OPINIÓN

Ante un nuevo gobierno, hay que tener en cuenta lo básico (II)

Voy a terminar hoy con lo que empecé hace dos lunes: apuntes sobre elementos básicos de la economía que creo deberían ser tenidos en cuenta por quienes se harán cargo de la gestión pública desde el año próximo. Veamos. 

Foto: El País
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Primero, los shocks externos tienen consecuencias reales sobre la economía. Esos shocks pueden venir desde fuera de la región o desde nuestros vecinos (como sucede desde Argentina tras el 11 de agosto). Los vecinos, además de producir shocks, amplifican para nuestro país los que vienen desde fuera del barrio, dado el peso que ambos tienen sobre nuestra economía. Las consecuencias reales de los shocks recaen sobre la actividad económica y el empleo (más, cuanto más rígido a la baja sea el salario real), sobre el ingreso de los hogares y sobre la recaudación de impuestos.

Además, es muy relevante su impacto sobre los precios relativos a partir del valor de nuestra moneda, la que tiende a apreciarse ante un shock positivo y a depreciarse ante uno negativo. Y para saber qué hacer en cada caso, conviene evaluar si el shock es permanente o transitorio. Si se quiere minimizar el riesgo de equivocarse, si es positivo se lo debe asumir transitorio y si es negativo, permanente. Y se debe actuar en consecuencia, no pretendiendo reprimir sus efectos, que sería algo así como querer tapar el sol con la mano.

Si hablamos de los vecinos, se debe reconocer que Argentina sigue siendo muy relevante para nosotros. Es cierto que ya se abatió la probabilidad de un contagio desde el otro lado del Plata por el canal financiero y eso es muy bueno y, junto con la desdolarización de la deuda pública, evita que podamos hablar de “crisis” (tipo 1982 o 2002) en el futuro previsible. Pero Argentina sigue siendo decisiva para las industrias que le exportan, casi en exclusividad, al amparo del paraguas del Mercosur. Esas empresas no tienen allende el Plata un mercado cautivo, sino que son, ellas mismas, cautivas de ese mercado. Y, mucho más, nuestro vecino es decisivo en el canal de turismo y de compras, como es notorio desde el verano pasado y lo será aún más en el próximo. Si sumamos las exportaciones de bienes desde territorio no franco y las de turismo, Argentina sigue siendo nuestro principal “cliente”, con datos del año pasado.

Otro tema muy importante es la lucha contra la inflación, en un país que, en un mundo que la ha abatido sensiblemente, sigue estando entre los de mayor inflación en el mundo. Máxime cuando ese país no termina de tener una moneda propia, sino que ella comparte ese rol con el dólar, por lo que la política monetaria no tiene aquí la significación que tiene en los países que sí poseen una moneda hecha y derecha, por lo que no es conveniente abusar de ella.

El ejemplo reciente (gobierno Macri) de Argentina, otro país como el nuestro en ese sentido, es aleccionador. El presidente, cuando era candidato, se ufanaba de lo fácil que le sería poner a la inflación en su sitio debido. Pero la(s) política(s) monetaria(s) de su gobierno van a terminar con la inflación en más del doble de la heredada y acumulando casi 280% en cuatro años. ¿Qué pasó? Sus economistas no tuvieron en cuenta que en el corto plazo la inflación no es monetaria, ya que hay varios aspectos que inciden en ella y que van mucho más allá de lo monetario: básicamente la extraordinaria corrección de precios relativos en el ámbito de los servicios públicos donde los precios estaban enormemente atrasados, lo que resultaba insostenible desde el punto de vista fiscal y de las necesarias inversiones en esos sectores. También, y entra en la definición de precios relativos, la corrección cambiaria inicial y la que en los hechos se reprimió y postergó, y terminó explotando en los primeros meses del tercer año.

Por otro lado, en un país con inflación muy alta, la inercia inflacionaria producida por la indexación juega un rol importante en el proceso de formación de precios.

Otra cosa que tienen que tener en cuenta los próximos gobernantes, máxime cuando se llenan la boca con promesas de bajadas de gastos, consiste en saber diferenciar una “reducción” del gasto de una “represión” del gasto. El caso argentino de estos días vuelve a sernos útil: con la aceleración de la inflación, el gasto primario real bajó porque sus principales rubros tienen indexación al pasado. Cuando la inflación baje, sólo por ese hecho, el gasto real va a subir. Bajar el gasto es cerrar oficinas, bajar la cantidad de funcionarios y, en general, dejar de hacer cosas que se hacían o pasar a hacerlas de manera menos costosa. Y esto, lo lamento, no es cuestión de soplar y hacer botellas.

Por último, algo que a veces los políticos no tienen en cuenta porque se “endulzan” con la popularidad (y los impuestos) que les provee un dólar barato: de situaciones complicadas, ya sean crisis o recesiones, se sale mejor y más rápido con un dólar alto. Es el sector exportador el más dinámico si se lo pone en pie de igualdad con los otros sectores de la economía y no se lo castiga con el gravoso impuesto implícito en el atraso cambiario. No son los sectores no transables, hiper y mal regulados, con precios relativos muchas veces distorsionados y orientados a mercados cautivos, los que impulsarán el crecimiento tras una etapa de pobre desempeño económico en el país.

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