CARLOS STENERI

Nuevo desorden internacional

Propulsado por fuerzas diversas, 2017 será otro escalón hacia una época nueva que se venía anunciando y que hoy está en plena efervescencia.

Su clave principal será la incertidumbre, siempre difícil de lidiar, pues se trata de predecir incógnitas desconocidas a diferencia de la volatilidad que se resuelve con la diversificación.

Para empezar, el orden internacional bipolar establecido a finales de la Segunda Guerra Mundial entre el mundo occidental liderado por Estados Unidos y el comunista liderado por la ex Unión Soviética ha desaparecido.

En ese mundo tensionado pero estable, el hemisferio occidental prosperó con tasas de crecimiento inéditas de la mano de Europa, Japón y por supuesto Estados Unidos. Las economías emergentes, principalmente las asiáticas también usufructuaron esa realidad.

Tal realidad fue apuntalada por una idea central basada en la interrelación pacífica entre naciones, a través de reglas preestablecidas por marcos institucionales que facilitaran su crecimiento. Con ese supuesto fueron creados el sistema de Naciones Unidas para resolver conflictos, el FMI para asegurar la estabilidad financiera internacional, para crecer los bancos de desarrollo liderados por el Banco Mundial junto a una constelación de bancos regionales como el BID, y el GATT luego devenido en la Organización Mundial de Comercio como facilitadores de comercio. Con ese paradigma instalado, Estados Unidos actuó como nuevo hegemon protegiendo ese ordenamiento, apresurando la descolonización de los residuos de los viejos imperios europeos y haciendo de heraldo de las ideas de la libertad en su acepción más amplia, como el valor supremo de toda política.

Como broche, Europa puso en marcha un proceso de integración económico y político inédito que culminó con una Unión Económica y Monetaria que delegó potestades domésticas a entidades supranacionales.

América Latina a su manera hizo lo suyo, siendo el Mercosur una apuesta mayor en ese sentido, también acompañado de experiencias similares en otras partes del continente.

Ese ordenamiento hoy está descalabrado y viene siendo reemplazado por la fuerza de los hechos. Pero lo más dramático es que no se trataría solo de readaptar instituciones ante realidades nuevas, sino de un cambio de paradigma en las ideas de cómo resolver conflictos, cómo ejecutar el comercio y encarar nuevos desafíos como los fenómenos migratorios de aparición reciente.

En realidad esto resulta de un proceso que lleva décadas. Su punto de partida fue la ruptura de la paridad fija del dólar con el oro a principios de los ´70, lo cual posibilitó la flotación libre de las monedas, el financiamiento de los déficit fiscales con expansión monetaria, culminado con el tránsito libre de capitales entre naciones. Eso aportó inestabilidad expresada en crisis de endeudamiento en las economías emergentes a principios de los 80 hasta los 90, sucedida por otras en el sudeste asiático a fines de esa década para culminar en el 2008 con la gran catástrofe financiera del mundo desarrollado. En ese tránsito quedaron ya expuestas las limitaciones del FMI en sus funciones de prevención y resolución de crisis. Además tensionó a la Unión Europea, con crisis de endeudamiento propias aun no resueltas.

Por su lado, la caída de la Unión Soviética generó un vacío que dejó solo a Estados Unidos como potencia, dando argumentos para la arrogancia que llevó a decir a algunos que nos encontrábamos ante "el fin de la historia", en el entendido que el mundo iría indefectiblemente hacia un ordenamiento regido por el liberalismo social y económico plasmado a través de democracias unidas en la búsqueda del bienestar común. Las décadas siguientes convirtieron esa visión en utopía.

En tanto, Naciones Unidas fue desautorizada repetidamente por intervenciones militares unilaterales desembozadas, en la propia Europa por parte de Rusia y Estados Unidos en el Medio Oriente, las cuales continúan actualmente con enormes costos humanos y materiales. Una consecuencia inédita fue la aparición de potentes corrientes migratorias que profundizan el problema.

Por su lado, el despertar de Asia de la mano de China en los 90 irradió impactos económicos. Esa dinámica tonificó la demanda por recursos naturales y alimentos que a su vez arrastraron a América Latina hacia una década gloriosa de crecimiento que acaba de apagarse.

Hoy puede decirse que el eje político y económico se ha inclinado irreversiblemente hacia Oriente, abriendo una época nueva que hace obsoletos varios paradigmas del pasado.

En esta transición aparecen ya las primeras consecuencias. La primera son los organismos de Bretton Woods tal como fueron creados. Vendrán otros, con una mayor representación de las economías emergentes y sin duda menos prerrogativas.

Lo siguen formas diversas de proteccionismo ya anunciadas que harán decaer al multilateralismo comercial, el cual se transmutará en bloques o acuerdos bilaterales aun inespecificados.

A eso se agregan las peripecias del Brexit sobre el devenir de la Unión Europea.

A su vez, América Latina en un limbo económico magnificado en las dificultades que muestran Brasil, México y Argentina para salir de su atolladero después del transcurso de una época gloriosa.

Pero lo más impactante es el afloramiento de ideas que parecían enterradas para siempre como el nacionalismo xenófobo, y el caudillismo autoritario que dice presente en el mundo desarrollado.

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