamente para sus electores, su experimento ha sido un fracaso estridente. La economía de Kansas, lejos de estar en auge, ha provocado el rezago de las economías de los estados vecinos, y la entidad tiene ahora una crisis fiscal.

Entonces, ¿veremos a los conservadores reducir sus aseveraciones sobre la eficacia mágica de los recortes fiscales como una forma de estímulo económico? Claro que no. Si importara la evidencia, la economía de la oferta se habría disipado en la oscuridad hace décadas. En cambio, solo se ha fortalecido su influencia en el Partido Republicano.

Entre tanto, siguen llegando las noticias sobre la reforma sanitaria, y siguen siendo más favorables de lo que esperaban hasta sus partidarios. Ya sabíamos que la cantidad de estadounidenses sin seguro está bajando rápido, mientras se modera el crecimiento de los costos de la atención de la salud. Ahora tenemos evidencia de que el número de estadounidenses que experimentan aflicciones financieras debido a los gastos médicos también está bajando rápido.

Todo está totalmente en desacuerdo con los funestos pronósticos de que la reforma llevaría a una cobertura cada vez menor y a costos en aumento. ¿Así es que veremos que alguna de las personas que decían que el Obamacare estaba condenado al fracaso total revise su posición? Ya se conoce la respuesta.

Puntos de vista.

Y continúa la lista. En temas que van desde la política monetaria hasta el control de enfermedades infecciosas, una gran parte del cuerpo político de Estados Unidos sostiene puntos de vista que están en total desacuerdo con la experiencia real y son totalmente inamovibles ante ella. Y no importa el tema, es la misma parte. Si se ha estado involucrado en alguno de estos debates, se sabe que estas personas no son guerreras felices; son enojones de cara roja, con una rabia especial dirigida contra los sabelotodo que altaneramente señalan que los hechos no apoyan su posición.

La pregunta, como dije en un inicio, es por qué. ¿Por qué el dogmatismo? ¿Por qué el enojo? ¿Y por qué estos temas van juntos, con el conjunto de personas que insisten en que el cambio climático es un engaño, en forma muy parecida al conjunto de personas que insisten en que cualquier intento por brindar un seguro médico universal debe conducir al desastre y a la tiranía?

Bueno, a mí me da la impresión de que la posición inamovible en cada uno de estos casos está atada al rechazo de cualquier papel del gobierno que sirva al interés público. Si no se quiere que el gobierno imponga controles o tarifas a los contaminadores, se quiere negar que exista alguna razón para limitar las emisiones. Si no se quiere la combinación de normativas, mandatos y subsidios necesarios para extender la cobertura a los no asegurados, se quiere negar que hacerlo sea siquiera posible. Y es frecuente que las aseveraciones sobre los poderes mágicos de las reducciones fiscales sean poco más que una máscara de la agenda real de paralizar al gobierno quitándole los ingresos.

Odio.

¿Por qué este odio al gobierno de interés público? Bueno, la politóloga Corey Robin argumenta que la mayoría de los autoproclamados conservadores son, de hecho, reaccionarios. Es decir, defienden la jerarquía tradicional, el tipo de jerarquía a la que amenaza la expansión del gobierno, incluso (o especialmente, quizá) cuando la expansión hace que la vida de los ciudadanos comunes sea mejor y más segura. Me gusta esa historia porque, en parte, ayuda a explicar por qué la climatología y la economía de la salud inspiran tanta rabia.

Ya se trate de la explicación correcta o no, el hecho es que estamos viviendo una época política en la que los hechos no importan. Esto no significa que a quienes nos importa la evidencia debiéramos dejar de buscarla. Sin embargo, deberíamos ser realistas en nuestras expectativas y no esperar siquiera que hasta la más decisiva marque una gran diferencia.

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