Carlos Steneri

Nuevas coordenadas del fin de década

El torbellino de situaciones económicas que han venido desarrollándose en lo que va de la década han generado ansiedad respecto a que estemos recayendo hacia una crisis, incluso similar a la de principios de siglo.

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Desde ya la respuesta es negativa. Lo que sí estamos soportando son efectos de la convergencia del mundo hacia lo que algunos definen como "la nueva mediocridad en materia de crecimiento". Su generatriz es el aterrizaje de China, la incapacidad del mundo desarrollado para recuperar su rol de motor de la económica mundial y las trabas estructurales de los países emergentes.

Observando lo acontecido en las dos décadas pasadas, hoy el mundo estaría tomándose un respiro después del frenesí donde se entremezclaron hechos políticos, cambios tecnológicos y el despertar de China. Como punto de partida surge la implosión del socialismo real virando hacia el capitalismo, integrándose al mundo occidental.

A ello se suma la revolución tecnológica de la informática que penetra procesos de producción, transmisión de datos y modos de vida. Por último, el ascenso de China tomando como ejes los aspectos mencionados previamente que implica la inclusión de vastas legiones de consumidores.

Desde ahí nos vamos al surgimiento del súper ciclo de las materia primas que impulsa a sus exportadores hacia estadios de crecimiento sin parangón.

Estas décadas rugientes que derramaron crecimiento universal, pero también crisis financieras inéditas en el mundo desarrollado tienen como perspectiva una etapa de sosiego necesario con sus consecuencias. Entenderlas será clave para surcar con éxito los tiempos que se avecinan.

No es crisis.

El tema del crecimiento siempre está sobre la mesa, pues sobre él se montan programas de gobierno y las expectativas de la sociedad. La desaceleración actual responde a la normalización del ciclo económico mundial. Uno de sus efectos es la caída de los precios de las materias primas, incluidos los alimentos. Los niveles actuales aun son superiores a los vigentes hace una década, lo cual proyecta un cierto piso del nivel de actividad, lo cual que no es poca cosa.

El mundo desarrollado colabora en ese sentido, pues aun no digirió rémoras importantes que esparció su crisis financiera de 2008.

Por tanto enfrentamos un panorama donde es imposible retornar a niveles de crecimiento similares a los del lustro pasado. Eso perteneció a una realidad que tiene escasas posibilidades de repetirse. Por consiguiente para crecer más será necesario lograr aumentos de productividad, lo que implica cambios estructurales profundos.

Reflujo de capitales.

A diferencia de lo constatado a comienzos de siglo, los flujos de capital se movilizaron más al influjo de los precios de las materias primas que por el diferencial de tasas de interés entre los países industrializados y los emergentes.

La retracción actual, especialmente de la inversión directa o en portafolios obedece a ese fenómeno a pesar de que Europa y Japón continúan con su política monetaria expansionista, y Estados Unidos dilata la suba de la tasa de referencia.

La presión a la baja de la cotización de las monedas de los países emergentes es su consecuencia directa de ambos fenómenos. Uruguay como todos está sujeto a ese contexto que tiene toda la perspectiva de ser duradero. Los efectos de la crisis brasileña ahondan ese resultado, enturbiando la trayectoria de tipo de cambio que corresponde al apaciguamiento del súper ciclo de las materias primas y al debilitamiento de los flujos de capital hacia los emergentes. En la determinación de nuestro tipo de cambio, operan tanto los factores globales como regionales dada la incertidumbre que irradia nuestro resto del mundo secundario —Brasil— por un intríngulis de hechos políticos y económicos. Por tanto las prognosis sobre su nivel futuro tienen escasa verosimilitud, salvo que continuará depreciándose.

Bloques comerciales.

Las dos últimas décadas presenciaron el ocaso del multilateralismo comercial montado sobre la Organización Mundial de Comercio, y el del Mercosur.

En su lugar, el comercio global se expandió gracias a la irrupción de China convirtiéndola en el principal cliente de la Unión Europea de bienes de capital y artículos terminados. También lo hizo con las economías emergentes comprándoles materias primas. Se formó así espontáneamente una suerte de bloque comercial entre ese país y sus clientes, que motiva secuelas geopolíticas y económicas.

La respuesta fue la conformación a paso acelerado de bloques comerciales, siendo el Acuerdo Transpacífico integrado por EE.UU. y Japón más 10 países de Asia y América Latina el más relevante, seguido del proyecto de otro entre EE.UU. y la UE, más un acuerdo entre países latinoamericanos del litoral Pacífico. A eso se suman decenas de acuerdos de libre comercio interrelacionados. Sobre ese futuro se canalizarán la mayoría de las corrientes de bienes y servicios, junto a sus estándares de calidad. Con ello se debilitaría la preponderancia casi absoluta de China, a través de una forma imperfecta de multilateralismo comercial.

En este caso, Uruguay es espectador por inacción lo cual no lo exime de recibir las consecuencias de esa nueva realidad. En esta área es donde debemos recuperar el tiempo perdido.

De ahora en más para crecer habrá que reencauzar desequilibrios y entrarle de lleno a las reformas que aumentan la productividad.

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