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Nuestro éxito no evita la necesidad de pensar en el contrato social

Foto: Pixabay

OPINIÓN

Un gobierno bien asesorado a nivel científico es clave para tomar decisiones informadas.

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Sin lugar a dudas, el año 2020 no fue uno promedio. En marzo se anunció una pandemia que continúa. Las democracias liberales pusieron toque de queda, cerraron fronteras e impusieron confinamientos (ahora todo parece muy normal, pero en diciembre de 2019 hubiera sido una total locura). El petróleo cotizó en negativo. Casi dos millones de personas han muerto, a pesar de las medidas sanitarias. Más han quedado desempleados o entrado en la pobreza. Millones de jóvenes en el mundo han prácticamente perdido un año de clase. Pasó de todo.

Pero además de las cosas terribles hubo también alguna buena. En particular, la pandemia puso a la ciencia en Uruguay y en muchos otros países del mundo, sobre el terreno de las políticas públicas. Hasta ahora, no era tan frecuente. Un gobierno bien asesorado a nivel científico es clave para tomar decisiones informadas, basadas en evidencia; donde asesoramiento no implica que son los científicos quienes toman las decisiones sino quienes informan —con datos, escenarios, estimaciones— a los gobernantes. La ciencia es un complemento imprescindible para las políticas públicas, con un constante diálogo también entre los ciudadanos.

Además, el virus nos ha dado un tiempo para reflexionar. Reflexionar sobre el nivel de consumo, la contaminación, el estrés de la vida moderna, nuestros hábitos y a veces incluso el rol del Estado en nuestras vidas.

Hay quienes dicen que la pandemia generó una sensación de unión en sociedades que hasta ahora venían acelerando su polarización (basta pensar en la imagen de miles de personas en sus balcones, en ciudades alrededor del mundo, aplaudiendo al servicio de salud). Otros en cambio dicen lo contrario, que ha promovido más polarización (por ejemplo, la dicotomía entre quienes creen a raja tabla que hay que confinar y quienes no, de ninguna manera). Todavía estamos en medio de la tormenta como para decidir exactamente qué primará al final entre ambas cosas, y mucho dependerá del éxito de cada país en contener el virus. Por ejemplo, no sería sorpresa esperar que en Nueva Zelanda el manejo del virus genere consenso, mientras que no así en muchos países de Europa. Durante este año los Estados han impuesto (o exhortado) sacrificios colectivos y seguramente, la gran diferencia entre sociedades que terminen más unidas, o más separadas por la pandemia, dependerá también de cómo se compensan algunos de los perdedores, o cómo se distribuyen los costos a futuro.

Aunque se encuentre la vacuna, el virus dejará consecuencias. Las restricciones afectaron más a los más pobres. La habilidad de teletrabajar está correlacionada con el ingreso: a mayor ingreso, mejor trabajo y mayor posibilidad de trabajar desde casa. En países de altos ingresos, uno de cada tres empleos es posible de realizar en casa, mientras que en los países de bajos ingresos solo uno de cada 26 trabajos. Sin medidas para los afectados, es probable que esto genere mayores desigualdades (1).

La política monetaria expansiva, necesaria para estimular las economías, ayudó a empujar al alza los precios de los activos. Como mencionaba en esta columna hace unos meses, la intensificación de la política monetaria, revivida para estimular el crecimiento, implica que los bancos centrales —principalmente de países desarrollados— ahora tienen el objetivo de comprar una enorme cantidad de instrumentos financieros y han dejado las tasas de interés de referencia en mínimos históricos. Así, por un lado los bonos soberanos dan muy bajo retorno y, por otro, hay muchísimo dinero en la economía buscando retornos, lo que presiona al alza sus precios. Es difícil saber cómo se desarrollará el futuro, pero un gran riesgo del desacople entre una economía en recesión y un mercado financiero optimista es el riesgo del descontento social.

En Europa, la pandemia ha significado cuestionamientos por parte de varios medios sobre la oportunidad para replantearse un nuevo contrato social que beneficie a todos (2). En Uruguay, la crisis sanitaria se ha sobrellevado con bastante éxito, aunque varios factores levantan alarmas. Primero, la situación sanitaria ha empeorado rápidamente en las últimas semanas. Segundo, el hecho que arribamos a la pandemia con indicadores macroeconómicos más comprometidos de lo deseable, especialmente luego de un período de bonanza. Y por último, dado que nuestros vecinos comerciales están en situaciones económicas complejas, eso puede traer consecuencias negativas para Uruguay.

Por tanto, no podemos ser complacientes con el éxito logrado hasta ahora y también debemos plantearnos interrogantes importantes, de cara al contrato social que queremos para el futuro. Por ejemplo: si creemos que la ciencia es importante, ¿qué nivel de inversión en innovación y desarrollo deberíamos tener? Si los trabajadores de la salud —y los maestros— son trabajadores indispensables, ¿estamos dispuestos a pagar por ello? ¿Qué rol tienen los adultos mayores en el Uruguay del 2030? Y también del otro lado de la balanza, ¿Cómo debe ser nuestro modelo de desarrollo, y nuestra productividad, para financiar ese nuevo contrato social?

(1) “Garrote Sanchez, Daniel; Gomez Parra, Nicolas; Ozden, Caglar; Rijkers, Bob; Viollaz, Mariana; Winkler, Hernan. 2020. Who on Earth Can Work from Home?. Policy Research Working Paper;No. 9347. World Bank, Washington, DC. © World Bank. https://openknowledge.worldbank.org/handle/10986/34277 License: CC BY 3.0 IGO.”
(2) Financial Times, “Virus lays bare the frailty of the social contract” https://www.ft.com/content/7eff769a-74dd-11ea-95fe-fcd274e920ca

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