IVÁN ALONSO

No se necesita innovar tanto, por favor

Una compañía multinacional con operaciones en decenas de países es la feliz ganadora del primer cheque con los beneficios tributarios para innovación y desarrollo aprobados por el actual gobierno de Perú. Una inversión de once millones de soles le permitirá deducir como gasto, para fines impositivos, el 175% de esa cantidad, o sea, ocho millones adicionales. Esto último significará un ahorro de un poco más de dos millones de soles en su Impuesto a la Renta.

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Ya no basta con pensar y actuar como narradores, hay que crear historias. Foto: Shutterstock.

No tenemos nada contra las multinacionales, pero sí contra los beneficios tributarios porque distorsionan las decisiones económicas. ¿Qué habría pasado si no existiera esta ley? Solamente caben dos posibilidades. La compañía igual podría haber hecho esa inversión, en cuyo caso el beneficio tributario resultaba innecesario.

O podría no haberla hecho, si es que, no contando con tal beneficio, no le era rentable hacerla. En este supuesto, la ley estaría fomentando un desperdicio de recursos. Vamos a ver por qué.

Supongamos que una empresa busca una rentabilidad de 10% para sus inversiones. Invierte 11 millones en investigación y desarrollo porque espera dar con una innovación que aumente sus ventas o reduzca sus costos en 12,1 millones. Pero hay otra manera de llegar a esa cifra: si la empresa consigue un beneficio tributario de más de 2 millones, entonces, le basta un aumento de las ventas o una reducción de costos de 10 millones.

Resumiendo hasta aquí: la empresa invierte 11 millones para obtener tan solo 10 millones de soles de eficiencias. Lo que gana es menos de lo que invierte. A eso es a lo que llamamos un desperdicio de recursos. El tiempo de sus ingenieros, los materiales utilizados en las pruebas y las computadoras en las que se tabularon los resultados podrían haber sido empleados con mayor provecho en otras actividades.

¿Por qué alentar esas investigaciones con la plata de nuestros impuestos? No parece una buena manera de administrar un país. Hay tantas otras necesidades para las que hacen falta mucho más que dos millones de soles: agua y desagüe para los colegios, sábanas y medicinas para los hospitales, teléfono e Internet para las comisarías.

Los economistas (en su mayoría) defienden los incentivos tributarios para la innovación con el argumento de que sus efectos no se limitan a la empresa que hace la inversión, sino que se extienden al resto de la sociedad. Aunque las eficiencias que obtiene esa empresa no justifiquen la inversión, puede ser que, sumadas a las que otras empresas obtengan, gracias a esa innovación, superen con creces el monto invertido. ¿Cuánto de fantasía y cuánto de realidad hay en este argumento? Algo nos dice que en el caso particular que motiva esta columna —un sistema guiado por láser para el manejo de carga en almacenes—, la innovación será de mayor utilidad para las operaciones de la compañía en otros países que para los comerciantes del centro comercial de Gamarra.

La difusión de una nueva tecnología no es inmediata. Otras empresas la van adoptando en la medida en que encuentren rentable hacerlo. Eso depende del costo de los equipos que encarnan la nueva tecnología y de la presión de la competencia para trasladar las eficiencias que hacen posibles a los precios de los productos. Cuánto y cuándo llega al bolsillo de los consumidores nunca es tan claro como para justificar una política de incentivos tributarios a la innovación.

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