OPINIÓN

Ante un nuevo gobierno, hay que tener en cuenta lo básico (I)

Las cosas suelen ser más simples de lo que aparentan ser, o de lo que lo son cuando las complicamos. Siempre he creído que en la economía sucede algo de eso. 

Foto: Pixabay
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No es cuestión de elaborar razonamientos demasiado sofisticados para entender lo que pasa ni para proponer soluciones a los problemas. Al final del día, alcanza con quedarse con lo básico y esencial.

Creo que es oportuno tenerlo presente cuando estamos en la antesala de un cambio de gobierno, sea cual sea el partido ganador.

Propongo enumerar, entre esta columna y la que publicaré dentro de dos lunes, una serie de elementos básicos a tener en cuenta, especialmente por parte de quienes aspiran a hacerse cargo, el año próximo, de la gestión pública.

Es más, creo que muchas de estas cosas se deberían enseñar mucho antes de entrar en la universidad; en el liceo, y a todos los estudiantes. Ya que después, de todos modos, van a opinar como economistas, al menos que reciban una formación básica. Veamos.

Comencemos por el principio, la definición de economía: es la ciencia que estudia la asignación eficiente de recursos escasos entre fines alternativos. El concepto central de esa definición y de esa ciencia es el de “escasez”. Pero, además, esa definición tiene al menos dos vertientes muy relevantes. Una, nos lleva directamente al concepto de la restricción presupuestal y la otra nos conduce al concepto de la mejor asignación de los factores productivos.

En el primer caso, la restricción presupuestal siempre está vigente y hoy, con un desbalance extraordinario en las finanzas públicas, lo está más de lo habitual. Esto lleva a tener que elegir y a reasignar recursos que hoy tienen un cierto destino, a otro, en función de las preferencias políticas del próximo gobierno (uno de esos destinos alternativos es el ahorro). Pero el tema no queda allí, pues ese desbalance fiscal tiene al menos dos efectos nocivos: la insostenibilidad de la deuda estatal y el sesgo hacia el atraso cambiario.

Además, la eficiencia en la asignación de los recursos nos lleva también a la regla que implica que haya una correspondencia biunívoca entre instrumentos y objetivos, debiéndose procurar el uso del mejor instrumento para cada objetivo. En materia fiscal, es claro que el instrumento “impuestos” es el óptimo para recaudar lo más posible y con los menores costos y las menores distorsiones que sea posible y que el instrumento “presupuesto” es el óptimo para asignar el gasto y (re)distribuirlo del modo que refleje las preferencias de la sociedad expresadas en las urnas. Pretender usar los impuestos, al mismo tiempo, para recaudar y redistribuir, es como pretender correr dos liebres a la vez.

La otra vertiente de la definición de economía se refiere a los factores de producción, que deben ser asignados del modo más eficiente en el proceso productivo. Para ello, es menester que haya la menor cantidad de distorsiones que sea posible. Por ejemplo, lo contrario a la existencia de tipos de cambio múltiples o de restricciones al comercio exterior (restricciones cuantitativas o cuotas para importar, dispersión de tasas de protección efectiva, impuestos), particularmente en economías pequeñas como la nuestra, que requieren de apertura comercial e integración al comercio mundial. Cuando se privilegia (concepto más adecuado que el de protección) a una industria local, al mismo tiempo se está expoliando a los consumidores y a los exportadores, dado que un impuesto a la importación tiene los mismos efectos que uno a la exportación. Una industria “protegida” o “privilegiada” compite deslealmente con los sectores exportadores por los factores productivos y está en condiciones de pagar más por ellos.

En la actualidad, cuando el comercio mundial se da crecientemente entre bloques de países y entre acuerdos entre esos bloques, resulta clave que las reglas en materia de apertura que antes se referían a países individuales, ahora se refieran a los bloques. En ese sentido, se debe replantear el Mercosur que integramos, que debe ser conducido hacia un acuerdo con mucha más apertura comercial, con los aranceles (externos y comunes al bloque) lo más bajos que sea posible. El nuevo gobierno que tendremos desde el año próximo, más allá de ideologías y prejuicios que a veces conducen a malas políticas, deberá entender que el camino óptimo de una economía pequeña es la apertura y deberá sumarse al liderazgo de un Mercosur más abierto.

La definición referida al inicio también nos lleva a hablar de incentivos bien diseñados. Y esto es especialmente válido para los sectores no transables usualmente hiperregulados: la enseñanza, la salud, el transporte en todas sus formas, la distribución de combustibles, los servicios públicos en general. En estos casos, debe haber unidades reguladoras independientes, sin conflictos de interés, de alto nivel técnico y que se desempeñen con la mayor transparencia, dado que la opacidad en la regulación puede conducir a la corrupción.

La asignación de los factores productivos, resultante de una economía abierta y regulada de manera eficiente, con incentivos bien diseñados, permitirá explotar aquellos factores al máximo y será la piedra de toque de procesos de inversión genuina en capital físico y capital humano, dando lugar a un aumento en la tasa de crecimiento a largo plazo de la economía.

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